Opinión | Parece una tontería

Cambio de planes

En 'La soldada' (Periférica), Paulina Tuchschneider nos da cuenta de hasta qué punto un cambio de planes puede destrozar la vida de una persona

Paulina Tuchschneider narra en 'La soldada' su traumático paso por el ejército israelí

Paulina Tuchschneider narra en 'La soldada' su traumático paso por el ejército israelí

Entre el millón de cosas desagradables con las que hay que lidiar, se encuentra el cambio de planes inesperado. Estás enfrascado en algo que capta tu interés, y de repente se cruza un asunto no previsto, y tienes que dedicarle toda tu atención, con el máximo desaliento. Cambiar la atención de lugar es una circunstancia en la que merece la pena ahogarse, qué duda cabe. Si no te parece que la vida es horrible cuando te obliga a cambiar tus planes, cuándo te lo va a parecer, ¿cuando tú o alguien sufre una desdicha terrible? Eso es un triste reduccionismo. Tiene que haber muchas cosas por las que de improviso sientas que eres un desgraciado. Y el cambio de planes desagradable, impensado, es una. No lo minusvaloremos.

Pensé en ello al empezar a leer La soldada (Periférica), de Paulina Tuchschneider, una escritora y montadora de vídeo nacida en Varsovia en 1987, que a los dos años emigró a Tel Aviv. La protagonista es una joven que llega feliz a la adolescencia, pero un día sus niveles de azúcar caen en picado, y a partir de entonces deja de ser optimista, vital, capaz de «mirarse al espejo con asombro y vanidad», y se vuelve antipática, sufre cuando sale de casa, y muy a menudo lo único que consigue hacer sin esfuerzo es llorar. Pero no fue esto lo que me hizo pensar en los cambios de planes bruscos e insoportables que vienen a hacernos la vida más fea, aunque a lo mejor ya lo fuese; pero de repente, mucho más.

La protagonista de Tuchschneider sobrelleva esta existencia afligida como puede cuando un día recibe la notificación de su reclutamiento. Ha de incorporarse al Ejército de Israel para cumplir el servicio militar, que en su país es obligatorio para hombres y mujeres. Pasa los meses previos a su incorporación entregada al llanto, escuchando discos de shock rock y apretándose los granos de la cara. «Fueron meses felices», dice con ironía, en los que se imagina cómo será acatar órdenes y se grita cosas como «¡A comer!» o «¡Ahora, a ver la tele!». Pero al fin llega la fatal fecha, y se ve obligada a cambiar su estilo de vida de un día para el otro, y el ejército arrasa con todo. En 100 páginas (brevísima y tremenda novela), la escritora nos da cuenta de hasta qué punto un cambio de planes puede destrozar la vida de una persona.

Pero pensemos en pequeño, en los cambios que te destrozan solo una semana. Ni siquiera eso, porque una semana, en el fondo, es algo colosal, con lo que a menudo no podemos. Bastante terrible puede ser una sorpresa que hace variar el rumbo de una tarde. Estás a punto de salir a cenar y alguien se cae por las escaleras y entra en quirófano, y es la madre del amigo con el que tenías mesa reservada. O no ibas a salir a cenar, en realidad, sino a quedarte en el sofá (planazo) y te escribe un matrimonio que está de fin de semana en la ciudad, después de dos años sin veros, reclamando tu presencia. Cada uno de estos cambios será para ti mucho más penoso que ser llamado a filas por el Ejército de Israel y acabar en guerra con el Líbano. Eso seguro.