Opinión | Barraca y tangana
Enrique Ballester
Lagunas
No merece la pena y lo mejor es rendirse: del fútbol importa estar en paz y poner el himno de la Liga de Campeones al abrir la caja de la pizza
Escribir artículos de opinión sin dar mi opinión es una de esas aspiraciones difusas que mantengo en la vida. Afronto resignado la edad de cribar prioridades: ya no tendré una novia italiana, ya no aprenderé sueco y ya no tocaré en un grupo de post rock, pero quizá pueda llegar a escribir artículos de opinión sin dar mi opinión. Quizá pueda llegar a eso con gran emoción, quizá consiga un día que a alguien le guste un artículo sin necesidad de estar de acuerdo. Tener que estar de acuerdo lo intoxica todo: por eso el lector quiere saber de qué palo vamos y de qué pie cojeamos; el lector quiere saber de qué equipo somos y a qué partido votamos; el lector quiere saber qué pensamos sobre Cataluña y Venezuela y si nos gustan «Los Planetas». Le importa mucho en especial esto último y, entonces sí, entonces en base a todo ello decidir si escribimos verdades como puños o si antes molábamos, y ahora somos unos vendidos.
Cada opinión es un barrote de una jaula. Xavi Hernández anunció el otro día su retirada y leyendo opiniones ajenas pensé si viví aquellos años en otro planeta. Tener que estar de acuerdo lo intoxica todo, y es una lástima. Xavi era muy bueno, pero si yo escribiera aquí y ahora que con Rijkaard se lesionó de gravedad en diciembre, porque de antes de Rijkaard ni hablamos, y aún así el Barcelona siguió jugando igual de bien y ganó la Copa de Europa, algunos llamarían al médico para ver si me pasa algo. Y si añadiera que Luis Aragonés lo quitó del campo en el histórico cruce de cuartos contra Italia, en 2008, y que en esa Eurocopa y el siguiente Mundial no fue Xavi ni siquiera el mejor centrocampista de la selección, y que en la Euro 2012 no solo eso, en la Euro 2012 Xavi jugó simplemente mal hasta la final; si yo escribiera todo eso y añadiera que en el Barça de Guardiola, en sus años felices, había al menos cinco futbolistas más determinantes que él; y que en el de Luis Enrique, en su última Champions, fue suplente en todos los cruces y también en la final.
Si yo escribiera todo eso aquí y ahora, la policía estaría esperándome en la puerta y me tacharían de loco. Si yo escribiera todo eso acabaría murmurando que los mejores partidos de Xavi, los partidos de Xavi que la gente recuerda en los bares nunca existieron, eso murmuraría subiendo a empujones al furgón policial. Las esposas se me clavarían en las muñecas y yo recordaría la frase de Sarah Hepola en Lagunas, ese brillante libro sobre el impacto del alcohol en la vida, yo recordaría que «las noches que no consigo recordar son las noches que jamás olvidaré», lo recordaría deseando haber visto borracho el fútbol esos años, o siendo un crío, que viene a ser lo mismo, y así tener esas lagunas que la propaganda utiliza hábil para llenar la memoria y sus vacíos.
Pero Dios me libre de escribir todo eso. Para qué. Qué más da. Ya sé que no merece la pena, que lo mejor es rendirse: del fútbol importa alguna ilusión, estar en paz y poner el himno de la Champions al abrir la caja de la pizza.
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