Fue un derribo con restos de casas mata y más tarde aparcamiento, hasta que, hacia 2012, un grupo de vecinos puso ‘la semilla’ para hacer crecer el Jardín de Gamarra en esta parcela municipal.

Separada por una gran valla de madera del ‘mundanal ruido’ de la calle Martínez Maldonado, dentro aguarda un espacio verde de ensueño al que, por la parte que asoma a Nueva Málaga le ha crecido una zona de huertos individuales.

En enero, muchos paseantes frenan en seco para admirar y sacar fotos a la esplendorosa columna naranja de bignonias en flor y en primavera es difícil no encontrar un rincón digno de fotografiar.

«El jardín me aporta mucha satisfacción, mucha tranquilidad y paz», confiesa la presidenta de la Asociación Jardín de Gamarra, Isabel Rodríguez. Como explica, los cerca de 80 socios con los que cuenta el colectivo pagan una cuota de dos euros al mes que se destina al mantenimiento del jardín, que también cuenta con la colaboración municipal, pues el Ayuntamiento proporciona el agua y la luz.

En este horizonte de plantas, agrupadas en parterres para racionalizar el riego, hay plumarias, cactus, aloes, lantanas, geranios, capuchinas, costillas de Adán, buganvillas, lirios, azucenas, tulipanes, madroños, malvalocas, rosas... y también hay espacio para que críen los pájaros, pues en un nido esperan su turno cuatro azules huevos de mirlo.

«Para mí es una satisfacción tremenda», reconoce Pepe Gallego, un conocido peluquero de Málaga, ya jubilado y vecino del Molinillo. Porque Pepe quiere subrayar que no sólo cuidan del jardín vecinos de Nueva Málaga y Gamarra. «Aquí vienen personas de calle Sevilla, Armengual de la Mota, el puente de las Américas, Teatinos...», repasa.

El peluquero jubilado recuerda el viernes del año pasado cuando se encontró con el candado echado: el confinamiento por la pandemia también había alcanzado este rincón verde de Málaga. «El problema es que teníamos gente mayor que jugaban al dominó, no se mentalizaban de que no podían estar juntos tocando las fichas, no se podía tener ese control y cerraron por eso», explica la presidenta.

Por este motivo, el Jardín de Gamarra pasó un tiempo cerrado a cal y canto, «y menos mal que en abril llovió mucho y no había que regar», remarca Pepe Gallego. Cuando por fin lograron una llave para acceder, se lo encontraron tomado por las hierbas. «Esto era una selva y ese mirto estaba totalmente deformado», describe Pepe, que señala que aprovecha los conocimientos del oficio para encargarse de podar los setos.

Y así, con mucha paciencia y respetando el aforo permitido, el jardín fue saliendo adelante y recuperó el esplendor anterior al coronavirus.

Pese a las restricciones por la pandemia, el jardín sale adelante gracias al cuidado de los socios. A. V.

La jacaranda y el almencino

Como detalla Isabel Rodríguez, de la parcela primitiva, la del derribo, se mantienen una jacaranda y un almencino (nombre popular del almez en Málaga). Casi todo lo demás se debe a la paciencia de los socios, que además reciben talleres de lo más creativos para aprender a hacer jardines verticales o todo tipo de manualidades, estos últimos impartidos por la propia presidenta, de cuya iniciativa han salido, por ejemplo, un faro que se ilumina por la noche y un tren con vagones llenos de flores, recuperado de un pub y reformado.

«Y si a alguien le gusta el jardín no el huerto y no entiende les digo que no se preocupen, que aquí nos ayudamos unos a otros», resalta Isabel Rodríguez.

«Antes de la pandemia también han venido colegios a aprender. Queremos que los niños se impliquen», señala Pepe, que explica que también es manitas y ha hecho algunas aportaciones al jardín como una catarata de flores con la que ha aprovechado una maceta rota, decoración en el suelo hecha con piedras de la playa o un mueble para tiestos, donde se guardan los esquejes. «Intentamos nosotros mismos no generar mucho gasto», apunta la presidenta.

Y entre las muchas plantas del jardín, el peluquero jubilado recomienda los guisantes olorosos, que además de oler de maravilla, aunque no sean comestibles, dan unas preciosas flores azules y malvas.

Otro rincón del Jardín de Gamarra. A.V.

Además de con una pista de petanca y un pozo hecho con neumáticos usados, el Jardín de Gamarra se completa con las huertas, 15 individuales para las que hay una larga cola de espera, por lo que la asociación ha reducido el periodo de uso de cuatro a dos años para que las disfruten más socios. «Ahora mismo hay tomates, lechugas, habas, cebollas, pepinos, berenjenas», enumera la presidenta. Otra sorpresa más que depara este vergel salido de unas ruinas. El hermoso Jardín de Gamarra.