El pasado mes de mayo esta sección se detenía en Martínez Maldonado, casi en la esquina con Eugenio Gross, por la pervivencia en la vía pública de un veterano mojón pétreo, de los que marcaban las distancias a las poblaciones.

La particularidad de este hito kilométrico era que no se correspondía con los del Plan Peña, los mojones instalados en las carreteras españolas a partir de 1940.

Por su diseño era más antiguo. En concreto en tres de sus lados podía leerse ‘A Córdoba’, ‘A Málaga’ y en otro sí aportaba una distancia: ‘Madrid 580’, es decir que dirigía al conductor por la carretera de la antigua Cuesta del Espino, hacia el Puerto de la Torre y de ahí a Antequera y Córdoba.

Muy probablemente se trataría de un hito de la segunda mitad de los años 20 del siglo pasado, correspondiente al Circuito de Firmes Especiales, el plan de adecuación de carreteras de la Dictadura de Primo de Rivera.

Pese a que es casi centenario, la señal de tráfico se encuentra en un estado de revista bastante bueno. Mucho más joven en el tiempo pero en peor estado es el hito que sobrevive en la calle Héroe de Sostoa, en concreto junto al Colegio José María Hinojosa, y del que en mayo hablamos de pasada.

Se trata, por supuesto, de un hito del Plan Peña -en recuerdo del ministro de Obras Públicas Alfonso Peña Boeuf, con calle en la barriada Ruiz de Alda- que lucía en rojo la parte superior del monolito si se trataba de carreteras nacionales. En concreto, el que sobrevive en este rincón de la Carretera de Cádiz es de la N-340, la que unía Cádiz con Barcelona.

Desterrados los hitos por la llegada de las autonomías y dado que las carreteras nacionales dejaron poco a poco de atravesar las ciudades, se han convertido en bonitos vestigios históricos, aunque en el caso que nos ocupe ya sea una roca de colores desvaídos que muy pronto los perderá del todo, como si fuera una pieza griega o romana con miles de años y no con menos de un siglo.

Y eso que hubo un loable intento de realzar la pieza, de ahí que se encuentre sobre una base cilíndrica, a modo de tarta.

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Pero el tiempo pasa y el único color intenso que se aprecia son los ‘rayajos’ que han dejado un par de pintadas, efectuadas por algún gamberro afín a los mojones, con perdón.

No costaría nada a la administración competente -si es que existe- devolver los colores a este hito del pasado y así podríamos seguir disfrutando de este bonito trozo del pasado reciente.