Ya lo avisó Antonio Banderas, y no mentía, ni siquiera exageraba: los Goya de este año, los de la pandemia, iban a ser diferentes, muy diferentes. Adiós a los chistes, hola a la sobriedad; glamour, el justo. Se puede celebrar sin hacer una fiesta. Sin aplausos, porque no hubo público ni tampoco estamos para eso, Banderas, ideólogo y presentador, junto a María Casado, de la trigésimo quinta edición de los premios del cine español, empezó la ceremonia con un breve monólogo en el que logró resumir con una imagen todo lo que la comunidad audiovisual necesita para seguir adelante: recordó que el Teatro del Soho CaixaBank, donde tuvo lugar la velada, fue antes el primer cine de la capital, el Pascualini, que cayó y resurgió una y otra vez, nuevo, cambiado. Y luego, un minuto de silencio por las víctimas del maldito coronavirus. Y después, hablando del palmarés, el más que esperado triunfo de Las niñas, el debut de Pilar Palomero; la sorpresa de Akelarre, de Pablo Agüero (cinco cabezones, la mayoría, eso sí, técnicos), y los tres goyazos que se llevó Ane, un proyecto medio malagueño pues fue levantado por la guionista de aquí Marina Parés.

Anunció Banderas hace meses que habría otra diferencia de enfoque en los Goya: «Quiero que nos mostremos realmente cómo somos, y también a los compañeros que no tienen la posibilidad de tener Goyas: a los chóferes, la gente de los cáterings, los que cargan camiones... Porque ésta es una industria que da de comer a muchísimas familias». ¿Y cómo se hace eso? Pues el malagueño y su equipo lo hicieron así: encargándole a Pedro Almodóvar, Alejandro Amenábar, Paz Vega, Penélope Cruz y J.A. Bayona, o sea, plana mayor de nuestro cine, anunciar categorías técnicas como vestuario y efectos especiales; es decir, desplazando los flashes y los focos del lugar común, dándole valor y visibilidad a departamentos normalmente en la sombra; o también, desplegando un telón de micropantallas con los nominados, como en una sesión de Zoom casi infinita que, de alguna manera, sirvió para demostrar a las claras que hacer cine es cosa de todos; o dejándole el honor de servir el premio de oro, el Goya a la Mejor Película, a una enfermera, Ana María Ruiz.

Minuto de silencio en la gala de los Goya.

Las niñas, la primera película de Pilar Palomero, un relato 100 por 100 autobiográfico de la realidad femenina en la España menos moderna de lo que parecía del año 1992 se hizo con cuatro estatuillas: Mejor Película, Dirección Novel, Fotografía y Guion Original; o sea, cuatro de las grandes categorías. Supone, además, un triunfo del Festival de Málaga, que estrenó la cinta de Palomero y que contribuyó a auparla con su Biznaga de Oro. Empata en número de cabezones con Adú, de Salvador Calvo, pero ésta sobre todo en apartados de menor relumbrón.

Y después, dos de las grandes sorpresas de la noche, ambas en euskera y realizadas desde la independencia más absoluta: Akelarre, la historia de un grupo de chicas arrestadas y acusadas de brujería en un pueblo vasco de 1609, triunfó con cinco premios; y Ane, la historia de una madre y una hija separadas en un lugar, un pueblo del País Vasco, separado por las vías del tren de alta velocidad, convirtió en galardón tres de sus nominaciones.

Ángela Molina, con su Goya de Honor (que le entregó Jaime Chávarri)

Ángela Molina, con su Goya de Honor (que le entregó Jaime Chávarri)

Ángela Molina

La gran Ángela Molina fue otra de las grandes protagonistas de la noche. Emocionadísima y arropada por el cuerpo de baile de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Málaga (ESAEM), la hija del malagueño Antonio Molina, una de las gargantas más ilustres de la Costa del Sol, recibió así el Goya de Honor: «Mi padre cantó en este teatro, que ahora me acompaña. No imaginaba que ahora su hija recibiría en este mismo escenario lo que para él era el alma del arte, el cariño del público. Que sea Málaga, la tierra de mi padre y mi paraíso, el lugar escogido para demostrar mi fidelidad al cine y de vosotros a mí me hace sospechar que el azar es cómplice del amor, que es la mejor manera que conozco de dar las gracias por todo. Este Goya es de mi padre y de mi madre, y de mi familia adorada; ellos saben que son mi corazón». Y recibió el único aplauso de la noche de parte de los músicos de la Sinfónica del Teatro del Soho-CaixaBank.

Fue la ideada por Banderas y Casado una gala discreta (sobró ese Pepe Isbert incorporado por Carlos Latre para dar paso al Año Berlanga: rompió demasiado con el tono austero de la noche), diferente por necesidad pero también por convicción, y que deparó alguna que otra sorpresa: para el que suscribe, por ejemplo, que, desde sus casas, hoteles y casas rurales, los ganadores de los Goya (especialmente, Mario Casas y Nathalie Poza, que están acostumbrados al show) parecieran mostrar una emoción más auténtica e informal que al subirse a los escenarios de las galas más convencionales, quizás ahogadas por la responsabilidad del boato.

Aitana interpretó un tema popularizado por Barbra Streisand y que pidió Banderas que interpretara, Happy days are here again.

Aitana interpretó un tema popularizado por Barbra Streisand y que pidió Banderas que interpretara, Happy days are here again.

El malagueño y la jefa del departamento audiovisual de su Teatro del Soho-CaixaBank despidieron la cita deseando que ésta prendiera la llama de una recuperación absoluta hacia la normalidad de siempre, nuestra normalidad. «Ojalá pronto podamos reunirnos sin pedir permiso y sacar los abrazos del cajón de los recuerdos; dejar de ser sospechosos y volver a ser personas», aseguró Banderas después de haber cuajado dos horas y media (exactas, sin retrasos: cómo se nota la formación profesionalísima yanqui de Antonio) de más celebración que fiesta, con distancia social pero cercanía humana.

Marina Parés: el Goya boquerón de la noche

De las tres opciones malagueñas en el palmarés (Kiti Mánver, nominada a Mejor Actriz por El inconveniente, y José Antonio Hergueta, candidato a Mejor Corto Documental por Paraíso en llamas), sólo la escritora y montadora Marina Parés se ha llevado el cabezón a su casa: el de Mejor Guión Adaptado por Ane, coescrito con el realizador del filme, David Pérez Sañudo. Parés y su equipo recibieron los Goya que cosechó el filme (dos más: Mejor Actriz Revelación para Jone Laspiur y Mejor Actriz Principal para Patricia López-Arnáiz) en una casa rural de Burgos. Ane desarrolla la relación de una madre e hija separadas por los secretos y las mentiras en un barrio vasco (la cinta está rodada en euskera, por cierto) que será partido en dos por la construcción de la línea de un tren de alta velocidad.