14 de enero de 2019
14.01.2019
Impresiones

Seamos diferentes por una vez

14.01.2019 | 05:00

Hay signos más que suficientes para estar preocupados. En buena parte de los países de la vieja Europa crecen los autoritarismos y las pulsiones iliberales que traicionan nuestra herencia cultural y nuestra esencia ética.

Crecen los partidos de ultraderecha, racistas y xenófobos, como ocurre en la vecina Francia con el Frente Nacional (ahora Rassemblement National) o en la próxima Italia con el doblete nacionalista-populista que representan la Lega y el Movimiento Cinque Stelle, que buscan hablar directamente con los pueblos reemplazando con redes digitales horizontales las estructuras políticas tradicionales. Y el fenómeno se repite en Países Bajos, Bélgica, Austria, Dinamarca, Polonia, Eslovaquia, Hungría o Suecia, llegando a alumbrar en Grecia un partido abiertamente fascista como Aurora Dorada, mientras Salvini y Kaczynski quieren lanzar un «Frente de la Libertad» en el Parlamento Europeo tras las elecciones de junio y ya cuentan con aliados como Orbán, Le Pen o Wilders. Y en España, donde creíamos que cuarenta años de dictadura franquista nos habían vacunado contra los excesos de la ultraderecha, Vox acaba de eclosionar con fuerza en Andalucía mientras también tenemos nuestra cuota de nacionalistas en Cataluña y nuestra cuota de populistas con Podemos. Todos ellos de una u otra forma pretenden acabar con "el régimen de 1978" y con la Constitución (que es modificable dentro de la ley). No son buenas noticias porque aunque estén integrados por gentes que probablemente deseen lo mejor para España (o en su caso lo peor para España y lo mejor para Cataluña) ninguno de ellos es capaz de ofrecer soluciones para los problemas que denuncian. Esto demuestra que frente al eslogan franquista de que España es diferente, queda una vez más claro que no lo es. Y bien que lo siento en este caso.

Hoy es frecuente escuchar a gentes que se rasgan las vestiduras ante el crecimiento de estos grupos sin pararse a pensar en que si crecen es porque los partidos tradicionales, más atentos a sus propios intereses y cada vez más desconectados de las bases a las que dicen representar, les han dejado un hueco con su corrupción, con sus listas cerradas, con su clientelismo y con el abandono de los intereses de los votantes para gastar sus energías en peleas, insultos y cuestiones que no resuelven sus problemas. En parte porque piensan que tienen votos cautivos y en parte porque tampoco tienen soluciones en un mundo que cambia vertiginosamente. Sus recetas locales no resuelven los problemas globales que nos afectan como el deterioro del nivel de vida, la interdependencia económica, las migraciones masivas, la globalización, el cambio climático o el terrorismo transnacional. Probablemente tampoco el estado puede ya resolver estos problemas porque no controla la moneda, la economía, las fronteras o los mismos flujos informativos, rompiendo así el viejo contrato social de la modernidad en virtud del cual los ciudadanos obedecen y pagan impuestos a cambio de trabajo y de seguridad.

El problema es que eso no se arregla como pretende Podemos tirando abajo la casa para hacer una tabla rasa bolivariana que nos deje a todos a la intemperie, o levantando muros protectores como defienden Torra en Cataluña frente a los despreciables españoles, y Trump en los Estados Unidos frente a los despreciables mexicanos. Hoy la política exige más sofisticación y más altura de miras para devolverle prestigio y popularidad frente al populismo hueco y al nacionalismo egoísta. Y eso se logra elevando el debate y no cediendo ante populistas y/o nacionalistas como se está haciendo en media Europa y también en España donde el Partido Popular no hace ascos a gobernar con el apoyo de Vox en Andalucía y donde el Partido Socialista tampoco se los hace a sacar adelante los presupuestos del Estado con el apoyo de las fuerzas separatistas que quieren destruirlo. No se escandalicen por la comparación porque yo no creo que en Andalucía hayan nacido 400.000 "fascistas" por generación espontánea y de la noche a la mañana y la prueba es que muchos de ellos son desertores de Podemos o del Partido Socialista y otros ya votaban al Partido Popular. La gente que vota a Vox es sobre todo gente muy cabreada. Pienso que se utiliza el apelativo con poco rigor porque el fascismo era una ideología del siglo XX caracterizada por querer destruir el orden establecido con violencia, cosa que hasta ahora parecen más cerca de querer hacer los nacionalistas catalanes con su "vía eslovena" que Vox, por poco que me guste a mí el ultraderechismo de Vox.

Por eso creo que los culpables de que estas formaciones que quieren cambiar el orden constitucional establecido ganen fuerza e influencia son en primer lugar los partidos tradicionales que les han dejado hueco alejándose de los ciudadanos y no respondiendo a sus legítimas preocupaciones; los segundos responsables son los ingenuos o fanáticos que se creen sus promesas vacías y les votan; y los terceros son los que luego pactan con ellos y les permiten acceder al poder como ya sucede en varios países europeos y aquí tantean PP y PSOE por intereses electorales a corto plazo. Por eso les animo a defender los principios y a no gobernar con el apoyo de la ultraderecha o de independentistas. Porque el coste acaba siendo muy alto para la salud democrática del país en su conjunto. Pan para hoy y hambre para mañana. Para evitar a los extremistas hay que tener altura de miras y poner los valores y el país por encima de los estrechos intereses partidarios. Alemania, con su Grossekoalition es una excepción en el panorama europeo. Pero por desgracia esto no es Alemania.

*Jorge Dezcállar es diplomático

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog