El álbum de fotos de un cónsul francés de comienzos del siglo XX, conservado en el Archivo Histórico Provincial, y dado a conocer hace años por este periódico, nos desveló una foto maravillosa, la de una caseta de consumos en el Camino Nuevo.

Como saben, la caseta era una suerte de puesto fronterizo comercial para los productos que entraban en la ciudad. Más que caseta, el desvencijado equipamiento mercantil se asemejaba a una readaptada choza del Neolítico, lo que nos da una idea de la evolución de la ciudad en los últimos 120 años.

Otra curiosidad en sí es el propio Camino Nuevo, que ha mantenido y mantendrá la novedad de su nombre, al igual que la centenaria calle Nueva, con la diferencia de que el primero lleva el nombre oficial de Paseo de Salvador Rueda, desconocido para muchísimos malagueños.

En el plano de 1863 del militar Joaquín Pérez de Rozas ya aparece el Camino Nuevo, como prolongación de la calle de Barcenilla, hoy de Ferrándiz y anteriormente llamada el Paseo de Abadía, aunque parece que el antecesor del camino fue una trocha que rodeaba el monte hasta llegar al mar y que ya empleaban de forma asidua los invasores franceses.

Por ese camino descendente hacia el mar todavía quedan parcelas sin urbanizar que muestran la rocosidad del cerro. Una de las calles que en las alturas del monte bordea el paseo y se convierte en un precioso balcón con vistas al Limonar, el parque del Morlaco y todo el Este de Málaga, es la calle Jacques Capeluto, la antigua calle Ceibas, que hoy homenajea a un empresario de origen sefardí ya fallecido.

En los últimos años, la calle había pasado por un lamentable estado porque tan impresionantes vistas habían sido aprovechadas por botelloneros metafóricamente ‘unicejos’ para espurrear los envases Monte Sancha abajo, aprovechando el hermoso balcón.

El resultado era un ‘material alcohólico de arrastre’, en forma de latas, botellas, vasos y algunas bolsas de plástico para el hielo que perlaba todo el monte.

Después de años en los que nadie retiró la porquería, la situación ha dado un cambio radical en los últimos tiempos con la limpieza del terreno. Y para amansar a las fieras se ha cercado con una altiva valla el balcón y además se han plantado pinos.

Cierto que todavía quedan cejijuntos mentales que volean las botellas por encima de la valla pero son los menos. La calle Jacques Capeluto ha recuperado la dignidad. Felicidades a los responsables. Los irresponsables lo tienen hoy más difícil para ensuciar.