Las siete esquinas

La barbacoa

03.08.2015 | 05:00

Hace tres años, cuando estuve viviendo en una pequeña ciudad de Pensilvania, la primera noticia que leí nada más llegar fue la detención del recaudador de impuestos del condado. El hombre le había comprado una gran cantidad de marihuana a un policía camuflado, y eso era un delito muy grave en la puritana América, y más si se trata de un cargo público. Al poco tiempo se descubrió que el recaudador, que apenas llevaba varias semanas en el cargo, también había hecho desaparecer unos 20.000 dólares en dinero del contribuyente. En Estados Unidos, sobre todo a escala local, todavía perdura la vieja democracia de raíz jeffersoniana que se funda en la confianza mutua entre administrador y administrado, así que los impuestos locales no se cobran a través de un organismo estatal, sino que se envían directamente al recaudador de impuestos, en muchos casos a través de un cheque al portador.

Nuestro recaudador de impuestos era un tipo muy joven, de ventipocos años, negro (en una comunidad donde había relativamente pocos afroamericanos) y que militaba en el ala más radical del Partido Demócrata. Cuando fue elegido, el periódico local habló elogiosamente del «soplo de aire fresco» que suponía la elección de aquel hombre, a pesar de que sus credenciales eran más bien escasas. El tipo había estudiado uno o dos cursos en el college donde yo daba clases, pero nunca se presentó a los exámenes ni terminó nada de lo que había iniciado. Como no tenía oficio conocido ni experiencia de ninguna clase, lo único que se sabía de él es que era muy simpático, hablaba muy bien, llevaba pendientes de oro en las dos orejas y siempre sonreía, fuese cual fuese la situación (de hecho, cuando lo detuvieron, el hombre seguía sonriendo mientras caminaba esposado entre dos policías: se conoce que había visto la cámara y no había podido evitar el reflejo condicionado de sonreír donde fuese y cuando fuese). Mis amigos profesores estaban indignados por la detención de aquel hombre: muchos le habían pagado sus impuestos con un cheque al portador, y el hecho de la confianza traicionada les parecía mucho más grave que el desfalco cometido con el dinero público. No sé qué habrá sido de aquel fugaz recaudador de impuestos, aunque imagino que seguirá en la tétrica cárcel del condado de Cumberland, un feo edificio con forma de castillo medieval, con almenas y aspilleras, construido con piedra rojiza y que se levantaba frente a la oficina del sheriff, no muy lejos del lugar donde había acampado un escuadrón de la caballería confederada durante la Guerra de Secesión (aquel fue el lugar más al norte al que llegaron jamás los confederados). En las novelas de Faulkner siempre aparece un viejo sureño que sueña con lo que podría haber pasado si los confederados, en vez de retroceder cuando llegaron a aquel sitio, hubieran continuado su avance imparable hacia el norte.

Cuento esto porque la reacción de muchos de nosotros ante los casos de corrupción se parece mucho a la de los electores del condado de Cumberland cuando se enteraron de las trapisondas de su joven y simpático recaudador de impuestos. Y lo que molesta y duele de verdad, mucho más que el dinero público que se ha hecho desaparecer, es la sensación de confianza traicionada y de burla cruel hacia los electores. Y es que, por muy escarmentados que estemos, todos nosotros votamos, aunque sea en blanco, con la esperanza de que esta vez –y repito lo de «esta vez»– las cosas sean distintas y los nuevos gobernantes se comporten con un mínimo de dignidad y de decencia. No aspiramos a mucho más, porque la experiencia nos ha demostrado que sólo podemos aspirar a unos mínimos requisitos elementales: que no haya amiguismo en la concesión de cargos públicos (o que al menos se mantenga en unos límites tolerables) y que los gobernantes no nos tomen el pelo de una forma hiriente o descaradamente humillante. Y si encima esos nuevos gobernantes administran el dinero público con un mínimo de sensatez, ya nos damos por más que satisfechos. Con eso nos basta.

Pero eso que parece tan simple no lo es en absoluto. En España –y en toda Europa– no existe el viejo candor jeffersoniano que todavía perdura en América y que permite enviar un cheque al portador al recaudador de impuestos. Aquí somos muy desconfiados con nuestros representantes públicos y hemos creado unas instituciones que garanticen la limpieza de las decisiones administrativas. Pero eso tampoco nos ha servido de mucho. Todos los días vemos cómo los gobernantes manipulan a su antojo a los cargos públicos, o bien manejan los hilos de forma descarada para que ellos sean los beneficiados en vez de los ciudadanos. Son Espases es la prueba. Y de momento, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, sólo hemos visto a uno de los responsables caminando esposado por su participación en los hechos. Y cosa curiosa, el hombre también sonreía frente a las cámaras, como si no tuviera nada que ver en lo que había hecho, o peor aún, como si ni siquiera fuera consciente de que había hecho algo que no estaba permitido. Y en cierta forma era así: para él y para los demás participantes en la trama, lo que hicieron no fue nada grave ni delictivo, sino algo muy normal –algo que todo el mundo haría si estuviera en su lugar–, como si fuese una alegre barbacoa veraniega en una de estas largas tardes de julio.

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