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La prensa escrita aún no ha dicho su última palabra

07.12.2015 | 05:00

Alguien dijo que la prensa es la artillería de la libertad. Y su principal munición sigue siendo de papel. A pesar de la crisis feroz de los últimos años y de la lógica evolución de los hábitos lectores, el imparable avance digital no ha logrado desbancar a la prensa escrita de su posición dominante como la fuente principal de informaciones que alimentan al resto de los medios y que condicionan la agenda de prioridades políticas, sociales, culturales o económicas. Si, como decía el dramaturgo Arthur Miller, «un buen periódico es una nación hablándose a sí misma», ese diálogo fecundo y necesario sigue fraguándose en las páginas de aquellos buenos diarios en los que se trabaja con criterios de rigor, independencia y honestidad. Respetando el oficio, respetando al lector.

Hay 17 millones de lectores de prensa diaria, lo que significa que un 43,3% del total de la población adulta española está interesada en seguir el vertiginoso ritmo de la actualidad. De ese conjunto de lectores, el 50,2 por ciento elige la prensa impresa frente al 31,3 por ciento que solo recurre a la digital. A ambos habría que sumar un 18,5 por ciento de lectores mixtos que busca información en ambos soportes. Es decir, que pese a la que está cayendo, una mayoría sólida de españoles sigue prefiriendo el poso y el reposo de la palabra escrita frente la urgencia y celeridad de las pantallas, en muchos casos atrapadas por las exigencias voraces del contador de visitas.

Hay un dato especialmente significativo basado en el tiempo de lectura. Un consumidor de noticias en internet dedica al mes una media de 91 minutos a sus consultas. Subrayamos: al mes. Imposible que en ese tiempo se pueda acceder a reportajes, análisis en profundidad, entrevistas jugosas. Por el contrario, el lector de papel dedica 37,7 minutos de lectura por cada ejemplar impreso. Ni qué decir tiene que esa diferente manera de informarse influye en la credibilidad y en la capacidad de los medios para ser una referencia para los consumidores.

Hay expertos que sostienen que el periodismo impreso no es solo un contenido sino una experiencia de usuario. Recurriendo al tópico, es más fácil que un lector cambie de pareja a que cambie de periódico. Esa confianza, esa relación estrecha casi familiar, influye luego en la captación de publicidad. Los anunciantes tradicionales siguen siendo fieles a la prensa escrita porque ven en ella unas ventajas que se dan menos en la digital, donde, además, aún no se ha resuelto el problema de la publicidad invasiva que, a diferencia de la que aparece en papel, influye en la lectura.

Esa condición del papel como soporte duradero y permanente que otorga un plus de prestigio, notoriedad o solidez se extiende también a cuestiones más mundanas: salir en una foto del periódico viste más que aparecer en una pantalla, de la misma manera que, en un mundo digital saturado de opiniones (blogs, redes sociales, webs de todo tipo y condición), las tribunas de papel se cotizan más y tienen más influencia. El equivalente está claro: ahora todo el mundo puede publicar su libro en internet, gratis total y sin demasiados esfuerzos, pero lo que quieren todos los autores es que su obra se haga realidad en papel, y no sólo porque es un soporte físico, un objeto que puede ser bello en sí mismo a la par que práctico, sino porque antes ha habido el filtro de una editorial que ha elegido ese libro entre miles, de la misma forma que en un diario de papel hay una selección previa no solo de las informaciones sino también de las opiniones: el lector de un periódico sabe, entre otras cosas, que en las columnas no va a encontrar exabruptos, calumnias anónimas, ataques personales despiadados. Volvemos a la experiencia de usuario: confianza, respeto y exigencia.

Las encuestas sitúan la edad media del lector de prensa escrita en los 50 años y en 37 la de quien prefiere la experiencia digital. El lector mixto se queda en los 43 años. En cualquiera de los tres casos hablamos de lectores de edad madura, sobre todo en el caso del papel, algo normal en un país maltrecho donde los jóvenes retrasan cada vez más su incorporación al mundo del trabajo y que no tienen siempre la holgura económica para un gasto diario.

Aunque el paisaje informativo aún le sea favorable a la prensa escrita, es evidente que los tiempos mandan y que la propuesta digital crecerá al ritmo que marquen sus usuarios. El reto y la responsabilidad de las empresas periodísticas y de los periodistas son apasionantes: mantener a flote el modelo de prensa escrita porque aún puede dar mucha guerra. Si el libro electrónico no ha desbancado al impreso, y el futuro será de convivencia, no de sustitución, en el mundo informativo aún reserva a la prensa escrita un doble papel protagonista: conservar intactas sus virtudes, ventajas y cualidades, e incorporarlas a sus prolongaciones digitales. No: la prensa escrita aún no ha dicho la última palabra.

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