No se trataba de juzgar ni de pedir la cancelación de su obra, sino de aportar un dato. Con la performance de sus alumnas en el Museu Picasso de Barcelona el pasado 27 de mayo señalando que el pintor maltrataba a las mujeres, la artista y escritora María Llopis quería, en realidad, reivindicar la figura de Dora Maar, reputada fotógrafa surrealista cuya obra se vio eclipsada cuando inició su relación sentimental con el malagueño. «Sería bonito que el museo reflexionara de manera honesta y valiente sobre el hecho de que Picasso fue un maltratador, incluyera esta información en sus exposiciones temporales y reivindicara la obra de las artistas que estuvieron con él», explica Llopis.

La acción, radical y de una profunda carga simbólica, pone sobre la mesa uno de los retos actuales de los museos: cómo contextualizar la obra de artistas con una vertiente problemática. Y no solo en cuestiones de género, sino a la hora de abordar un pasado colonial o incluso la memoria histórica. El corrimiento de tierras que sacude los muros de las instituciones culturales empieza cuestionando la idea misma de genio, un concepto en crisis desde hace décadas pero que de un tiempo a esta parte ha entrado en la conversación general. Una noción heteropatriarcal surgida en la modernidad que hoy se asocia a valores machistas. El dogma del genio intocable que no se puede criticar se desmorona.

«La noción de genio es problemática al proponer que el arte está fuera de la construcción histórica, política y social en la que se encuentra. La obra no es algo que surge de una inspiración divina», subraya Mabel Tapia, subdirectora artística del Museo Reina Sofía de Madrid, que plantea una revisión desde una perspectiva feminista. La historia del arte tampoco se mueve «a golpe de grandes nombres» aunque sea eso lo que nos han enseñado, añade el director del Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) de Móstoles (Madrid), Manuel Segade.

3 Dora Maar, vista por Picasso, «desde una perspectiva torturada» y cruel, en palabras de Siri Husvedt, en el segundo caso.

«¿Por qué no cuestionar el lugar de Renoir en la historia del arte? Si lo haces, tiene sentido preguntarse si la pintora impresionista Berthe Morisot merece otro sitio», reflexiona. Igual que la Escuela de los Anales discute desde los años 70 del pasado siglo la historia de «los grandes hombres», un vistazo a la historia de las mujeres facilita hacer extrapolaciones al mundo del arte. «El mercado del arte y las colecciones son estructuras que permiten la aparición de la idea de genio, porque las mujeres no tenían ni legitimidad ni acceso a ellas», apostilla Damarice Amao, historiadora del arte experta en fotografía y una de las comisarias de la exposición que el Centro Pompidou de París le dedicó a Dora Maar en 2019.

«El concepto de genio es más decimonónico que actual. Se ha quedado completamente obsoleto. Ahora estamos en otra fase que pasa por tener en cuenta otras características. Personalmente creo que son consideraciones de tipo moral», resume Antònia Perelló, jefa de la colección del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba). El debate va más allá de la figura del artista intocable y se adentra en el papel que actualmente debe jugar el museo.

«De algunas funciones no podemos huir, porque el museo tiene que seguir siendo un lugar de conservación, de estudio y de difusión. Son obligaciones morales con la sociedad que heredamos del museo clásico, pero debe de ser un sujeto activo y comprometido con los problemas del presente», admite la conservadora del Macba. En este caso, además, es responsabilidad del centro elegir las obras que representarán a nuestra época en el futuro, mientras abre sus puertas a voces disidentes que promuevan la discusión. «Queremos huir de posiciones dogmáticas. Nuestras propuestas están sometidas al debate», apostilla Perelló.

Performance de María Llopis y sus alumnas en el Museu Picasso de Barcelona, a principios de junio. Ismael Llopis

Respetar o no las paredes del palacio

En esta discusión se perfilan dos grandes líneas: quienes ven las instituciones como aparatos de transformación social y quienes, desde una perspectiva más conservadora, defienden «respetar las paredes del palacio».

«La respuesta de la museología crítica pasa por la contextualización. Así rompes la imagen del artista-genio con sus musas para situarlo en una relación más compleja», señala Segade, que incide en el hecho de que hay propuestas que no transmiten los valores de la sociedad a la que representan. Cita como ejemplo que Barcelona tenga tres grandes museos dedicados a hombres artistas –Picasso, Tàpies y Miró- y ninguno destinado a una artista. «Los hombres marcan los relatos y ahí hay un problema no solo de género sino etnográfico y colonial», añade aludiendo al vergonzante caso del llamado negro de Banyoles. «Los hombres marcan los relatos y ahí hay un problema no solo de género sino etnográfico y colonial», subraya Manuel Segade, del Centro de Arte Dos de Mayo (CA2M) de Móstoles

El feminismo, el movimiento MeToo, la lucha antirracista o las reivindicaciones de colectivos discriminados obligan a pensar en nuevos modos de exponer. «La reflexión va en dos sentidos: hacia el pasado y hacia el futuro. Uno de los grandes desafíos es construir narrativas diferentes», indica Mabel Tapia.

«En el caso de Picasso, el Guernica es un caso particular, porque excede la relación autor-obra, pero en el resto de colecciones, tanto aquí como en otros museos, es fundamental una reflexión crítica de las construcciones historiográficas que se han hecho. No podemos seguir mostrándolo de la misma manera. No se trata de tirar la obra, sino de transformar los marcos de comprensión, tanto de las instituciones como del arte en general», agrega la responsable artística del Reina Sofía.

¿Separar la obra del artista?

Otro dilema recurrente es si conviene separar la obra de su autor. El director del CA2M cita a Susan Sontag, a quien le parecía inmoral usar la biografía de los artistas para interpretar su arte –es decir, en el caso de Picasso implicaría decir que al cambiar de amante cambia de estilo–, pero veía legítimo usar la obra para interpretar su vida. «Deberíamos aplicar esa estrategia –señala Segade–, porque puedes leer Mein Kampf [de Adolf Hitler] pero tienes que conocer el contexto».

En esta línea, y teniendo en cuenta que la historia está repleta de grandes purgas proscribiendo cierto tipo de arte, sería un error usar los mismos métodos. «No se puede desmontar la casa del amo con las herramientas del amo», prosigue Segade parafraseando esta vez a la escritora y activista afroamericana Audre Lorde.

Llopis, partidaria de diferenciar entre el artista y su obra, recuerda que toda la producción artística de los últimos siglos es «racista, misógina y violenta contra la infancia» y no por eso debe dejar de exponerse. «Pero tienes que hacerlo de otra manera», advierte.

Olga Jojlova, en 1918 en la primera obra y en 1929 en la segunda, cuando Picasso ya estaba obsesionado con Marie-Therese Walter, a la que conoció con 17 años. Según Françoise Gilot, llegó a arrastrar a Olga por el suelo tirándola del pelo o le daba sedantes para calmarla. eva cantón

Etapas del maltrato

En el caso de Picasso, Llopis plantearía una exposición con los retratos de Dora Maar mostrando la progresión «desde los primeros cuadros hasta los últimos, pasando por las diferentes etapas del maltrato». Se trataría, añade, de hacer una reflexión sobre lo que le sucede a una persona «cuando entra en una relación de maltrato que va anulando su personalidad».

Según relata Arianna Huffington en el libro Picasso: creador y destructor (1988), el pintor golpeaba con frecuencia a Dora Maar hasta dejarla inconsciente y muchos testigos señalan haber presenciado escenas violentas. Su nieta, Marina Picasso, tampoco es precisamente amable en sus memorias cuando habla de la relación que tenía con las mujeres. «Las sometía a su sexualidad animal, las domesticaba, las hechizaba, las devoraba y las aplastaba en sus lienzos. Después de pasar muchas noches extrayendo su esencia, una vez desangradas, se deshacía de ellas».

«Picasso era conocido por establecer relaciones tóxicas no solo con sus amantes sino con sus hijos. No cuidaba ni a los niños ni a las parejas ni a nadie», apunta Llopis, cuya reivindicación es que en los libros de texto se diga que Picasso fue un gran artista y un maltratador. «Es un dato más, igual que pone que nació en Málaga». En todo caso, lamenta que la performance le haya dado publicidad a la figura de Picasso y ella haya visto cancelada su cuenta profesional de Instagram donde realizaba su trabajo. «En realidad no cambiamos nada», se queja.

¿Y qué pasa con la obra de Picasso? «No debería bajar de valor por este tema. Lo que quizás baja de valor es el magisterio moral del pintor. Picasso es lo suficientemente enorme como para mantenerse en todas las historias del arte que vengan pero contextualizarlo no está mal, igual que pones un audio-guía o un texto de sala. La neutralidad no es una opción», argumenta Segade.

¿Hay resistencias? Sí, claro, admite Mabel Tapia. «La memoria histórica, el colonialismo y las cuestiones de género están ligadas. Es una reflexión transversal», comenta.

En opinión de Damarice Amao de manera general, es bueno renovar los enfoques y cambiar el punto de vista geográfico y artístico: «Hay que desplazar la mirada para estimular la historia del arte. Hay mucho trabajo que hacer. Empezando por la forma de gobernar las instituciones. Pero ese es otro debate».