Las paradojas a veces pueden resultar crueles pero también muy reveladoras. Como adelantó La Opinión, la semana pasada un par de grupos de jóvenes se dedicó a practicar ‘kung fu’ contra una exposición de fotos desplegada en calle Larios.

Las certeras patadas de estos chicos hicieron que mordieran el polvo varias imágenes, colocadas por ambas caras en expositores, unas estructuras que, al parecer, están rebautizadas con algún ‘palabro ‘inglés, de forma que sean de más fácil comprensión y pronunciación para los hispanohablantes malagueños.

El caso es que este ejemplo de actuación tribal, practicado tanto por hombres como por mujeres de sus respectivas ‘tribus’ malaguitas, entroncaron a la perfección con el objeto de la muestra: exhibir la riqueza tribal de Papúa Nueva Guinea.

Como saben, el remoto archipiélago melanesio es a la Antropología lo que la familia Pantoja a la prensa del corazón: una auténtica mina por la que todo antropólogo intenta adentrarse alguna vez.

En Papúa se hablan más de 800 lenguas diferentes sin que hasta la fecha haya asomado el ‘derecho a decidir’ y muchas de estas tribus viven literalmente en el Neolítico, lo que ideológicamente sí que les acerca a la corte belga de Puigdemont.

Tan fascinante archipiélago fue descubierto y explorado por vez primera para Occidente por los españoles, que hicieron lo propio con el 80 por ciento de los Mares del Sur, mucho antes de que el abuelo del capitán Cook asomara por el mundo.

Y así, el estrecho que separa Papúa Nueva Guinea de Australia, el Estrecho de Torres, no homenajea al futbolista que marcó contra Alemania sino a un marino español del Siglo de Oro.

Las fotos agredidas de calle Larios fueron realizadas por Juan Carlos Rey Salgado, el ex embajador en la UE para Papúa y las Islas Salomón, además de antiguo oceanógrafo en el desaparecido Instituto Oceanográfico de Málaga. Su esplendorosa colección de objetos melanesios puede verse -a salvo de perturbados karatecas - en la Sociedad Económica hasta el 31 de julio.

Qué paradoja que estos nativos con festivas pinturas guerreras, que combaten con lanzas y trabajan la tierra con arados de piedra, parezcan parientes de nuestros gamberros con educación básica gratuita.

El abismo cultural no es tan grande. Las irracionales patadas contra una exposición evidencian el atávico rito del paso de la juventud a la madurez, presente también en tribus papúas. Para acelerar ese paso, quizás los padres de estos desnortados deberían apoquinar los daños.