La Mirilla

La bolsa es la vida

Los grandes clubes han optado por la política de hacerse con las promesas del fútbol mundial estén donde estén

18.11.2017 | 05:00

Ya he perdido la cuenta de los nombres de futbolistas de todos los colores y países que están «controlados» (que caiga el castigo eterno de los dioses del fútbol sobre aquellos que inventaron esta horrible expresión) por el Barça o por el Real Madrid. Futbolistas muy jóvenes, muy «prometedores» (que los dioses del fútbol tampoco perdonen a los que nos convencieron de que hablar así mola) y absolutamente desconocidos hasta que la mano del Barça o del Madrid, o del Manchester City o el Manchester United, o del Bayern de Múnich o el Paris Saint-Germain se posaron sobre sus botas de colores. Vamos a ver. En un equipo de fútbol juegan, como repiten los futbolistas cada vez que abren la boca, once jugadores. Once contra once. No once mil contra once mil, sino sólo once contra once.

La mayoría de esos jugadores «prometedores» que están «controlados» por la gigantesca maquinaria de ese grupo de clubes que gobierna el fútbol con mano de hierro (o de oro) se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, pero no antes de engrasar el sistema con sus fichajes, traspasos, comisiones, cesiones, presentaciones, porcentajes, intercambios, devoluciones y ventas con derecho a roce. Los grandes del fútbol ya no se dedican exclusivamente a jugar al fútbol, sino que son dueños de galerías de arte.

Y los clubes brasileños, africanos u holandeses en los que juegan futbolistas sobre los que posan sus miradas el Barça o el Madrid tienen la misma suerte que un artista que recibe en su estudio a un reputado coleccionista o un prestigioso galerista. Sostiene Zygmunt Bauman en su ensayo Vida líquida que aunque es muy difícil establecer una correlación entre las virtudes de una creación cultural y su nivel de celebridad, se podría decir que es el grado de celebridad de la marca el que saca al incipiente objeto de arte de la oscuridad.

Así, los objetos se trasforman en obras de arte de la noche a la mañana en cuanto son expuestos en una galería cuya entrada separa el arte bueno del arte malo y el arte de lo que no es arte.

El nombre de la galería contagia su gloria a los nombres de los artistas en ella expuestos. Como dice Naomi Klein, los más conocidos fabricantes actuales ya no fabrican productos de los que luego hacen publicidad, sino que compran productos y les ponen su propia marca. La marca y el logotipo no añaden valor, sino que son el valor. ¿Qué hacen los grandes equipos? Comportarse como lo que son: los dueños de las marcas que valen en el mundo del fútbol. Futbolistas como Goretzka, Lenglet, Kimmich o De Ligt son conocidos por el «gran público» (que los dioses del fútbol os confundan a todos) porque sus nombres están expuestos en las galerías de arte adecuadas. Y eso pasa de la noche a la mañana. Las «perlas» (¡Oh, dioses del fútbol! ¡Concedednos nuestra legítima venganza!) brasileñas Lincoln o Vinicius Júnior sobre las que posan sus miradas y sus carteras los coleccionistas de arte del Barça o del Madrid, como otras muchas «perlas» que esperan su oportunidad en recónditos clubes que se mueven en los callejones secundarios del fútbol, se convierten inmediatamente en estrellas no porque sepamos algo de ellas, más allá de un par de vídeos con jugadas espectaculares, sino porque forman parte de la bolsa de la compra en la que figura la marca del Barça, del Madrid o de cualquier otro grande.

Es la bolsa en la que se guarda a un futbolista lo que da vida, fama y recorrido al futbolista. La bolsa es la vida. Así en el arte como en el fútbol. Por los siglos de los siglos. Amén. O no.

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