Septiembre es el mes de los regresos, de las cosas que vuelven, no solo los niños al cole, también sus maestros, y la gente de vacaciones. También vuelven los gimnasios a estar llenos por un mes y el paro sube de nuevo cuando finalizan los trabajos veraniegos. Vuelve el baloncesto español a hacerse con el oro en Europa y también ha vuelto Marc Márquez a las motos, aunque apenas dio una vuelta en su regreso. Vuelve la gente a empezar sus cursos de idiomas o a reemprender sus clases de yoga, vuelven las colecciones y las ganas de empezar algo nuevo que pueda romper la rutina antes de que vuelva todo a su sitio. Como un segundo enero, se llena septiembre de propósitos y comienzos, que duran no mucho siempre y no pasa nada tampoco, porque a veces se trata de empezar por empezar y darnos cuenta luego de lo que no queremos o no podemos.

Cuanto más vuelven las cosas más fácilmente vemos que en realidad nada regresa, que uno no vuelve del todo cuando llega a casa tras mucho tiempo fuera, igual que los niños se dan cuenta de que el colegio no es igual que el año pasado, ni sus compañeros, ni ellos mismos, todo ha cambiado, a veces un poco, otras demasiado. Repetimos los ciclos para invocar lo reconocible, para no perdernos en el laberinto de la vida, igual que repetimos lo que hacemos día a día, pero basta con fijarse un poco para romper el frágil hechizo y ver en cada repetición su condición de irrepetible, su identidad única. Este año septiembre viene con una guerra de más, con una reina menos y dejando atrás y por delante muchísimos incendios. Se lleva ya septiembre el verano, su calor insoportable y los días tan largos. Y nos deja el tablero de antes para que continuemos la partida o cambiemos de juego.