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Crítica de 'Toy Story 5': realza el papel de las niñas protagonistas e indaga en la soledad de los juguetes frente al futuro tecnológico

Woody y Buzz Lightyear en 'Toy Story 5'. / Pixar
Quim Casas
'Toy Story 5'
Año: 2026
Dirección: Andrew Stanton y McKenna Harris
Animación
Estreno: 17/6/2026
★★★
La quinta película de la serie iniciada en 1995 con ‘Toy story’ llega al rescate de una compañía en entredicho en términos cualitativos, no cuantitativos, ya que ninguna de las últimas películas de Pixar ha sido un fracaso estrepitoso. Curiosamente, a pesar del reclamo de Buzz Lightyear (que aquí se multiplica en no menos de 20 unidades de los militarizados ‘space rangers’ en busca del comando estelar) y Woody, los dos protagonistas excepcionales de las anteriores entregas, en ‘Toy story 5’ el mayor peso recae en Jessie, la proactiva cowboy, y, por extensión, en la niña que entra en crisis con los juguetes, Bonnie, y su nueva amiga, la racializada Blaze.
Por un lado, las niñas humanan ganan un protagonismo que nunca alcanzó Andy, el primer propietario de los juguetes. Por el otro, es una muñeca, y no dos muñecos, la que conduce el relato. Woody, que ahora saca tripa y tiene coronilla en el pelo –tan diáfana que cualquier contacto con la luz la vuelve una superficie resplandeciente, casi sacra–, y Lightyear, que no sabe cómo comunicarle a Jessie que la ama, son secundarios, mientras que Mr. Potato y Rex apenas tienen entidad y Bo Peep aparece en un par de escenas.

Buddy y Buzz Lightyear, en una imagen de 'Toy Story 5' / Disney
El mundo ha cambiado, el exterior y el interior de los propios personajes y sus circunstancias. ‘Toy story 5’ muestra el cambio cuestionándolo desde una casi melancólica inocencia. Los juguetes, angustiados por la pérdida de protagonismo en el mundo de sus propietarios debido a la aparición de móviles, tabletas inteligentes y otros artilugios electrónicos, hacen los posible para recuperar el tiempo perdido.
Porque de eso trata la serie desde la excepcional tercera entrega en 2010, cuando Andy se fue a la universidad, olvidó la niñez, y con ello de sus juguetes, y estos quedaron a merced de unas circunstancias que ponían fin a su cometido en la vida: alegrar la vida de los niños y perpetuar, aunque fuera una utopía, las bondades de la infancia.
Quedó meridianamente claro en ‘Toy story 3’, tan creativa, y tan triste a pesar del jolgorio habitual de Woody y compañía. La cuarta y quinta parte no hacen más que dar vueltas sobre la misma idea, reivindicando la inocencia de la edad infantil, en el sentido formativo de la palabra, y mostrando en este último filme no solo la rivalidad entre juguetes tradicionales y la tecnología, sino la alianza de los primeros con los juegos electrónicos de hace unos años para combatir las máquinas del presente que, como la tableta Lilypad, otro personaje de excepción en la película, alimentan el culto a los chats, las redes sociales y los ‘likes’ en detrimento de esos juguetes que, en varias escenas, aparecen abandonados en un parque, encerrados en una caja de cartón o habitando la casita de un jardín como vestigios de un tiempo que nunca debería irse del todo.
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Fuente: El Periódico
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