Lo que hay que oír

¡Reinventemos la escuela!

28.03.2016 | 05:00

Así, casi como si fuera un grito, resume su pensamiento el ensayista e investigador Philippe Meirieu (1949), de quien se dice que es «el pedagogo al que más escuchan los gobernantes»€ si fuera verdad que los gobernantes escuchan. Tan sabio y controvertido caballero es quien hoy me escribe prácticamente el artículo, pues considero obligación ética seguir propagando tal cual sus ideas sobre algo que tanto nos debería atañer como es el futuro de nuestra escuela, es decir, el futuro de nuestra chavalería, es decir, el futuro de nosotros mismos. Sin escuela, somos lo que estamos llegando a ser: postureo y tontería, mujeraje y rascar donde no pica, ocuparse de lo accesorio olvidando lo urgente e importante. Los entrecomillados que vienen proceden de una entrevista que Meirieu concedió al diario parisino Le Monde cuando aún la mentecatez y el escapismo no saludaban desde la arena pública. Principios quieren las cosas: «Vivimos, por primera vez, en una sociedad en la que la inmensa mayoría de los niños que vienen al mundo son niños deseados. Antes, la familia ´hacía niños´. Hoy, es el niño el que hace a la familia. La sociedad de consumo pone a nuestra disposición infinidad de cachivaches que debemos comprar para satisfacer los caprichos de nuestra progenie. Una economía que hace de la pulsión por comprar la matriz del comportamiento sacude los cimientos tradicionales del sistema escolar». Comprar, pasar el finde en los centros comerciales para alimentar los caprichos del nuevo tirano, aceptar el chantaje emocional del pequeño dictador haciendo dejación de funciones quienes deberían educar, mamá y papá. Difícil, pues, cuando al malcriado en el consumo, en el esto veo, esto quiero, esto obtengo, lo intentan sosegar los maestros: «No me llama tanto la atención el nivel tan bajo del alumnado como la extraordinaria dificultad para contener una clase que parece una olla a presión». Del polvo de casa vienen los lodos de clase: «En general, los alumnos no son violentos ni agresivos, pero no paran un momento. El profesor tiene que malgastar su tiempo en el empeño de reconstruir un conjunto estructurado. A menudo, debe practicar una ´pedagogía de camarero´, corriendo de uno a otro alumno para repetir individualmente una consigna que ya ha dado al grupo, calmando a estos, poniendo a aquellos a trabajar. Se ve vampirizado por una continua demanda de interlocución individualizada, de bajar la tensión para obtener atención». Educados en las grandes tiendas a querer y a quererlo todo, repiten el modelo en el aula: «Los niños hoy quieren saber e incluso saberlo todo. Pero no quieren realmente aprender. Se olvida que todo aprendizaje es una historia». ¿Cuál sería el camino? Un gran frenazo, acabar con la histeria por lo inmediato: «La escuela, que era una institución, se ha convertido en un servicio más, regido por cálculos de interés a corto plazo. Debemos reinstitucionalizar la escuela, es decir, crear situaciones susceptibles de suscitar actitudes mentales de trabajo intelectual». Es imprescindible volver a enseñar que es más importante subir las escaleras que llegar sin más al primer piso, que el viaje del aprender es la aventura más fascinante y humana, mal que le pese al Poder: «Contra el saber inmediato y utilitario, contra la ´pedagogía bancaria´, hay que reconquistar el placer del acceso a la obra. La escuela no debe reducirse a adquirir una suma de competencias». ¿Qué hacer ? Lo que pide el grito del título: «Lo esencial es inventar una escuela que sea, de modo deliberado, un espacio de desaceleración, un lugar de aprendizaje del pensamiento y de la experiencia de un trabajo colectivo solidario». Pues todo esto lo dijo el señor Meirieu€ hace ya cinco años. Mientras tanto, aquí echamos el día aún en discutir sobre ocurrencias de chiste, sobre si el coronel debe estar aquí o allá, sobre si mi ático me lo merqué ahorrando tacita a tacita, sobre si pacto o mediopacto o me pongo la corbata. Y los niños creciendo y comprando.

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