04 de junio de 2013
04.06.2013
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Un hombre acecha

04.06.2013 | 05:00

Tienes la columna casi redactada en la cabeza desde que el Gobernador del Banco de España declarase que quizás podría suprimirse el salario mínimo para facilitar la creación de empleo –le faltó decir las mujeres y los niños primero– cuando lees que un hombre se ha prendido fuego en la puerta de una dependencia administrativa y de pronto el mundo se detiene, recuerdas sin venir a cuento ese ejemplo de oxímoron que aprendiste de pequeño –nieve ardiente– y sabes que tienes que escribir sobre el fuego, sobre la desesperación y la muerte.

Pensabas interpelar desde tu columna semanal al gobernador del Banco de España sobre sus reclamaciones dickensianas, sobre esa fórmula desgraciada que propone para crear empleos basura, trabajos miserables pagados a precio de saldo, que apenas darán para malvivir a sus desafortunados agraciados –de nuevo un oxímoron– pero piensas en el hombre que acecha, garrafa de gasolina en mano, el momento oportuno, y recuerdas versos de guerra, a Miguel Hernández, y también que quizás sea Málaga una ciudad de más de medio millón de muertos.

Te gustaría saber qué opina el gobernador del Banco de España sobre la lenta tramitación de la propuesta de limitar las remuneraciones y los bonus de los banqueros cuya avaricia ha hecho que decenas de hombres y mujeres anónimos se quiten la vida, o estén pensando seriamente en renunciar al futuro que les queda. Deseas saber con furia por qué es tan imposible limitar esos sueldos a la nada despreciable cantidad de 500.000 euros al año, qué opina de la comunicación de la Comisión Europea, del dictamen de la Asociación de Bancos Europeos, de los papeles de trabajo que ya han publicado prestigiosas instituciones al respecto, pero vuelves a ser consciente del desapego de nuestras élites, de las élites económicas, políticas, sociales y administrativas, tan atentas a salvar las sociedades que ellas mismas han hundido con su enorme afán de protagonismo y su religioso desprecio hacia la gente corriente.

Lees a Karmelo Iribarren y aunque ya sabías que «no somos más que el tiempo que nos queda caminando hacia el olvido que seremos» sus originales versos prestados te cobijan y te abrigan. Y te refugias en la poesía, en la soledad, en la desesperanza, releyendo poemarios escritos hace cincuenta, sesenta años, porque es a ese tiempo preciso al que nos llevan, a ese tiempo de silencio de corazones helados y aullidos de rabia y miseria.

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