16 de septiembre de 2018
16.09.2018
Cuaderno de mano

La muerte vial del paseo

16.09.2018 | 05:00

Paco se llama mi alcalde. Le gusta el arte ruso, el arte francés, Picasso en su casa natal y cuando es invierno sin tiempo para nadar, camina de madrugada gozando de cómo se despierta el azul de las olas. No sé si lo hace abstraído en la serenidad de la música que lleva puesta al ritmo de su paso, si da vueltas hamtletianas a sus decisiones políticas o inspecciona de cerca la falta de limpieza del barrio por el que cruza deportivamente. Ignoro si habla consigo mismo buscando, como nos enseñó José Saramago, que dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos. Desconozco si ha sido lector desasosegado por las profundas imaginaciones del Nobel portugués, si aprendió de él a moverse en medio de la ceguera que producen las políticas de nuestro tiempo –tan mediocres en preparación académica como torpes en su fraude y vileza contra el adversario– y la incomunicación en la que nadie nos comprende ni nos espera. Tampoco si lo ha sido de Bioy Casares, el envés dandi de Borges con una imaginación siempre seductora y al que nunca le importó saber si iba perdiendo o ganando las partidas de ajedrez con la mano negra de la vida. De uno se cumplen veinte años de su Premio sueco, hoy devaluado como todo, y ciento cuatro años del nacimiento del segundo. Aunque dudo de que Paco, mi alcalde, piense en estas efemérides mientras anda oxigenándose del trabajo. Tampoco creo que lo haga preocupado por los artistas plásticos con su talento sin apoyos institucionales, cansados de reivindicar una necesaria ley del mecenazgo , y con las dos únicas galerías de la ciudad haciendo malabares para no cerrar.

Es difícil intuir en qué piensa un hombre con poder cuando camina machadianamente, con los pensamientos detrás de los pasos y una ausencia de intencionalidad. Lo único que puedo asegurar es que mi alcalde Paco no caminaría con el empaque ni su alegría peatonal, por el mismo sendero del amanecer, si lo hiciese en las horas en las que la tarde susurra brisa y los paseos marítimos rompen aguas de transeúntes de todas las edades. A favor de la estética y la salud. Parejas con perros o solitaria marcha sostenida; madres con bebés espectadores en el balcón de sus carritos; runners de zancada atlética con marcas fluorescentes o la manía antihigiénica de ir salpicando su sudor como un fecundo aroma de belleza o de gimnasio; corredores amateurs de estilo desigual en el braceo e impulso de los pies; andarines de prisa erguida, y familias que regresan de la playa igual que náufragos de una larga jornada de gritos de espuma, cerveza y sol. La imagen perfecta de un territorio peatonal felliniano que ha saltado por los aires. Desde que la moda de las bicicletas, que no de los ciclistas, invaden la seguridad vial a velocidad de contra reloj. Unas veces con la angelical belleza inmune a las esquinas en las que siempre dobla una posible víctima feliz. Otras en pandilla turística modo verano azul de la tercera edad subidos en los sebway, y habitualmente pedaleando en diferentes marcas alquiladas –que incluso aparcan dentro de los edificios invadidos también por los apartamentos turísticos y en los que ya nadie sabe quién entra detrás suya por la puerta de la madrugada–. También están las de la jauría adolescente en persecución de su estela, ejecutando caballitos en un palmo de amenaza, y los skates que serpentean viandantes, aislados en la música cuyo motor los impulsa. No son los únicos tigres de la jungla en la que se han convertido los paseos marítimos, y los centros históricos peatonales. Las panteras de los monopatines a 30 kilómetros por hora han llegado para quedarse. Lo mismo que empiezan a proliferar empresas de alquiler, y con ellas los equilibristas de la rueda eléctrica que sortea peatones como si fuesen balizas de esquí.
Nunca pasear ha sido tan estresante. El peligroso barullo de vehículos y transeúntes nos convierte en perfiles de los andares en incertidumbre esquiva de Chiquito de la Calzada a la defensiva con sus populares términos: cobarder, jaarl, finstro de la pradera o por la gloria de mi madre, ante el ataquerr por los costados, por la espada, el frente y el susto inesperado de este tráfico de moda con un flujo de usuarios urbanos en sentido contrario a lo que es el arte del paseo en queja y quiebra. El genio malagueño que revolucionó el humor entre el surrealismo, la verborrea incongruente de Cantinflas y las malabaristas combinaciones de ideas con fondo crítico de Groucho Marx haría hoy chistes acerca del problema que se expande por muchas ciudades y todos sus sobrecargados espacios peatonales, sin olvidar como en Málaga el Túnel de la Alcazaba por cuyo carril no reducen ritmo ni descabalgan sus monturas los centauros. El pasado viernes precisamente se recordó en La Térmica su talento en el Chiquito Day´s con el que el gestor cultural Héctor Márquez y el programa Imprescindibles de la 2 de la RTVE reunieron el afecto y el homenaje de músicos, actores, periodistas, bailarines y creadores como Javier Ojeda, Joaquín Núñez, Ángel Idígoras –que contra esta fiebre de la aceleración ha propuesto un beso Doisneau en una esquina de barrio en la que detener el tiempo entre los labios– Ángel Luis Montilla, Eduardo Bandera, Águeda Márquez y Alberto Martos, And The y sus chistes del absurdo, junto con El Sordo, la Murga o la participación espontánea del público.

No estuvo Paco. Andaría el alcalde en otros caminos sin respiro, porque pocos políticos multiplican su presencia con una sonrisa y un discurso en tantos actos, con tan sólo una comida ligera y ese entrenamiento mañanero de pasar revista a la ciudad. A esas horas entre dos luces es imposible que vea las señales de tráfico vial que cuelgan muy espaciadamente en el largo paseo de orilla azul y en la que la Ordenanza de Movilidad Sostenible informa de la norma de convivencia entre vehículos de dos ruedas, con preferencia peatonal. Tampoco su responsable habrá comprobado a pie de calle lo invisible que resulta y que nadie sobre dos ruedas en su frente la cumple. Muchos sufren respingos o se han convertido en víctimas atropelladas, lanzadas al suelo o con las alas de la espalda desplumadas o contraídas por las embestidas, sin que los conductores se detengan, y sin presencia policial que patrulle en defensa de la educación que en este país sólo se instruye con multas. Málaga no es Ámsterdam ni Copenhague, paraísos de las bicicletas con excelentes carriles propios, con la eficiente educación de apearse de sus monturas y transitar a pie por las zonas en las que la mayoría son peatones. No lo somos en la solución al acoso vial ni frente al boom de los pisos turísticos –que están tomando centros históricos, barrios periféricos e inmuebles– cuyo único freno administrativo aprobado por mi alcalde Paco es el de subirles la tasa de basuras entre 60 y 200 euros al año.

¿Cómo es posible que nuestros políticos nos engañen tan fácilmente con todo, y que nos conformemos sin hacer nada? ¿Por qué en lugar de darnos dignidad como ciudadanos sólo nos tratan igual que extras del hábitat urbano transformado para seducir y agradar al extranjero? ¿Son invisibles estos problemas para los políticos? ¿Ha hecho la oposición algún Máster de garantía o tesis cum laude sobre cómo ejercerla convincente y eficazmente? ¿O el clientelismo y la falta de ideas y credibilidad es una enfermedad común a la que Saramago podría haberle dedicado una metáfora literaria? Porque la prensa tampoco está para mucho. O hace cola en registros universitarios o sobrevive cómo puede a la pata coja entre la precariedad económica y los cierres. Igual el Correo de Andalucía, con su historia y sus profesionales en la calle y en huelga. No son negocio la crítica ni la verdad. Están dejando sin territorios de libertad y reflexión la palabra y el paseo, que no es otra cosa que un espacio del pensamiento en diálogo con los sentidos, y una lúdica cacería de instantes.

No dejo de darle vueltas a cruzarme con mi alcalde Paco y preguntarle si lo sabe.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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