Fue en la Semana Santa de 2017. Las dos aceras de la calle Carretería estaban tomadas por sillas, sillones y hasta sofás. Eso había ocurrido siempre, pero aquella tarde era Jueves Santo y, tras la salida de Viñeros, la colección de imágenes que recolectaron los sorprendidos fotógrafos fue de órdago y levantó la indignación de muchos lectores de los periódicos. Hasta el bueno de Mario Cortés, entonces concejal de Seguridad y ahora solvente diputado del PP malagueño en Madrid, aseguró que se planteaba multar a quienes hicieran su reserva de sitio encadenando sofás y sillas de playa a señales de tráfico o farolas. Era una estampa habitual que, si les soy sincero, se remonta a mi infancia, cuando Málaga no era lo que es hoy ni la Semana Santa, claro, tampoco. La ciudad y su Semana Mayor han dado un estirón y hoy no tienen nada que ver con aquellas imágenes que se agitan en mi memoria. Entonces, ver la calle Carretería tomada por sillas, sillones y hasta sofás hacía que se desatara un delicioso cosquilleo en mi pecho que se confundía con el primer runrún de los tambores del Domingo de Ramos. Pero en 2017 la cosa había cambiado y ese Lunes Santo se dio la temible estampida que, de madrugada, deslució la procesión del Cautivo y pudo causar algún disgusto personal, aunque finalmente no pasó nada, nada, digo, más allá de daños al patrimonio de los de San Pablo, que ya es bastante. Al parecer, fue una pelea la espita que generó aquel desaguisado. El caso es que Carretería se había convertido en las últimas décadas en una vía incómoda para algunas cofradías, y varias de ellas, históricas, habían elegido no pasar por allí ante los problemas de interacción que tenían con el público. Así, si con Mena y la Legión se alcanzaba un grado de comunión difícil de negar, con otras corporaciones las estampas se tornaban en escenas bochornosas. Yo he visto al Cautivo en la Tribuna de los Pobres, tres o cuatro veces. Y veo cada año la que lían el Rocío y el Nazareno de los Pasos a eso de las cinco y pico de un Martes Santo cualquiera en esa zona. Son instantes que nadie debería perderse por su belleza. Pero he aquí que, con el nuevo recorrido oficial, muchas corporaciones nazarenas decidieron dejar de pasar por Carretería y la Tribuna de los Pobres. Todas adujeron más o menos lo mismo: que para pasar por allí había que dar un rodeo inmisericorde que, con tronos tan pesados y tantos niños, obligaba a hacer más metros de los indicados. Y así muchas cofradías, que no todas, dejaron de pasar por allí. Y encima sólo hemos tenido una prueba para ver cómo iría la cosa con un recorrido oficial nuevo que sigue generando críticas pero que yo no veo, ya lo he dicho en varios artículos, mal del todo, y, por tanto, habrá que darle tiempo después de estos dos años de tristeza, pues sólo unas pocas, que yo recuerde, optaron por mantener a Carretería en sus itinerarios: el Rocío, el Prendimiento y poco más. Hasta nueve de las casi treinta hermandades que pasaban por allí decidieron alejarse de una de las calles más cofrades de la ciudad por excelencia. Como recordaba Aldo Durán en un artículo publicado el 12 de marzo de 2015 en este periódico, entre 1989 y 1993 todas las cofradías, salvo Descendimiento, pasaban por una calle que «había sido recuperada gracias al impulso de vecinos y comerciantes». Carretería respeta el trazado de la muralla medieval, que siguió manteniendo su función defensiva en época cristiana hasta que en el siglo XVIII se permitió, tras el cambio de nombre a Carretería, derribar los muros y construir sobre el foso de inmundicias a quien quisiera hacerlo, abriendo, así, nuevos horizontes para la ciudad. Algún hermano mayor llegó a decir, observando el nuevo recorrido, que se volverá a Carretería cuando el entorno, una vez sometido a una reforma, fuera más amable. Esa renovación urbana de una vía vital para la ciudad ya está sobre la mesa, con una semipeatonalización en toda regla ya adjudicada que, entre otras cosas, implantará una vía única para peatones y coches (sólo podrán entrar el transporte público, los repartidores y los residentes). La reforma se adjudicó la pasada semana a la UTE Obras e Infraestructuras SAU-Hormigones Asfálticos Andaluces por 3,8 millones. El plazo de ejecución es de 18 meses. Se hará por fases y se simultaneará el trabajo con los estudios arqueológicos. De entre todas, destaca la intervención en la Tribuna de los Pobres, rincón identitario malagueño con gran sabor popular y semanasantero, de forma que la actuación consistirá en devolverla a su aspecto original (sumándole un ascensor que se ha movido de su posición original), recuperando el diseño de los maceteros que un día observaron la vida desde esa escalinata, además de relabrarse los peldaños, conservando, claro, el trazado curvo. Esa reforma de Carretería debería ayudar regenerar los barrios de San Rafael y la Goleta y, si hay algo a no imitar, es que en esas zonas los fondos de inversión no aprovechen la reforma de casas históricas de la ciudad para convertirlas en viviendas turísticas, como de hecho ha ocurrido en Carretería. El trazado, sin duda, va a ser más amable para el ciudadano y para las cofradías (con nuevos árboles, por ejemplo, y se nos promete que no más terrazas). Y ello tendrá que tener un efecto llamada para esas cofradías que huyeron de Carretería y que deben comprometerse con el pueblo malagueño que, al final, es al que se deben. Bien está pasar por la tribuna oficial, pero en la Tribuna de los Pobres se agita Málaga. Y no está bien darle la espalda en Semana Santa a quienes, en el fondo, dotan de sentido a las procesiones: los malagueños.