Con otra cara

No controles

13.09.2015 | 05:00

Entre el drama de los refugiados sirios, las salidas de tiesto de Piqué y las agonías de la selección de baloncesto, ha pasado medio desapercibido un estudio del centro Reina Sofía sobre adolescencia y juventud que revela que las prácticas machistas y los estereotipos sobre hombres y mujeres siguen presentes entre los jóvenes hasta el punto de que 6 de cada 10 adolescentes españoles revisan el móvil de su pareja y controlan con quién o dónde puede ir el otro o la otra. No es un tema menor que un 60% de los jóvenes, nada menos, se vean con derecho a controlar las amistades, la ropa o las conversaciones privadas del novio y, sobre todo, de la novia, porque este control posesivo es ejercido mayoritariamente por los chicos sobre las chicas, que al parecer seguimos idiotizadas aguantando las broncas de un descerebrado por llevar escote o sonreír al camarero. Pese a las campañas de concienciación y la cada día menor tolerancia de la sociedad hacia los malos tratos, el control, germen de la violencia de género, sigue asumiéndose como algo normal entre los jóvenes que ven muestras de amor en los celos, los chantajes y la intimidación, tan arraigados en la sociedad como las garrapatas y bastante más dañinos, hasta el punto de que en el mismo estudio se refleja que el 80% de los jóvenes de entre 14 y 19 años ha conocido o conoce algún acto de violencia cometido por chicas y, sobre todo, por chicos, hacia sus parejas. El problema es que estos mismos jóvenes que confiesan revisar el móvil de su novia defienden la libertad y la igualdad como valores fundamentales y no creen que prohibirle que salga de marcha con sus amigas sea vulnerar esos derechos, e incluso se escandalizan si les dices que por ahí empieza el maltrato. ¿Dónde está el límite entre la atención y el abuso? Es tan sencillo como asumir que la otra persona es libre de ponerse un cinturón por falda o de quedar con la exnovia a tomar un café. Pues bien, los que ya tenemos cierta edad vamos viendo a las nuevas generaciones caer en los mismos errores en que caímos nosotros y asumiendo estereotipos y prejuicios que ya deberían tener desterrados tas el bombardeo al que los sometemos a favor de la equidad y el respeto. Lo malo es que luego, muchos de estos chavales llegan a casa y ven a su madre planchando y a su padre en el sofá, salen hasta que amanece mientras a su hermana le obligan a volver a casa a las tres, u oyen a sus compañeros hablar de la zorra que se ha acostado con media clase, y todas las campañas de igualdad y de respeto se difuminan como la lista de los Austrias de la última clase de historia.

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