10 de junio de 2019
10.06.2019
Impresiones

Somos muchos

Vamos a tener que tomar medidas para evitar destrozar no ya el Everest sino nuestras propias ciudades que por una parte se benefician y por otra sufren de las masas que las invaden

10.06.2019 | 05:00

Hace unos días vi por televisión una escena que me dejó anonadado y me quedo corto. Era una multitud que culebreaba en fila india por los Himalayas nevados para llegar a la cima del monte Everest. Parecía la cola interminable que se forma para un concierto de Lady Gaga o para ver una final de Champions. Solo que a ocho mil metros de altura y con la gente muy nerviosa porque se estorbaban unos a otros, se producían atascos, había que bajar y se acababa el oxígeno. De hecho ocho personas murieron por esa estúpida razón cuando el embotellamiento alargó los tiempos previstos por las agencias de viajes y no sé si sus herederos podrán reclamar o si les consolará la indemnización que eventualmente les corresponda. Con la montaña, como con el mar, no se juega.

Hasta ahora había visto atascos en los Sanfermines, el Rocío, las Fallas y otras fiestas de masas. También en ciertos monumentos como la Sagrada Familia, la Capilla Sixtina o Angkor Vat. Y también en algunos lugares como las cataratas del Niágara, Venecia, Machu Picchu, la Alhambra o la misma Palma el día en que tenemos la suerte de que nos visiten ocho cruceros por la incapacidad de gestión de nuestras autoridades. Pero confieso que pensaba que el monte Everest no los sufría porque solo deportistas muy avezados podían enfrentar su ascensión. Y parece que no es así y que a poco que uno sepa caminar, hay agencias de viajes que le suben a uno hasta la cima y luego pasa lo que pasa.

Martin Rees es un astrofísico británico que no hace mucho decía en una entrevista (El Mundo, 24 de mayo) que la Humanidad tenía un 50% de posibilidades de extinguirse durante el presente siglo por el cambio climático, «una catástrofe a cámara lenta», y por las nuevas tecnologías «tan poderosas como difíciles de regular». Porque –añadía– «es la primera vez en 4.500 millones de años de vida de la Tierra que una especie, la nuestra, tiene el futuro del planeta en sus manos. Si lo hacemos mal, podemos provocar una extinción masiva». Suena alarmista y lo es, porque aunque solo somos el 0,002% de la vida del planeta (el 84% son plantas), los humanos somos esos depredadores triunfantes que dice Yuval Noah Harari que nos hemos hecho los amos y podemos estropearlo todo, incluso por descuido, ya que los políticos sólo piensan a cuatro años vista y esa es mala receta para cuidar del único hábitat que tenemos. Y si no pensamos lo suficiente en el cambio climático, tampoco pensamos en los efectos de la sobrepoblación.

Y no me refiero a España o a Europa, que tenemos el problema contrario del envejecimiento, sino al mundo en general. Ahora somos 7.200 millones de seres humanos y seremos 9.700 en 2050, 2.500 millones de personas que nacerán mayoritariamente en el tercer mundo donde África se llevará la friolera de 1.300 millones de nacimientos que lograrán que, por ejemplo, Nigeria alcance los 800 millones de habitantes. Será un mundo en el que el 60% de la población vivirá en Asia, un 20% en África y el 20% restante entre Europa y las Américas. Y detrás de la población se irá el dinero como prueba el hecho de que ya hoy el 40% del PIB mundial está en la región de Asia-Pacífico.

La combinación de fuerte crecimiento poblacional con los efectos del calentamiento global tendrá efectos cumulativos, se sentirá en todos lados y producirá desde un aumento de los desequilibrios en la distribución de la riqueza, hasta cambios que conviertan en inhabitables a muy corto plazo lugares hoy considerados paradisiacos como las islas Andaman u otras del Pacífico que apenas sobresalen unos metros sobre el nivel del mar. Pero no solo allí. Y esto multiplicará el problema de los refugiados por desastres ecológicos que el año pasado ya alcanzaron la cifra de 18 millones de desplazados, 7 más que los que producen las guerras. En todo caso vamos a tener que tomar medidas para evitar destrozar no ya el Everest, que me da pena pero me queda muy lejos, sino nuestras propias ciudades que por una parte se benefician y por otra sufren de las masas que las invaden y utilizo voluntariamente esa palabra en lugar de decir que las visitan. Tengo edad suficiente para haber estado a solas en la Acrópolis, en la Gran Muralla, en el Patio de los Leones o en la cueva de Altamira, lugares que ahora están vallados, tienes que pedir hora o has de bracear con multitudes para abrirte paso y poder ver algo. El turismo nos abrió en su día los ojos a otras realidades (como la democracia) y aumentó nuestro nivel de vida, pero ahora lo primero afortunadamente ya no lo necesitamos y en cuanto a lo segundo, resulta que nos trae también muchos inconvenientes como la masificación de núcleos urbanos y playas, la subida de los precios de la vivienda y la consiguiente gentrificación de las ciudades, la contaminación de los puertos, los atascos en las carreteras por el aumento de coches y por los enjambres de ciclistas llegados de otras latitudes... podría seguir pero eso es algo que ustedes padecen igual que yo. Esa es la razón por la que cada vez aparecen más grupos de ciudadanos preocupados que nos unimos para evitar el deterioro del mundo que dejaremos a nuestros hijos. Porque nos acabará pasando lo mismo que hoy ocurre en Venecia o en el Everest si no tomamos medidas a tiempo. O sea, ya mismo.

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