Al azar

El elefante es más popular que el Rey

 05:00  

MATÍAS VALLÉS Señale cuál de los siguiente apartados motiva su indignación en la noticia del siglo de este mes. A) El rey está de vacaciones mientras España se hunde. B) El rey oculta a los ciudadanos que está en un país impronunciable. C) El rey se divierte a todo tren mientras los ciudadanos se aprietan el cinturón. D) El rey se presenta en África como un monarca colonial al estilo de Leopoldo de Bélgica. E) El rey desprecia la sanidad de Botsuana y se salta las listas de espera quirúrgicas españolas. F) El rey participa en un safari. G) El rey es el único español de 74 años que a las cinco de la madrugada todavía no se ha acostado. H) El rey mata elefantes. I) Todo lo anterior.

Si ha señalado I), pertenece usted a la polvareda de internet, porque la hostilidad en la red casi explica que el Jefe del Estado y su esposa no sólo se hubieran alejado el uno del otro hasta donde la esfericidad del planeta lo autoriza, sino que prefieran habitar fuera de España. Sin embargo, el detonante del escándalo en curso es H) El rey mata elefantes. Este sencillo enunciado, que ni siquiera rebasa los límites del reino mamífero, ha disparado el interruptor que separa lo justificable –placer, canas al aire– de lo inaceptable. Un elefante anónimo es más popular que un rey con mil años de genealogía. Así se salda el combate entre los mayores animales terrestres.

«El rey mata elefantes» es un enunciado mortal para ambas partes. La Corona es la única institución más protegida por la opinión publicada que por la opinión pública. Bajo esta guía, los ciudadanos aceptaban dócilmente la invulnerabilidad del monarca, pero es imposible enrolarse en el último viaje y viraje del rey. De ahí que sus defensores a ultranza se hayan replegado en la omisión de los proboscidios de la ecuación del escándalo. O todavía más torpemente, en una defensa retorcida de las ventajas ecológicas de la caza a los paquidermos. Están a punto de proponer que el patriotismo se mide por el número de elefantes que se ha cobrado un español, a 20 mil euros el colmillo.

Si una encuesta hubiera planteado hace unas semanas cuántas personas desearían que los matadores de elefantes se partieran un hueso en el empeño, el resultado hubiera sido abrumador en pro de la lesión traumatológica. La fractura de cadera del rey ha salvado aunque sólo sea temporalmente la vida del animal que pretendía matar. Además, el monarca se siente ahora mismo como si le hubiera pasado una manada de elefantes por encima, y eso que le habrán privado prudentemente de la lectura de los comentarios de internet. Los gurús de las relaciones públicas, que serán convocados a toda prisa a La Zarzuela, no deben concentrarse en restaurar el carisma oxidado de la monarquía, sino en difundir un recuento de atrocidades a cargo de los elefantes, para nivelar el conflicto.

La rehabilitación de la imagen patriarcal del rey se ve dificultada, porque la actividad de cazador de elefantes no sólo traduce una virilidad desorientada, sino que aplasta a cualquier otro hobby. La propuesta «me voy a cazar conejos» se recibe con un leve encogimiento de hombros, una curiosidad no exenta de simpatía. Es fácil convencerse de que las liebres pasan a mejor vida tras el cartuchazo. Sin embargo, la estupefacción inundaría a quien oyera decir a su ser más querido que se marcha a matar elefantes. La relación se tambalearía, como se quería demostrar y se está demostrando.

El anunciado rescate de España deberá comenzar por su rey. Otra traba adicional es la desigualdad manifiesta del duelo cinegético. Hasta la fecha, el número de elefantes abatidos por jefes de Estado supera ampliamente a la relación de jefes de Estado heridos por paquidermos. Juan Carlos de Borbón no puede refugiar su aventura en la búsqueda desesperada de una oportunidad para el coraje. Se sabe que los tiempos de paz no dan héroes, y que cuesta orientarse profesionalmente después de haber salvado a un país de un golpe militar. Sin embargo, el monarca y sus enmudecidos compañeros de festejo eligieron el animal equivocado, para disipar las ansiedades ligadas al envejecimiento en condiciones de opulencia.

Sólo Bill Clinton había eclipsado hasta la fecha al Rey en un mano a mano, ahora hay que anotarle la derrota ante un elefante desconocido. Los países envejecen con sus reyes, todas las alabanzas a Messi no obrarán el prodigio de que continúe con sus diabluras así que pasen 25 años. Juan Carlos de Borbón tiene derecho a evadirse, y todavía no hay leyes contra quienes matan elefantes pagando. Ahora bien, los mismos asesores que no han sabido impedir un viaje descabellado, deberían recordarle que la monarquía, al igual que cualquier otra invención humana en la era del consumo, sólo perdurará si es útil. Como un fármaco, como un electrodoméstico.

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