Yo nunca había oído una palabra que se han sacado de la manga los políticos por el infausto motivo del Coronavirus o Covid-19. Me refiero a ‘desescalada’, que sugiere que unos alpinistas han iniciado el descenso después de escalar el pico de Aneto o la Maroma, que es el monte más alto de nuestra provincia. ¿Por qué desescalada, cuando tenemos fresquitas en nuestro diccionario bajada, descenso, disminución, reducción, apeo, decaer, decrecer, menguar, decrecimiento… y otras que sirven para informar de la reducción de la pandemia, epidemia, infección, flagelo o como dicen los mexicanos, ‘cocoliste’? Quizás algún experto, de esos desconocidos asesores que informan al Gobierno, lance un día que el cocoliste está en fase menguante o en fase ‘de repunta’, como también dicen en México.

Valido

Desapareció del lenguaje habitual, la palabra ‘valido’ en su versión no acentuada, porque con acento en la A es válido, o sea, que vale. El valido responde a la persona de confianza de grandes hombres, sobre todo de los reyes; pero esa figura ya no se lleva. Los validos de hoy son conocidos como asesores, en el lenguaje elegante, o como ‘fontaneros’ en el lenguaje popular. He entrecomillado la palabra porque que yo sepa la RAE no la ha admitido en esa nueva acepción. Los fontaneros, correctamente, son los profesionales especializados en la instalación y mantenimiento de las tuberías, bajantes, colocación de grifos y desagüe de la lavadora. Supongo que los fontaneros de La Moncloa y de otros centros similares no serán expertos en tubos y en cambiar el bote sifónico.

Soplagaitas

Yo no sé si en alguna edición antigua del diccionario de nuestra lengua se incluyó la palabra ‘soplagaitas’ en una acepción distinta a la de ejecutor del instrumento musical de viento muy popular en Asturias y Galicia, aparte los gaiteros escoceses con faldas de cuadritos. Pero la palabra se empleaba comúnmente para tildar a personas insignificantes, poco estimables, estúpidas… Como resultaba poco contundente, o un poco meliflua, nuestra Academia, atenta a las nuevas modas, incluyó una palabra muy al uso y que está para quedarse: ‘soplapollas’. Las gaitas, sin el apelativo reservado a los tontorrones, son patrimonio de Galicia, Asturias y Escocia.

Resilientes

Confieso humildemente que hasta hace un par de meses no había oído ni visto escrita la palabra ‘resiliente’, que es la persona que tiene la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite, o sea, los que ante los decesos o muertes por el virus del Covid-19, asumen con flexibilidad lo que estamos pasando. Está muy bien descrita la definición académica. Lo que no sé es cuántos hoteleros, restauradores, comerciantes, taxistas, vendedores, confiteros, funcionarios, profesores, maestros, estudiantes, jubilados, impresores, camareros, policías… están asumiendo con flexibilidad lo que les ha caído encima con el virus. Quizás alguna de las profesiones u oficios se considere resiliente, pero me temo que no serán muchos los que han asumido con flexibilidad la ruina que les llevado a la desesperación.

Y la penúltima palabra que ha salido a la palestra (de boca de una política) es ‘expertitud’. Premio.

Con motivo de las medidas adoptadas para limitar el número de personas en comidas familiares se recurrió a una palabra que tiene varias lecturas: ‘allegado’. Un allegado puede ser un amigo íntimo, un sobrino político, un pariente lejano, la tata que en su vejez se ha quedado a vivir en la casa como una más de la familia… Quizás en alguna fiesta clandestina, los botelloneros al ser descubiertos por la policía, se han justificado manifestando que son allegados.

Un periodista de no sé qué radio, en una crónica que oí en el mes de diciembre último, utilizó el vocablo que define claramente a esa persona que no es miembro de la familia y está en la casa de una familia en la cena de Navidad o despedida de año. La palabra es ‘conviviente’. Dos o tres convivientes pueden ser estudiantes que comparten un piso en la ciudad en la que residen de forma temporal. No son ni familia ni allegados. Son convivientes.

Semovientes y nautas

No sé si en las ordenanzas, disposiciones, decretos, normas y obligaciones de nuestro Ayuntamiento se mantienen unos textos que mi amigo Pepe García Castillo, en su paso por la corporación municipal –fue teniente de alcalde-, la encontró refiriéndose a impuestos y tasas. La que le llamó la atención era una referida a «los nautas y semovientes». Lo de nautas –marineros, calafates, contramaestres…- estaba claro que tenían que pagar como otros ciudadanos; pero lo de ‘semovientes’ le obligó a estudiarlo a fondo. Semoviente estaba también justificado. Afectaba a todo lo que se mueve. O sea, que tenían que pagar los propietarios que tuvieran animales. Pero la palabrita debe estar en desuso porque yo no la oigo desde que García Castillo fue concejal, allá por el año 1973 o 1974. Semoviente es todo lo que se mueve por sí mismo, como las vacas, los perros, los gatos… Resumiendo: a pagar todo el mundo, hasta los pajaritos enjaulados.

Retorno al pasado

Desescalada, resiliente y soplapollas son palabras para quedarse. Se han incorporado al lenguaje diario con otras como allegado (léase la definición académica), progresista, ‘coach’… Pero al tiempo que se incorporan nuevos vocablos a nuestro acervo cultural otras se van perdiendo por falta de uso.

Ya han dejado de utilizarse, por ejemplo, carbonero, en su versión de vendedor de carbón para abastecer de combustible a miles de familias que guisaban con carbón en las denominadas cocinas económicas. En el mismo Centro de Málaga había dos carbonerías que vendían carbón a granel (por kilos) o lo servían a domicilio en bruto, y en muchos hogares malagueños se almacenaba en un recinto especialmente construido para este fin: la carbonera. Cuando se desechó el carbón por el petróleo, el gas, el butano y la electricidad, las carboneras se trasformaron en trasteros.

También han desaparecido los comercios dedicados a la venta de barras de hielo (nieve en Málaga) con destino a las neveras, precursoras del frigorífico eléctrico que conserva los alimentos y refrescan el agua, los zumos, las cervezas, los vinos blancos… El interior de las neveras estaba aislado con zinc u otro material aislante; para mantener el frío necesitaba la carga diaria de una barra, media barra o un cuarto de barra, que los empleados de los comercios del ramo llevaban a domicilio con el auxilio de dos soguillas para no helarse las manos. Uno de esos comercios estaba en la calle Alarcón Luján, y otro en El Molinillo. Por cierto que de este último queda parte del rótulo de expendedor.

Ya no hay faroleros, los que encendían las farolas de gas que iluminaban las calles de Málaga antes de la llegada de la electricidad; sí superviven y cada día con más fuerza los faroleros, los individuos que ‘se tiran faroles’, o sea, que se inventan historias en las que el protagonista es él.

¿Quién se acuerda de los cosarios, esos que traían y llevaban paquetes y encargos de un pueblo a otro? Los nuevos cosarios son los repartidores a domicilio que van que se las pelan entregando envíos a diestro y siniestro. Se desplazan en furgonetas, coches, motos, bicicletas…

En la velocidad está su eficacia. Si la empresa distribuidora comunica al cliente que el pedido estará a primeras horas de la mañana en casa, a las nueve están llamando en el portero automático para entregar una carta, un televisor, una pieza para el ordenador, una tostadora o un carrete de hilo color rosa.

Ya no hay ‘bomberos’ en Málaga, no de los que apagan los fuegos, sino de los otros, los que hasta no hace mucho con un soplete, plomo y colofonia reparaban los escapes de agua de los tubos de plomo por los que circulaba el agua fría y la caliente.

Esos bomberos de soplete o soguilla que se pasaban la vida yendo y viniendo a las casas de los malagueños ya no existen. Los que hoy ejercen este trabajo son fontaneros de verdad, no esos otros que rodean al presidente del Gobierno de turno en La Moncloa, pero quizá, en materia de retribuciones estén casi al mismo nivel.

Desapareció también, pero a medias, la figura del ‘recovero’. Lo desempeñaba normalmente el hombre. Su trabajo consistía en ir casa por casa, vendiendo huevos de gallina que llevaba protegidos con paja para su seguridad. Normalmente cada recovero tenía su itinerario y clientela fiel. Aunque la figura desapareció, el trabajo u oficio está vivo. Hoy se desplazan en furgoneta y los huevos van protegidos en unos moldes de cartón. Queda lejos la estampa de los recoveros de los años 30 y 40 del siglo pasado.

Cuando las mujeres no tenían más horizontes laborales que los oficios de lavandera, planchadora, costurera, cocinera, limpiadora, recoger puntos de las medias, modistas… y otros oficios parecidos, algunos muy duros como lavar sábanas en las pilas de lavar, todos estos trabajos se ejercían porque no se habían inventado máquinas y utensilios para facilitar las agotadoras tareas. Al aparecer las primeras lavadoras eléctricas, los lavaplatos, las planchas eléctricas, las secadoras…, la mujer ¡ya era hora! pudo acceder a algo que los machistas no aceptaron, como maquinistas de trenes, pilotos de aviones, bomberos, militares, alcaldesas…¡y ministras! Ya quedan muy lejos, y casi olvidados, los oficios que he reseñado en el párrafo anterior. Ya no hay ni planchadoras ni apenas costureras, porque los precios de las prendas de vestir permiten a la mujer como al hombre disponer de un variado ropero para cambiar con frecuencia de vestimenta.

He dejado para el final uno de los oficios más antiguos de la historia: la ‘plañidera’. Ya en la Biblia se habla de las mujeres contratadas para llorar en los entierros. En la Málaga de mi niñez todavía había plañideras, mujeres que mediante un modesto estipendio lloraban en los duelos.