Opinión | 360 GRADOS

Desinformación

Recuerdo cuando se decía que internet iba a democratizar la información y se elogiaba el papel del «periodista ciudadano»

Es la palabra de moda. Los medios anglosajones incluso, rizando el rizo, distinguen entre lo que llaman ‘disinformation’, ‘malinformation’ o ‘misinformation’.

Depende, por ejemplo, de si se trata de informaciones deliberadamente falsas, difundidas por algún gobierno o grupo hostil para desestabilizar, o si tienen una base real, que, sin embargo, el autor tergiversa maliciosamente.

Los gobiernos y las organizaciones supranacionales como la Unión Europea recurren a tal calificativo para bloquear o censurar en la Red algún contenido que no les guste.

Basta colocar la etiqueta de ‘desinformación’ para arrojar al menos la sombra de la duda sobre cualquier mensaje o noticia que se publican en las redes sociales.

La Unión Europea ha aprobado recientemente una Ley de Servicios Digitales que obliga a las plataformas tecnológicas a la proliferación de ese tipo de noticias.

No se trata en primer lugar de la pornografía en la red, que no parece preocupar tanto como los contenidos políticos.

El dueño de X, antes Twitter, Elon Musk es últimamente blanco de las críticas de Bruselas por defender la libertad de contenidos en su red social.

Recuerdo cuando se decía que internet iba a democratizar la información y se elogiaba el papel del «periodista ciudadano», que gracias a las redes sociales iba a acabar con el monopolio de la información por los «medios tradicionales».

Ahora, sin embargo, nuestros gobiernos democráticos parecen sobre todo preocupados por la proliferación en internet de opiniones y noticias que ya no controlan.

Informaciones de tipo político como las referentes a guerras como las de Ucrania o Gaza, pero también científicas como todo lo relativo a la obligatoriedad y eficacia de las vacunas o a los confinamientos durante la pandemia del Covid-19.

Noticias y opiniones de destacados periodistas de investigación que sólo publican ya en internet como los estadounidenses Aaron Maté, Seymour Hersh o Michael Shellenberger.

Y que contradicen muchas veces la versión de los gobiernos, que no dudan en hablar inmediatamente de ‘desinformación’, sin considerarse empero obligados a dar explicaciones.

Es cierto que las redes sociales son un caldo de cultivo para todo tipo de bulos, que no existen en ellas suficientes salvaguardas.

El problema es, sin embargo, a quién corresponde establecerlas. ¿Acaso a los gobiernos?

El periodismo ha sido tradicionalmente un instrumento de control del poder, fundamental en las modernas democracias pero ocurre muchas veces que fallan también en los medios las salvaguardas.

Y entonces, los periodistas, en lugar de fiscalizar a los gobiernos, como es su misión, se convierten en simples taquígrafos, dando por bueno una sola versión de los hechos, que es la que interesa al poder.

Han ocurrido últimamente y siguen sucediendo demasiadas cosas que exigen, por el contrario, un gran debate democrático en los medios de comunicación.

Por ejemplo, los confinamientos durante la pandemia, el continuo rearme de Ucrania en sustitución de la diplomacia o el apoyo casi incondicional a Israel en el conflicto de Gaza.

El camino emprendido por muchos gobiernos nos aleja cada vez más de esos valores democráticos que dicen defender. Y lo peor es que los ciudadanos parecemos caminar sonámbulos.