Memorias de Málaga

El hábito sí que hace al monje

En la España franquista dos de los críticos de cine más formados eran sacerdotes jesuitas

15.11.2015 | 00:46
El hábito sí que hace al monje

Uno de ellos usó una curiosísima estratagema para tratar de ir al circo

La frase o refrán «El hábito no hace al monje» está en desuso porque los sacerdotes no usan el traje talar como antaño, cuando los sacerdotes usaban permanentemente la sotana, prenda que ahora reservan para determinados ritos y ceremonias. Los sacerdotes de hoy, salvo algunos de congregaciones religiosas muy concretas –los monjes en sus conventos, abadías y cenobios– la única señal de identidad, y no siempre, es el alzacuello. Se han incorporado a la vida ciudadana como un elemento más de la sociedad. Los sacerdotes cristianos, los no católicos, desde mucho tiempo atrás se adelantaron a la moda actual. Vestían de oscuro, chaqueta y pantalón, y el alzacuello los identificaba como religiosos.

La reglas de no hace demasiados años eran muy estrictas, y todo el clero las respetaba. Ver a un sacerdote en un café o cafetería era algo inusual, y no digamos en un cine o teatro. Las apariciones del padre Venancio Marcos en algunas películas llegó a escandalizar a los católicos más reaccionarios. El padre Marcos fue asesor religioso en varias películas españolas, e incluso llegó a actuar como actor en alguna de ellas.

No recuerdo el título de una película en la que el discutido sacerdote casaba a la pareja protagonista, utilizando las palabras que en tal ceremonia pronuncian los curas en las iglesias. La actriz que asumía el papel de novia, antes de proceder a la filmación, quiso cerciorarse de que era de mentirijillas la escena, vamos que aunque fuera cura de verdad el que impartía el sacramento, la boda no se celebraba.
Yo recuerdo que el padre Marcos acudió al estreno de una de sus películas en el cine Albéniz de Málaga y a la finalización firmó autógrafos junto con los protagonistas de la cinta. Eso sí, don Venancio Marcos vestía como los curas de la época, o sea, con sotana.

Dos buenos críticos de cine muy especiales

Los aficionados al cine, de los que además de ver películas, leen revistas dedicadas al séptimo arte, leen libros, siguen las incidencias de los festivales y certámenes que se celebran en el mundo, se interesan por las biografías de directores, guionistas y actores, sin duda son conocedores Carlos María Staehlin y Manuel Alcalá, dos críticos de cine y autores de libros dedicados al Séptimo Arte. Staehlin, concretamente, escribió varios libros, entre ellos uno dedicado a la película El séptimo sello, filme que hizo famoso al director sueco Ingmar Bergman.

Con respecto a Manuel Alcalá eran interesantísimas sus crónicas de los festivales de Cannes, Berlín, Venecia... y asiduo a las Semanas de Cine de Autor de Benalmádena. No faltaba ningún año. En la colección de libros Cine para leer, de Ediciones Mensajeros, desde 1972 hasta 2005 que yo sepa, publicaba cada año una sucinta reseña titulada «Un año de cine en el mundo», un valiosísimo trabajo para informarse del cine que se hacía en el mundo cada año.

A los dos estupendos escritores cinematográficos tuve ocasión de entrevistarlos; a Manuel Alcalá, casi todos los años, en cada edición de la Semana de Cine de Autor de Benalmádena. A Carlos María Staehlin cuando se desplazó a Málaga para participar en las Primeras Jornadas Cinematográficas de la Costa del Sol en 1963, celebradas en el desaparecido Teatro ARA. Presentó la película Nosotros, los niños prodigio y pronunció la última conferencia de las Jornadas.

Si traigo estos dos nombres a colación es porque ¡los dos! eran sacerdotes, jesuitas por más señas.

Para las gentes de aquellos años constituyó una sorpresa, y para algunos casi un escándalo, que dos jesuitas acudieran a los festivales de cine, escribieran sobre las películas no religiosas, de las clasificadas por la censura de la Iglesia como 3 R o que no se estrenaban en España por la rigidez de los censores.
La tolerancia de los jesuitas se fue desvaneciendo poco a poco porque en 1939 y 1940, cuando yo era alumno del Colegio del Palo, regido por la Compañía de Jesús, y los domingos por la mañana nos llevaban al cine Imperial, que estaba frente al centro escolar, para ver películas del Oeste, uno de los curas, cuando llegaba la escena final en la que el cowboy daba un beso a la rubia, colocaba en la ventanilla de la cabina de proyección un cartón para que no viéramos la pecaminosa escena. A veces llegaba tarde con el cartoncito y los niños veíamos el beso que Tom Mix o Buck Jones le daba a la rubia, porque la estrella era siempre rubia y el caballo del cow-boy, blanco.

Libros de cine

La primera sorpresa que experimenté en el tema que hoy abordo me la llevé hace muchos años, cuando yo llevaba poco tiempo ejerciendo la crítica cinematográfica en Radio Nacional de España. Me vino de la mano de Alfonso Canales, con el que tenía amistad y hablábamos de cine con cierta frecuencia. Todos los viernes me preguntaba qué película, de las que había en cartel, le recomendaba. Casi siempre acertaba en los gustos del exquisito escritor y poeta.

Pues bien, Canales me dijo que iba a pasar el verano en Málaga un sacerdote de la congregación de los Paúles, y que quería aprovechar las horas de asueto para leer libros relacionados con la historia del cine, de las técnicas de rodaje, producción€ Al parecer era un gran aficionado y quería aprovechar el tiempo para aprender y estudiar cine. Total, que le había dicho al cura que yo podría ayudarle.     

Resumiendo: el sacerdote paúl y el autor de este reportaje nos vimos en la cafetería Puerto Rico sita en lo que entonces era plaza de Queipo de Llano y le presté tres o cuatro libros de mi biblioteca, ejemplares que me devolvió antes de regresar a Madrid.

Un cura vestido de cura tomando café en la terraza de la cafetería Puerto Rico no pasó desapercibida por los paseantes y clientes del establecimiento. No era corriente ver a cura en una cafetería.

Deseo incumplido

Finalizo el reportaje de hoy contando una historia que no sé con que adjetivo calificarla. Dejo al lector que la juzgue.

Sucedió un verano de los años cincuenta. Era obispo de Málaga don Ángel Herrera Oria.

Un sacerdote de la diócesis tenía, al parecer, un deseo difícil de cumplir en aquella época de rigidez y disciplina en el clero malacitano. Era un deseo tan inocente como limpio: acudir a un circo. Como clérigo, vistiendo sotana, era un riesgo. No era costumbre, o estaría mal visto, que fuera a un circo a ver a los payasos, los equilibristas, los domadores, las trapecistas con escasa ropa porque la atracción lo exige€      

El buen hombre no tuvo mejor idea que ¡vestirse de mujer! para no ser reconocido. La idea la transformó en realidad€ y vestido de mujer se fue a la plaza Queipo de Llano, donde habitualmente se instalaban los circos porque los tres solares resultantes de la unión del Parque y la Alameda estaban todavía sin ocupar. Concretamente los solares donde años después se instalaron el Banco Zaragozano, la Caja de Ahorros de Ronda y la Diputación Provincial, reservando los bajos a la Caja de Ahorros Provincial.

La irrupción en la cola para comprar la entrada de un extraño personaje (a las claras aquel tipo estrafalario no era un mujer) suscitó comentarios un tanto hirientes, risas, bromas€ hasta el punto de llamar la atención de una pareja de la Policía Armada que entre sus obligaciones figuraba mantener el orden público en lugares concurridos. Se acercó al grupo en el que se encontraba el extraño personaje que estaba suscitando murmullos y risas.

Ante el choteo de la gente, la pareja decidió llevarse a Comisaría al estrafalario personaje. Ya en Comisaría, el hombre se identificó. Dijo la verdad. Era sacerdote. Acongojado relató el porqué de su disfraz. Los policías que lo interrogaron no se creyeron la versión. Que fuera cura y que se hubiera disfrazado de mujer no tenía sentido. Para salir de dudas –eran más de la diez de la noche–, llamaron al Obispado€ y ahí terminó la historia de «un deseo incumplido».

Hoy, en 2015, una historia como la que acabar de recordar es imposible que se repita.

De ahí el titulo del reportaje de hoy: «El hábito no hace al monje».

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