Hace unos días viví una hermosa experiencia en Asturias. Bajo una lluvia fina fueron llegando los autocares que trasladaban a ciento cincuenta personas mayores, para celebrar en Rioseco una jornada que este año estaba presidida por una palabra llena de significado: Reencuentro. A causa de la pandemia, el año anterior había tenido, como tantas otras actividades, carácter virtual. La organización MASPAZ (Movimiento Asturiano por la Paz) había puesto como siempre ilusión, trabajo y amor sin limites en la organización de la experiencia .

Flotaba en el ambiente la alegría del encuentro, la emoción de los abrazos, la ilusión de la presencia. Estábamos allí sanos y salvos después de año y medio de pandemia, aunque el uso de mascarillas y la exigencia de mantener la distancia nos advertían de que todavía seguíamos amenazados.

Una de las actividades de la mañana consistía en compartir dos experiencias de voluntariado. Una de ellas me llamó especialmente la atención. La exponían ante el auditorio dos personas que desprendían dinamismo, simpatía y orgullo.

Michael y Belarmino (Mino para los amigos). contaron que en Salinas (Ayuntamiento de Castrillón) habían tenido la iniciativa de hacer las rutas escolares más seguras. Sabido es que hasta en las poblaciones pequeñas el tráfico es un peligro porque hay conductores apresurados y despistados y porque hay también transeúntes impacientes y atolondrados. Pues bien, cinco voluntarios hicieron un proyecto bajo el lema RUTAS ESCOLARES SEGURAS.

Cinco entusiastas voluntarios, se han repartido los cinco pasos peatonales cercanos al Colegio y están allí a la entrada y a la salida, cada uno en el paso elegido, para garantizar la seguridad de los alumnos, de las alumnas y de sus acompañantes.

Detienen, dan paso, acompañan, previenen, aconsejan, apresuran, exigen… Se han convertido en los ángeles de la guarda de los pequeños en los pasos de peatones. Sin pedir nada a cambio. Se sienten más que pagados cuando ven que todos los transeúntes de la comunidad escolar llegan al colegio y vuelven a sus casas más seguros.

La experiencia, que está respaldada por el Ayuntamiento, tiene también la aprobación del Colegio, que ve con buenos ojos ese complemento de seguridad. Hay pasos de peatones. Debería ser suficiente. Pero está muy claro que no siempre se utilizan y no siempre se respetan, ni por parte de los conductores ni de los transeúntes.

Me cuenta Belarmino que el curriculum de los cinco ha sido examinado por el Ministerio del Interior para comprobar que los cinco voluntarios son personas limpias de antecedentes. No sería procedente poner al zorro a cuidar a las gallinas.

MI querido y admirado amigo Jordi Grané y yo habíamos compartido con los asistentes algunas ideas y algunas propuestas sobre la necesidad de envejecer con sentido. Pues bien, aquí teníamos un ejemplo. Esa era una actividad que daba sentido al tiempo empleado, que mantenía activos a los protagonistas, que les ayudaba a estar atentos, creativos y comunicados con los demás. En acto de servicio.

En lugar de quedarse en la cama tranquilamente, los cinco voluntarios se levantan cada día para llegar puntualmente a sus puestos. Lo mismo digo de la hora de salida. Sacrifican la siesta o lo que sea necesario sacrificar ante la llamada del compromiso contraído.

Nos contaron que por la mañana, esperan en sus puestos el regreso de padres, abuelos y acompañantes que, una vez que los escolares han entrado en el Colegio, vuelven a sus casas desandando el camino. Es parte del trabajo.

Investidos de la autoridad que les confiere el Ayuntamiento como instancia democrática que garantiza la seguridad de los peatones, dan paso o cortan el paso según lo que proceda. No es solo una ayuda generosa a la comunidad educativa, Es también una actividad que les hace sentirse útiles y valiosos para los demás. Porque lo son.

La asiduidad de la tarea crea, como es lógico, ínculos que la buena voluntad fortalece. Contó Mino que todos los días ayudaba a cruzar el paso de peatones a un niño que no tiene abuelos. El contacto diario y la afabilidad del guía, el cuidado y la solicitud de Mino, suscitó la pregunta que da título al artículo:

- Señor, ¿quiere ser mi abuelo?

Esta ingeniosa experiencia, ha creado una nueva figura, la del nieto adoptivo. Porque, como es lógico, a Mino le pareció una idea estupenda. Él lo contaba emocionado. Leí en el libro de Octavio Salazar ‘La vida en común’ que el mundo sería mejor si antes de ser padres pudiéramos ser abuelos. La editorial Graó de Barcelona publicó hace unos años un libro sobre lo que yo llamaría «abuelitud». Dieciséis docentes escribieron un texto sobre lo que suponía para ellos la condición de ser abuelos o abuelas. El título del libro no puede ser más revelador de la complicidad que tienen el nieto y el abuelo: ‘No se lo digas a mamá’. Se trata de una petición que sale alguna vez de la boca del abuelo y no menos veces de la boca del nieto.

Paulo Freire era un joven de 76 años cuando falleció, según su idea de la juventud y de la vejez que defiende en el libro ‘A la sombra de este árbol’: «Nadie es viejo solo porque nació hace mucho tiempo o joven porque nació hace poco. Somos viejos o jóvenes mucho más en función de cómo entendemos el mundo». Pues bien, estos cinco ciudadanos son jóvenes emprendedores que hacen mejor el lugar done viven. Dentro de unos días voy a impartir una conferencia en la localidad valenciana de Catarroja. La he titulado: ‘Que mi ciudad sea mejor porque yo vivo en ella’. Lema que llevan a la práctica cada día estos improvisados agentes de tráfico que, en lugar de poner multas, reparten generosamente ayuda y sonrisas.

Les decía en la conferencia a los asistentes que el termómetro que marca la temperatura ética de una sociedad es la forma que tiene de tratar a las personas mayores. Los políticos, los familiares, los ciudadanos y ciudadanas tienen que volcarse en aquellos y aquellas que han dado lo mejor de su vida a la familia y a la sociedad, que han trabajado duramente en tiempos revueltos, que se han volcado en sacar el país adelante. Olvidarnos de ellos y de ellas porque ya no son productivos, porque ya no siguen nuestro ritmo de vida, porque no gozan de la fuerza, de la salud y del dinamismo que tienen los jóvenes, es de una inmoralidad y una crueldad incontestables.

El arte de envejecer requiere inteligencia y bondad. Conocí en Corella a un anciano que repartía caramelos a los niños y a las niñas con esta tierna consigna:

-Toma, el de hoy y el de mañana. Y mañana otra vez.

Me parece admirable esta actitud optimista hacia la vida, hacia las personas y hacia el mundo. Una actitud acrecentada por la experiencia, no destruida o disminuida por ella. Por eso me gustan las personas como el escritor Edmond Rostand del que se cuenta que el día que cumplió 80 años se miró en el espejo y dijo:

- Desde luego, los espejos ya no son lo que eran.

Estas son las tareas que exigen la ciencia y el arte de envejecer (se me había escapado una erre y había escrito «envejercer»; he estado a punto de mantener la errata porque expresaría la idea de «ejercer de viejo»): fortalecer la autoestima, ejercitar la mente y el cuerpo, alimentarse con moderación, mantenerse activos, sentirse útiles, militar en el asociacionismo y el voluntariado, tratar de aprender, cultivar el optimismo, compartir la experiencia, leer con frecuencia, relacionarse y no recluirse, aceptar el envejecimiento como ley de vida, evitar el tabaco, dormir lo suficiente, hacer los chequeos y revisiones sanitarias…

La sociedad que se precie de democrática tiene que realizar también sus deberes respecto a las personas mayores: hacer de la jubilación un derecho y no una obligación, asegurar e incrementar las pensiones, agradecer su experiencia, contar con ellos y con ellas, mejorar sus condiciones de vida (trámites en los bancos, descuentos en los transportes, ayuda psicológica…), construir ciudades más amables en las que puedan pasear sin peligro, facilitarles la vida, respetar su dignidad, rendirles homenaje…

El envejecimiento es el futuro de todos y de todas. Los años se suceden de forma inexorable. El paso del tiempo nos da a todos y a todas más edad, pero no nos da a todos y a todas automáticamente sabiduría, optimismo y felicidad. Para que los años se conviertan en una fuente de saber y de alegría hace falta una actitud abierta hacia la vida, deseo de aprender y una visión positiva de nosotros mismos. Que así sea.