21 de noviembre de 2019
21.11.2019
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Momento histórico

El peligro de utilizar referencias históricas como arma política

21.11.2019 | 05:00

«Abrazo histórico». «Desastre histórico». «Necesidad histórica». «Día histórico». «Oportunidad histórica». Son solo cinco muestras de las frases ampulosas que vienen repitiendo nuestros políticos, y coreando muchos periodistas, en los últimos días. La jornada a la que se refieren es la del pasado martes, 12 de noviembre. Vamos a tener que memorizar la fecha del 12-N y añadirla a ese cajón que tenemos reservado, y ya repleto, para los «momentos históricos»: 23-F, 1-O, 11-M, 15-J o 20-N, del que por cierto ayer se cumplieron cuarenta y cuatro años. Recurrimos a la Historia con demasiada frivolidad. La falta de referentes actuales o de análisis originales nos lleva a bucear en el pasado en busca de paralelismos que nos expliquen lo que ocurre hoy. Parece como si con ello quisiéramos prevenir las consecuencias que tuvieren hechos considerados similares a los actuales. La Historia, se diga lo que se diga, no se repite. Ya nos lo enseñaron los griegos: «Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos». Esta última semana se ha hablado mucho del Frente Popular, de la balcanización de España, del franquismo, de la CEDA, de Lluís Companys, de la Transición –sí, ya es historia–, de comunismo, de fascismo, de antiguos vicepresidentes, hasta de Simón Bolívar... Hablamos al sabor de la boca, como bien precisa la expresión asturiana. Hacemos unas proclamas maximalistas, meras ocurrencias, que probablemente sólo buscan provocar un efecto en los ciudadanos, en los votantes: miedo, rabia, ilusiones, ensoñaciones. Cuidado, porque la rabia puede acabar en violencia y las ilusiones en frustración. Y todo ello en nombre de una referencia histórica carente de fundamento. El preacuerdo de Gobierno de Sánchez e Iglesias tiene muy poco que ver con el Frente Popular que ganó las elecciones del 36. Ni Sánchez es Azaña ni Iglesias es el metalúrgico comunista Vicente Uribe que llegó a ser ministro en la República. Ni siquiera Gabriel Rufián tiene nada que ver con Juan Lluhí, ministro de Esquerra en varios gobiernos de Madrid. Los izquierdistas republicanos de Cataluña ven como su referente es a Lluís Companys, el presidente de Esquerra que proclamó la república catalana en el 34 sin mediar referéndum, ni legal ni ilegal, y que, a diferencia de Puigdemont, se quedó en la plaza de San Jaime a esperar al general Batet. En su ensoñación, el 'president' confiaba que se uniera a su causa, pero lo que hizo fue detenerle. A propósito de Vox, se ha dicho que el partido de Santiago Abascal tiene muchos paralelismos con la CEDA. Ya le gustaría a Abascal tener la formación de Gil Robles, a quien pese a ser un bocazas en muchas proclamas desbocadas, confesó que le daba «miedo» el fascismo. Al buscar referencias en la Historia, se nos olvida a menudo considerar el contexto en el que se produjeron los acontecimientos. No sé si Pablo Iglesias será comunista o no, pero sí sé que de la ilusión revolucionaria de una Unión Soviética poderosa queda poco o casi nada. Ni el PSOE de hoy es el mismo de Largo Caballero que abanderó la revolución del 34. Y Vox será de extrema derecha, ultra, radical o como se quiera decir, pero el fascismo y el nazismo que florecieron en la Europa de entreguerras –y hasta el franquismo– le quedan muy lejanas. Afortunadamente, España hoy tiene muy poco que ver con la Yugoslavia que vivió las guerras balcánicas en los 90, por más que algunos se empeñen en recurrir a la 'vía eslovena' para conseguir sus objetivos. Y poco tiene que ver con la España de hace más de 80 años convertida en sangriento campo de pruebas de los grandes movimientos totalitarios. Tal vez deberíamos mirar al presente y a los países más parecidos al nuestro, en lugar de dedicarnos a viajes fantásticos en el tiempo. El agua que lleva hoy el río no es la misma que la que llevaba ayer.

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