12 de mayo de 2018
12.05.2018
Porque hoy es sábado

Días de en blanco

12.05.2018 | 11:47

Anteayer me comí en el Nerva, en la malagueña calle de Cristo de la Epidemia, un delicioso gazpachuelo de pescado perfumado con un chorro de viña AB. Pero digerir lo que políticamente la semana va trayendo aconseja mejor un caldito en blanco o emblanco malagueño. Y así jugamos fonéticamente con la Noche en blanco que se celebra esta noche.

Mundo Nuevo

Cuando salimos del restaurante y caminamos hasta la plaza de la Merced me quedé mirando el rótulo de la calle y me di cuenta de que, de no estar tan acostumbrado desde pequeño a su nombre, resulta terrible: Cristo de la Epidemia. También me resultó terrible el abandonado edificio de los cines Victoria-Astoria en un lugar tan sensible de la ciudad. Estos monumentos a la impotencia son cosas a las que no hay que acostumbrarse. Con toda humildad, personalmente sigo optando por su derribo, y que sólo algún tipo de escultura urbana, funcional, como la que ya propuse en un artículo hace años, haga de falso cierre de la plaza con la calle de la Victoria y quedara definitivamente abierta hacia la calle Mundo Nuevo y el monte de Gibralfaro.

Cristo de la Epidemia

Mientras nos acercábamos al cine Albéniz para ver Isla de perros (Wes Anderson, 2018), en una ambientada calle Alcazabilla a las cinco de la tarde de un jueves al que se le derramaba la primavera por todas partes, pensé cómo sería vivir en aquella Málaga de rogativas y epidemias. Fue difícil sobrevivir en algunos periodos del siglo XVIII y XIX, en concreto, ya que hablamos del Cristo de la Epidemia que da nombre a la calle que sube paralela al santuario de la Victoria, la que tantas veces fue procesionada en rogativas cuando la cosa se ponía fea en la ciudad por cualquier desastre natural o sanitario. Y la que fue llevada a Sevilla por los frailes mínimos para entronizarla y terminar poniéndole su nombre a la embarcación que daría la primera vuelta al mundo (como bien me recuerda el coronel Rafael Vidal, que anda ideando algo ahora que se celebra el quinto centenario de aquella gesta que protagonizaron Magallanes y Elcano).

Carraca Victoria

Leyendo sobre aquello, y ya que a mi niño y a mí nos gustan los barcos antiguos y las películas de piratas, descubro que la nao Victoria no era una nao (el tipo de embarcación que sí era la Santa María de Colón, la más grande de las tres mal llamadas, por tanto, carabelas). Según la investigación del reputado ingeniero naval Fernández González, la Victoria tenía la popa redonda y todas las trazas de ser sólo una carraca de unos 85 toneles de capacidad de carga, lo que agiganta la heroicidad que hicieron aquellos 45 tripulantes capitaneados por Juan Sebastián Elcano. De todos ellos, sólo 18 arribaron vivos al puerto de Sanlúcar de Barrameda tras cuatro años de viaje, el 6 de septiembre de 1522. Aunque el reto era el de traer las especias por la ruta del oeste y se trajeron.

Contagio

Hubo distintas pestes en Málaga. La ciudad hedía. No pocas de aquellas especias orientales fueron utilizadas en el intento de enmascarar el horror de la podredumbre vital. Pero parece que la peste, como se llamó durante décadas no sólo a la enfermedad que conocemos como tal sino a toda epidemia que se cebara en la ciudad, a la que se refiere la calle Cristo de la Epidemia es a la fiebre amarilla. En concreto, a la que trajo un barco francés que fondeó maltrecho en el puerto malagueño en 1803. Sus tripulantes fueron acogidos en el castillo de Gibralfaro, profilácticamente separados del resto de los habitantes de la ciudad. Pero las crónicas cuentan que, quizá por hurtos de algunas de las pertenencias que quedaron en el barco, o porque uno de los marinos pagó en secreto a una familia para que le cuidasen en su casa, en el barrio del Perchel, la enfermedad se contagió con feroz virulencia a toda la población.

Crematorios

La mortandad llegó a ser de unos 300 cadáveres diarios. La población clamaba por sacar a los santos a la calle. Pero se intentó prohibir para no ventear la enfermedad. Ni las rogativas ni los cañonazos que mandó disparar intermitentemente el gobernador ni los crematorios lograron frenar aquel horror durante largos meses. Lo curioso es que no se tiene constancia de que, entre tanta imagen sagrada, el Cristo de la Salud (nombrado «abogado de la peste» en 1649), el del Socorro, la Virgen del Carmen y otras advocaciones de la época, hubiese un Cristo de la Epidemia. Parece que «nació» tras la muerte de una monja, poco antes de que la enfermedad se diera por erradicada el 20 de diciembre de aquel año, cuando sus infectadas pertenencias se cargaron en el carro camino del crematorio. Ya tarde, la mula se paró a beber en la fuente de los tejeros y allí dejó el arriero a salvo del fuego un cristo que la monja tenía en su celda. Cuenta una crónica que al día siguiente los malagueños que vieron la talla en la fuente, admirados por tan milagroso hallazgo, la llamaron Cristo de la Epidemia. Qué rico está el gazpachuelo y qué bueno es el emblanco€ Porque hoy es sábado.

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