El contrapunto

Félix Bayón y el bolígrafo tunecino

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RAFAEL DE LA FUENTE Me acabo de dar cuenta. El bolígrafo que estaba utilizando para las notas preliminares de este artículo es un souvenir de Túnez. Lo había comprado en una calle de Sidi Bou Said, cerca de la casa donde Klee descubrió una nueva dimensión de la luz. Un par de meses antes de que un joven tunecino sin trabajo se inmolara, arrastrando consigo aquella cleptocracia, cuyo líder presumía sonriente desde cientos de carteles de tener un excelente sastre y un mejor camisero.

Es curioso. Si hay algo que los países ribereños del Mediterráneo han compartido – aparte de las tres grandes religiones monoteístas, culturas deslumbrantes, el buen clima y los buenos guisos – son las cleptocracias. Con las lógicas y doblemente meritorias excepciones. El poder de los consagrados al latrocinio. O el latrocinio de los consagrados al poder. En realidad igual da.

El 15 de abril del 2006 nos dejó Félix Bayón. Fue aquí en Marbella. En su Marbella. Aquella que él hubiera querido ver y sentir como una inocente Dinamarca con buganvillas. En aquel año el domingo de Resurrección cayó en el 16 de abril. Estaba escrito que nuestro Félix, convecino y maestro, no estaría con nosotros ese día. Falleció al caer la tarde del Sábado Santo. Nadie lo esperaba. Y él tampoco.

El lunes de Pascua de aquel año, dos días después, se celebró a las doce en la iglesia de la Encarnación de Marbella una misa para decir adiós a Félix en su último viaje. Estábamos sus amigos junto a su viuda, Sagrario, y su hijo Pablo. La Encarnación acogía a los de aquí y a todos aquellos que habían llegado milagrosamente a tiempo desde los lugares más insospechados. La Encarnación se nos había quedado pequeña. Eramos muchos los que nos sentíamos parte de la gran familia de Félix Bayón.

En España nadie fue en aquella lucha más duro, más honesto, más valiente, más brillante que él. Los cleptócratas, sus servidores y los cómplices lo saben. Y sus palabras y su visión fueron proféticas. Sentimos hoy un escalofrío al leer estas líneas, escritas hace una década: «Durante años la Junta de Andalucía se negó a denunciar a Gil por delito urbanístico, excusando un no sé qué de cortesía entre instituciones... Es ingenuo pensar que la inhabilitación de Gil y las condenas que sin duda le van a llover restablecen sus atropellos. Ya son irreparables. Durante años, Gil ha hecho lo que quería gracias a la corrupción o la desidia de los que podían y debían controlarle. Ya no vale lamentarse.»

Continúo citando al maestro Bayón: «Lo peor de Gil es la herencia que deja. Pero no sólo en Marbella. En los once años transcurridos desde su primera victoria electoral, España –y especialmente Andalucía– han ido contagiándose de su imagen y semejanza... Es imposible huir del gilismo. Aunque le lluevan las condenas, Gil ha terminado imponiéndose. Ha ganado. Hay que reconocerlo».

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