Después de la existencia

Hay vida digital tras la muerte

Hay empresas funerarias especializadas que se encargan de ejecutar la desconexión digital

23.01.2016 | 05:00
Hay vida digital tras la muerte

Manual de desconexión digital

  • ­Instagram Es necesario enviar un email. Hay que recordar que en estos casos sólo se permite la eliminación del perfil y los familiares no podrán tomar el control de la cuenta. Las políticas de privacidad prohíben compartir con terceros las contraseñas.
  • ­Twitter El representante legal del difunto puede solicitar una copia de todos los tuits públicos del fallecido. Para ello, es imprescindible presentar a la empresa los datos de contacto, la relación con el usuario y un justificante de la defunción.
  • ­Hotmail Conserva todos los datos del usuario difunto. Los herederos pueden solicitar una copia en CD de los mensajes presentando un certificado de defunción, una copia del DNI del fallecido y un justificante de su relación con éste.
  • ­Gmail Transcurridos nueve meses desde el fallecimiento del usuario, la compañía deshabilita de forma automática la cuenta. En el supuesto de que la familia quiera acceder a su contenido, los interesados tendrán que enviar una solicitud.
  • ­Linkedin Funciona de la misma forma que la red social de Twitter, por lo que para realizar cualquier operación en esta empresa es necesario aportar una copia del certificado de defunción. Con ella se podrá pedir que cancelen el perfil del fallecido.
  • Facebook Cuando se comunica la defunción de un usuario, la cuenta pasa de ser un perfil más a convertirse en una página de memoria, donde los familiares y amigos pueden hacerle un homenaje digital. No obstante, hay que solicitarlo.

La muerte sigue siendo un tabú; las plataformas virtuales permiten aceptar la defunción de un ser querido mediante cuentas en las que es posible subir imágenes y contar su vida. Unas páginas de homenaje que cada vez son más habituales

Vive en Madrid, tiene 1.099 amigos y falleció el 1 de noviembre de 2012 en el Madrid Arena. Éstos son algunos de los datos que aparecen en el perfil de Facebook de Katia Esteban, una de las jovenes que perdió la vida en una avalancha humana, provocada por el fuego en la noche de Halloween. Ya pasaron tres años desde aquella tragedia, por la que estos días se sientan en el banquillo quince imputados, pero Katia sigue viva en la red. Familiares y amigos alimentan con fotos y textos su historia, ésa que ni siquiera la muerte ha podido borrar.

El caso de esta joven demuestra que los difuntos ya no sólo dejan una huella física en la Tierra, sino también una huella digital. En cifras, se calcula que cada internauta comparte de media alrededor de 114 fotos al año, pasa más de veinte minutos al día enganchado al Twitter y sube hasta 196 horas de vídeo a Youtube. Pero, ¿qué sucede con toda esa información cuando uno muere?

La respuesta es doble: o se pierde en el ciberespacio, o se gestiona a tiempo. Para ello, ya han nacido compañías especializadas, como es el caso de la funeraria Noega. Esta empresa hace posible desde abril la desconexión digital, es decir, cerrar las cuentas del fallecido y entregar su usuario y contraseñas a familiares y amigos. Eso, claro está, si la propia víctima no dejó reflejado en el testamento su última voluntad sobre el legado virtual. «La muerte sigue siendo un tema tabú. En este sentido, yo creo que las herramientas virtuales ofrecen una gran oportunidad, que es normalizar y aceptar la defunción», opina Verónica González, directora de marketing de Jardín de Noega.

Pero en la red, morir no es siempre sinónimo de desaparecer. Desde la puesta en marcha de este servicio, Verónica González explica que cada vez es más frecuente sustituir las flores y velas en el cementerio por mensajes cariñosos en la red. «Hay gente que se da cuenta de que en la web hay fotos, música y vídeos suyos. Entonces, lo que hacen es seguir aportando más cosas, porque el recuerdo les reconforta. Nosotros animamos siempre a hacerlo, porque creemos que es positivo para superar el momento de duelo. Y aunque hay clientes que no lo ven al principio, cuando pasan unos meses, nos llaman», precisa.

Lo que es todavía más sorprendente, para muchos, la vida digital empieza después de la muerte. Hacen del fallecimiento un homenaje. «Hay que tener en cuenta que la mayoría de los fallecidos son personas mayores, que no han nacido en la era digital y que, por tanto, no tienen cuentas en internet. Pero hay familiares que, una vez que fallecen, deciden abrirles una página y contar ahí su historia», comenta Verónica González.

Es lo que hace Facebook a través de su servicio Memoria, que transforma el perfil del usuario en un homenaje a su trayectoria. La compañía calcula que, a día de hoy, tiene más de diez millones de perfiles abiertos de personas fallecidas. Esta realidad, que afecta de igual forma a otras plataformas digitales, ha forzado a las propias empresas a adaptarse a los nuevos tiempos y a desactivar sus cuentas después de un tiempo de inactividad.

El catedrático de Psicología Marino Pérez opina que alargar la vida de un ser querido en la web después de muerto puede ser positivo, aunque no hay ningún estudio que lo confirme. Pérez cree que colgar fotos o subir un comentario al muro de una red social equivale, en los tiempos actuales, a llevar una corona de flores a un cementerio. «Siempre nos preguntamos si hay vida más allá de la muerte, y pensar que ese más allá está en la red, puede resultar interesante», sostiene. No obstante, su discurso está sembrado de dudas: «Es bueno que un familiar recuerde al difunto haciendo un álbum casero de fotos. Ahora bien, dar el salto a una página es diferente, y habría que ver, dentro de diez años, cómo funciona». El psicólogo argumenta que en estos casos son las empresas, a través de la publicidad, las que crean una cierta necesidad, a la que ellos aportan una solución. Pero, añade, esa solución «puede dar luego problemas». «Se pueden generar, por ejemplo, competiciones entre los familiares para demostrar quién quiere más al fallecido». Así que sí, hay vida después de la muerte, pero hay que comprobar si esa vida virtual trastorna a los seres vivos, de carne y hueso.

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