Opinión

La muerte de la hemeroteca

¿Qué pudo ser del rubor, de la vergüenza, de la sana honestidad que, ante a los ojos de todos, aflora frente al absurdo de la contradicción o los errores propios?

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo se saludan tras la investidura.

Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo se saludan tras la investidura. / EFE

“En este tiempo hostil, propicio al odio”, que diría el poeta Ángel González, asistimos a la caída y muerte de uno de los últimos baluartes que nos resguardaban del deshonesto e incongruente panorama político: la vergüenza de la hemeroteca.

Abran los ojos, las ventanas y las puertas, la verdad está ahí fuera: hoy por hoy, el contradecirse y el faltar a la palabra dada, lejos de considerarse como ignominiosas vergüenzas que justificarían, más que de sobra, la dación de un paso atrás en la llevanza de las responsabilidades públicas, han pasado a transformarse, sin embargo, en un arte meritorio y válido que, ajeno a toda moral y a toda culpa, se orina sobre el cadáver del interés público y no sirve más que a la conveniencia propia, ni siquiera partidista, del político de turno.

Lejos, así, de todo sonrojo, el desdecirse, una y otra vez, emerge, pues, no ya como una artimaña indecorosa que cuestione la confianza del que incumple lo dicho, sino como plausible prueba de flexibilidad mental y justa adaptabilidad a las cambiantes corrientes de la política moderna. Y si usted prometió bajar los impuestos y ahora los está subiendo, no hay problema: simplemente está ajustando la dirección del viento fiscal. Y si usted juró y perjuró que no formaría coalición con tal o cual partido y ahora se tutean a lo compadre, tampoco se preocupe: ello es fruto de la modulable dinámica que precisa la naturaleza del devenir parlamentario.

¡Ay de mi hemeroteca!, ¡ay! ¡Ésa que antaño fuera fiel recordatorio, espejo y custodia inmutable de tanta palabra dada y que ahora yace, quizá sin nombre, a los pies de la irreverente danza de la política y el confeti de las incoherencias!

¿Qué pudo ser del rubor, de la vergüenza, de la sana honestidad que, ante a los ojos de todos, aflora frente al absurdo de la contradicción o los errores propios?

Y es que asistimos no más que al deporte extremo de la desafección y del oportunismo político del momento, del agarrarse con cadenas a la paga vitalicia del escaño, mientras se agotan las existencias mundiales de cemento armado para conformar jetas y más jetas impermeables a todo bochorno: jetas capaces de vender madres a cambio de un guiño. A fin de cuentas, donde dije “digo”, digo Diego, y mañana Dios dirá. Y el que venga detrás, que arree.

Es por ello que, ante este panorama, el ciudadano, desolado, no tiene mucha más opción en el campo de lo lícito que la de resignarse mientras se hace testigo rutinario de cuadros de contradicción pública que, si bien en tiempos mejores hubieran significado un suicidio profesional, hoy por hoy, como digo, sobreviven sin reparo y, sobre todo, sin consecuencias políticas.

Pero es que al final, señoras y señores, permítanme que insista, la trama que les narro, y esto es lo más triste, tampoco tiene consecuencias en las urnas. ¿Qué queremos, entonces, si esta España vapuleada no es más que un vergonzante pueblo de bandos, que no de ideas? Porque así somos: una ciudadanía, la nuestra, que criticará y cuestionará todo salvo su equipo de fútbol y el voto de los propios, y que se arrancará los ojos con un tenedor oxidado antes de confiarle su papeleta al vecino, aunque los suyos mientan, se desdigan o les dé por cocinar bebés en calderos de agua hirviendo.

¿Quién necesita, entonces, me parto el pecho de risa, un imperturbable testigo del pasado, como es la hemeroteca, para juzgar la integridad política, cuando nos dejamos endiñar, doblada y por detrás, la intolerable arremetida de que las cosas y las opiniones pueden cambiar a conveniencia y, por ende, las promesas son válidas hasta que dejan de serlo? “Y venga más”, que diría Torrente.

Porque así nos va, qué quieren que les diga, y así nos viene: viviendo y sobreviviendo, con la que está cayendo y la que estará por caer, mientras los ecos de un hemiciclo de fanfarrias de quita y pon no hace más que ondear la bandera de lo mutable entre consignas y giros retóricos, cantos a la volatilidad y sinvergüenzas de lomo ancho.

De lo de dimitir por responsabilidad política, ya hablamos otro día, si les parece, porque hoy, lo que se dice hoy, me da la risa.