Punto final

Sudar la camiseta

19.11.2017 | 05:00

Eso es lo que se dice cuando se entra en un campo de fútbol, es lo que el entrenador, el capitán, los compañeros arengan a troche y moche. Por supuesto que vamos a sudarla y a empaparla si hace falta. Pero, he aquí que saltó la liebre del maillot que debe llevar la selección española en el Mundial de Rusia 2018. La compañía creadora del mismo la envió con todo el cariño a la Real Federación Española de Fútbol, quien nos regaló algunas fotos, antes incluso de la presentación oficial de la misma.

Y es que el diablo está en los detalles, y en uno pequeño llegó el demonio, como es el bizarro dibujo situado a partir del hombro derecho y que, podrá gustar o no, lo que no es la cuestión, no parece tener el color que debía aparecer ahí, supuestamente de la bandera española, rojigualda, sino que aparece un vecino incómodo, que repele a algunos.

Sí, aparte del rojo y amarillo gualda, destaca otro zigzagueando que puede confundir al personal. Se dice que es azul, como lo comenta el fabricante, o morado, como parece que es, a determinada luz del día. Y es que yo mismo lo he visto de ambos colores, dependiendo de dónde y cómo se mira. Pero, ¡ay!, lo del color no es baladí sino que estamos casi ante una nueva contienda, como si no faltaran problemas en nuestro mundo.

Los declarados «republicanos» ven la inauguración de una nueva era en España y son, obviamente, los que detectan un morado claro y límpido que atesora la bandera de la República y que ondea en cualquier manifestación de determinados sectores políticos de izquierda, que la reivindican.

Pero, la bandera de la República era entonces de todos, derecha, izquierda o centro aunque algunos no parecen saberlo. Recuerdo que en mi primer año de Derecho, llevaba una pegatina con la tricolor en mi carpeta (hablamos del año 1978, y antes de votar la Constitución, por lo que podía ser peligroso). El día que comenzaban las clases, otro alumno me preguntó si era «rojo», a lo que le respondí que no, sino republicano, por afrancesado, lo que no dejaba de ser una pose.

Esto debió de dejarlo groggy unos segundos, hasta que le expliqué algo de Historia de España. No tuve ningún incidente más ese año pero me demostró que algo se debía hacer para evitar desconocimientos. Sin embargo, parece que no es el caso y que seguimos arriando una bandera, la republicana, que no es legal ahora mismo contra otra, la rojigualda, enseña oficial y por lo tanto a respetar como la de los españoles.

Dejé los años mozos de la política y me volví juancarlista el 23-F. Y el problema no es si se ve de un color u otro la nueva camiseta de España, sino el uso y abuso que se hace de ello. La política en el deporte o para utilizar el deporte no es algo nuevo y tanto la Alemania nazi, como la URSS o la República Democrática Alemana, sobre todo ésta última, hicieron de ello su bastión internacional, buscando reconocimiento con las victorias en los estadios. ¿Tenemos ya que discutir antes de empezar el Mundial? Deberíamos estar preparándonos para intentar ganarlo y, todos a una, saltar como cuando marcó Iniesta, el Iniesta de mi vida de Camacho y levantar de nuevo ese trofeo que tanto costó conseguir.

Pero, el instinto depredador del español y su gusto por la discusión, sea la que sea, no podrá pararnos y estoy seguro de que, ganemos o perdamos, la culpa o la gloria también será de ese morado o azul que sigue sin distinguirse dependiendo del dónde y cómo se le ve. Y no vendrán a decirme que la multinacional que la creó lo hizo con intención de convertirnos a todos en republicanos, aunque quizá sí podría haberlo hecho para que todos la compremos, con el fin de vigilar los cambios de color según le de la luz.

En serio, no hagamos elucubraciones ni perdamos el norte con esta paleta de colores y si levantemos la rojigualda, la única legal, cuando marquemos el gol que dé, ojalá, la victoria en la final rusa, tal y como sucedió aquella noche mágica en Sudáfrica, hace ahora siete años, contra la selección holandesa.

Y, ya metidos en salsa, leamos de nuevo la novela clave del esperpento valleinclanesco, «Tirano Banderas», donde el maestro nos ilustra de la inutilidad de algunas cosas, que se las lleva la Historia y de las que, al final, nada queda.

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