Opinión | 725 PALABRAS

Nanay, así no

Más allá de las particularidades naturales de las tribus, de sus derivadas socio-profesionales y del propio idiolecto de cada uno de sus individuos tribales, las palabras forman parte de la identidad puntual de cada tribu, de cada barrio, de cada oficio y de las aportaciones habidas históricamente en forma de herencia lingüística. Cada tiempo y cada circunstancia han tenido, tienen y tendrán su particular y puntual «academia de la lengua», que lleva más de trescientos años creciendo, limpiando, fijando y dándole esplendor a nuestro esplendoroso idioma.

Nanay es una negación como «na de na», como «nada», como «no»..., pero más armónicamente agigantada y rotunda. Recuerdo como si fuera hoy cuando mi señora madre, más allá de simplemente negar o mover la cabeza con gesto de negación, decía nanay, y cómo el asunto tronaba aumentado como una sentencia del Supremo sin capacidad ninguna de recurso. Y nadie insistía, ni mi señor padre, especialmente cuando mamá articulaba el vocablo silabeándolo a su manera: ¡na-na-y...! Solo hay una negación de mayor rango que nanay, y esta es ¡nanay de la China! A saber la procedencia y las vicisitudes que justificarían y explicarían el imbatible aumentativo chinesco de nanay.

En tiempos convulsos por el periodo electoral más largo de la historia y, a la par, revueltos por el deletéreo «éxito» de su majestad el Turismo y sus consecuencias adyacentes, no nos vendría mal rescatar nanay de la chistera para usarlo en forma de mandoble y autoimponérnoslo para bajarle el tono a la inercia de ser hijos de nuestro pasado y subirle el tono a su inercia antónima, es decir, recordando a Unamuno, la de ser padres de nuestro futuro. Ser padres del futuro mola más que ser hijos del pasado. ¡Dónde va a parar...!

Como tantas otras urbes, Málaga empieza a morir de éxito por mor de una descontrolada gestión perniciosa. En Málaga no cabe ni cabrá todo en todo momento, especialmente ese totum revolutum que analizado por parcelas es un ilusorio caso de éxito para el sistema, pero que visto con la suficiente perspectiva ya apunta indeseables maneras de ser un caso de estrepitoso fracaso a medio y largo plazo para la ciudadanía malagueña. Con la suficiente perspectiva, la suma del desarrollo de los últimos años y de las actuales voluntades de gestión pública ya evidencia claros signos de severa autolisis mórbida.

–¿El sistema o el ciudadano?, esa es la cuestión –diría don Guillermo Shakespeare.

De repenté se me ha ocurrido escribir que da pereza escribir, principalmente cuando lo que se escribe, más que a sugerencia o a punto de vista tan profesional como ciudadano, en el cerebro de algunos tendenciosos leyentes resuena como una baldía crítica ecoica con intencionalidad política. Allá ellos...

–¡Maldito roedore…! –decía Jinks, el gato andaluz de la serie Pixie y Dixie de los años ochenta.

La realidad histórica y las perspectivas, salvo raras excepciones que confirman la regla, evidencian que cada vez más insistentemente es el sistema el que se reafirma como el fin único o principal de las estrategias de autogestión del homo politicus. Curiosa esta meticulosidad automatizada del proceso por la que el hombre crea un sistema para abstraerse de sí mismo y acaba siendo poseído plenamente por su propio engendro que se vuelve ingobernable, momento este en el que alguien debería advertir ¡nanay, así no...!

Se me ocurre que quizá fuera meditando sobre el pensamiento del anterior párrafo que Vicktor Frankl, el eminente psiquiatra autor de El hombre en busca del sentido, alumbrara aquello de que «la vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino por la falta de significado y propósito». Quién sabe, oye..., hasta puede que esta sea una irrefutable aseveración rabiosamente apodíctica.

«La ocasión la pintan calva», «aquí te cojo, aquí te mato» y «más vale pájaro en mano que ciento volando» sin duda son tres aforismos sabios heredados de nuestros mayores, seguramente alumbrados a la luz de la oportunidad puntual en unos escenarios de hambre y carencias cuya corriente llevó al rompedizo de «Málaga, la de las mil tabernas y una sola librería», pero nanay, así no, así no más, porque ahora soplan otros vientos en los que la oportunidad e inoportunidad histórica merecen legislar debidamente a la luz de la razón, la sabiduría y el conocimiento, ello sin impedir un libre mercado bien regulado que impida y prohíba hipotecar el futuro próximo y lejano.

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