Opinión | Viento fresco

Redactor jefe y articulista
Napoleones

Napoleones / La Opinión
No he visto aún Napoleón, la película de Ridley Scott. Todo el mundo ha visto Napoleón, todo el mundo te pregunta si la has visto, ¿has visto Napoleón?, todo el mundo opina pero aquí estoy yo, desnapoleonizado, sin criterio sobre un asunto candente, siendo sin embargo un columnista que pretende estar al cabo de la calle. Y de las salas de cine. Carlos Boyero afirma que la película le agota y Manuel Vilas la tilda de tostón. Napoleón lo invade todo. Mis amigos dicen que se centra demasiado en Josefina y que es retratada como ligerita de cascos, lo cual es una expresión de señoro y en desuso y algo machista, así que me arriesgo a ser reconvenido no solo por no haber visto Napoléon, sino por decir determinadas cosas.
Temo quedarme fuera de onda pero más temo lo que vale ya la entrada al cine, precio al que hay que sumar las indispensables palomitas. Una variante de la intolerancia es que te moleste el ruido que hacen los demás en el cine mientras tú no paras de masticar el maíz frito a dos carrillos. A estas alturas, si no has visto Napoleón es como si estuvieras exiliado en la isla de Elba.
Un tipo de demencia era creerse Napoleón, o eso veíamos en algún cómic. Creerse Napoleón e ir a ver este film debe ser algo desasosegante. No digamos nada de la crisis de identidad a que puedes ser inducido.
Hay napoleones (usted conoce a más de uno) que no se creen Napoleón, pero sí superiores, sagaces, aguerridos, estrategas, líderes, mesías y muchas cosas más pero ignoran que la vida (Josefina) es más lista que ellos y que su evidente posición mediocre contradice sus ínfulas. A la espera de su Waterloo vital, no invaden otra cosa que tu espacio personal. El napoleonismo está a la orden del día. O mejor dicho, los napoleones creen que estamos a sus órdenes.
Hay que ir a ver Napoleón como un empecinado y antes del dos de mayo. Ignoro si sale José Bonaparte dándole a la botella o si eso era una leyenda negra (o más bien parduzca como el coñac) propagada por los españoles que ahora pagan en masa por ir a ver esta película de Ridley Scott, que más que Napoleón es Dios. Con permiso de Billy Wilder.
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