27 de septiembre de 2020
27.09.2020
La Opinión de Málaga
Entrevista a Juan Jacinto Muñoz Rengel

"Debemos librarnos de la dependencia de la certeza"

El narrador malagueño acaba de regresar a las librerías con 'Una historia de la mentira' (Alianza), un ensayo que pretende «desvelar la verdad de la mentira y su relación con la propia naturaleza humana». Un arriesgado elogio de la mentira en tiempos de persecuciones de bulos y fake news

27.09.2020 | 05:00
El escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel.

¿Lo primero que dijo el ser humano fue una mentira o una verdad?
Mentira. El ser humano solo puede decir mentiras, está incapacitado para alcanzar la verdad en términos absolutos. Desde que nacemos, estamos dotados con una sola arma, nuestra capacidad para la ficción. Es mediante la inventiva como nos relacionamos con el mundo, lanzamos la red de nuestras hipótesis y esperamos capturar algo de valor que nos haga llegar un poco más lejos. Así funcionan todas las disciplinas humanas, incluida la ciencia. La verdad es solo un horizonte.

¿Las mentiras revelan más sobre nosotros que las verdades?
Es que somos animales ficcionales. La mentira es nuestro principal rasgo evolutivo. Hay otras muchas especies que mienten, pero ninguna tan bien como la nuestra. Lo único que nos ha permitido sobrevivir sin garras ni fauces en un mundo lleno de peligros es nuestra habilidad para mentir. Gracias a las ficciones, en su sentido más amplio, hemos logrado dominar y someter nuestro entorno. De modo que sí, las mentiras nos definen. Solo el ser humano es capaz de conjeturar, falsificar, planear estrategias, manipular, relatar y relatarse.

Me pongo abracadabrante: ¿tiene más verdad la mentira que mentira la verdad?
Ésta es la parte buena. Nuestras mentiras, de alguna forma, están entreveradas de verdad. O al menos, son nuestra manera de acercarnos a eso tan ajeno al ser humano que llamamos verdad. Es lo que ocurre en las disciplinas científicas, o en el arte. Un buen relato, una novela, el instante luminoso de un poema, puede contener más verdad que el objeto representado. El propósito de la ficción literaria es sublimar esa realidad que se nos escapa. Pero, también, cuando nos relatamos a nosotros mismos estamos tratando de conferir un poco de sentido al caos de meros hechos inconexos que se suceden. Por otra parte, hay mentiras menos honestas que no contienen trazas de verdad por ninguna parte. De esas el mundo está ahora lleno.

«Quizás, una vez transcendida la ilusión de la identidad, lo único que importe sean las ideas que dejamos», se lee en el libro. ¿Ese legado es lo único verdadero?
Esa es mi sensación. No me atrevería, claro, a hablar de lo verdadero. Pero incluso para alguien de pocas creencias y poca fe, como es mi caso, la sensación al intentar contemplar en conjunto y con distancia la actividad humana es esa: que nuestro único legado será ficcional, ese acervo intangible de ideas que vamos generando, ordenando y jerarquizando, y que quizá algún día cobre algún sentido tenga una finalidad.

¿Cuándo, cómo y por qué decidió escribir este ensayo?
Desde que empecé a escribir narrativa, mi obsesión por la ficción pura ha estado siempre muy presente en la forma y en el contenido. Siempre he transitado los géneros de la literatura de la imaginación, pero también mis argumentos y personajes se dirigían hacia esos mismos temas: la identidad, la realidad como simulacro, los límites de la realidad. Después de escribir El gran imaginador quedé agotado. Era una novela que versaba sobre la propia ficción, su protagonista poseía la capacidad de imaginar sin límites y traté de llevar esto hasta sus últimas consecuencias. De modo que cuando la terminé necesitaba cambiar de registro, descansar esa parte de la mente, y pasé al ensayo. Y todavía necesitaba reflexionar sobre lo que me traía de cabeza: la naturaleza y el propósito de nuestra imaginación.

«Todos tenemos derecho a elegir qué mentiras creemos», escribe. Qué arriesgado esta especie de elogio de la mentira en unos tiempos en que se persigue con tanto ahínco, bajo el disfraz del bulo, las fake news.
Combatir las fake news diferenciando entre verdades y mentiras, entre lo blanco y lo negro, sería un grave error. Si algo aprendimos en el siglo XX fue que la realidad está llena de grados de grises, y ahora uno de los mayores retos de la humanidad es tratar de ordenar toda esa gradación. El mundo está lleno de matices, no hay verdades absolutas, ni interpretaciones unívocas, ni una única versión. Solo acercamientos, intentos parciales de aprehender y comprender. Incluso podría haber una fake news que acabara arrojando más verdad sobre un asunto que las supuestas verdades contrastadas. Es cierto que hay mucho ruido, demasiado, más que nunca en nuestra historia. Y nuestra labor es ingente. Parece que nos tendremos que pasar la vida cribando entre lo falso y lo menos falso.

«Mentir es esencial para la convivencia con los desconocidos; para poder confiar en los que cazan, lucha o trabajan contigo (...) Sería imposible combatir hombro con hombro con alguien que te ha confesado que saldrá huyendo en cuanto pueda». ¿Abrazar la mentira es una actitud, digamos, activa, positiva, o una mera resignación, un comportamiento pragmático?
Desde mi punto de vista, puede ser una actitud positiva. Pero no a la manera de San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, abrazando la fe y la religión como mal menor. Creo que ese estadio de la humanidad ya debería estar superado. Lo que yo me imagino es una postura más parecida a la del artista: un individuo libre que se sabe entre mentiras, que se deja arrobar por esas mentiras y que reconoce que no hace otra cosa que ficción. Curiosamente, cuando el artista reconoce que miente es quien menos miente de todos. Y nadie en su vida diaria está exento de dejarse llevar por las mentiras, inclusos nuestros lazos más íntimos con los demás están construidos sobre pequeñas y constantes mentiras.

¿Las redes sociales están contribuyendo a una edad dorada de la mentira?
Desde luego, pero no solo por los fakes, los bots, los troles o los perfiles falsos. Decía Platón que la doxa, la opinión, era la más vil y engañosa de las formas de conocimiento. Y las redes sociales están llenas de opinión. Todo el mundo opina, sin contrastar, sin cualificación, sin una base crítica de reflexión o investigación, sin evidencias, casi sin leer. Se pone mucho el acento en que las nuevas tecnologías han democratizado la libertad de expresión; sin embargo, lo que en realidad ha ocurrido es que nos hemos instalado en el erróneo convencimiento de que todas las opiniones valen lo mismo.

¿Las mentiras deben tener límites?
Claro que sí. Ésa es la larga tarea que nos queda por delante y a la que me refería hace un momento. Tenemos que seguir construyendo los cauces por los que fluyan nuestras mentiras, la complejísima estructura que permita a nuestras ficciones convivir y mejorar nuestras vidas. La mitad de la humanidad emplea todas sus horas útiles en labores de gestión y organización, en ordenar un espacio normativo. El orden y las normas lo son casi todo. Es lo que nos permite seguir construyendo cada día nuestra pirámide de aire.

Necesitamos la verdad como certidumbre a la que abrazarnos para evitar la zozobra vital y emocional. Esta pandemia y sus alrededores quizás esté suponiendo un máster para aprender a vivir entre mentiras e incertidumbres, ¿no cree?
Las cosas cada vez cambian más rápido. Antes de la historia escrita, se necesitaban miles de años para que cambiara algo. En la Edad Media, siglos. En el siglo XX, décadas. Con las nuevas tecnologías, la velocidad de la información y el ruido comenzaron a producirnos auténtico vértigo. Y este 2020 ha estado a punto de superarnos. Nos ha puesto a prueba en muchos sentidos. Y, dejando aparte la crisis sanitaria, en el plano de nuestra gestión de la información hemos comprobado que nos queda mucho por aprender. Somos dependientes de las certezas, sí. Y tenemos que liberarnos de esa dependencia, mejorar los mecanismos de contraste y validación, afilar nuestro sentido crítico y aprender a distinguir entre las falsas y medias verdades, entre las mentiras peores y mejores.

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