20 de febrero de 2019
20.02.2019
Las cuentas de la vida

El estado de la nación

20.02.2019 | 05:00

Para juzgar el estado moral de una nación, haríamos bien en mirar sus costumbres. Esta fue la gran lección que extrajo Tocqueville de su viaje a los Estados Unidos hace ya dos siglos. El arraigo de las virtudes, los hábitos adquiridos desde la infancia, los ídolos a los que se combate, la devoción por la excelencia, el grosor intelectual del debate público, la riqueza de las bibliotecas, el dinamismo del comercio, la pulcritud de las calles, la suave ingenuidad de las fiestas que se celebran, la solidez contable de los presupuestos nos hablan de un país con más acierto que las proclamas de los partidos o que la palabrería de los periódicos. De los debates de La clave al histerismo actual de las tertulias televisivas, hay algo más que una sutil gradación. Del estilo concebido como una forma de contener la tiranía de los instintos –y ese estilo resulta tan necesario en público como en privado– a tildar cualquier ley de represiva, también hay algo más que un salto. La crisis de la democracia no se puede desligar de la mutación sufrida por nuestras costumbres, que han sustituido la tradición constructiva de la memoria por una tendencia casi exclusiva hacia la sospecha y el rencor, y por la implosión de una pluralidad de microidentidades aisladas y enfrentadas, cada una con sus propios códigos de conducta. No es de extrañar por tanto que en el Reino Unido surjan ya intelectuales reclamando que a las comunidades musulmanas que viven en el país no se les aplique la ley común emanada del parlamento, sino sólo la sharía islámica. O que en los planes de estudio, se opte por sustituir el conocimiento general de la Historia –con su compleja y misteriosa ambigüedad– por otras lecturas parciales y tendenciosas, aisladas de su propio pasado. La sobrecarga emocional de las palabras se da además por supuesta.

Para juzgar el estado de una nación, haríamos bien entonces en no mirar sólo a sus políticos. Cuando ya no se cuidan los detalles ni se terminan los trabajos, entonces rige una especie de cinismo que acaba por infectar todas las capas de las sociedad. La política también. Cuesta discernir si fue antes el huevo o la gallina, pero lo más probable es que los procesos acelerados de degradación sucedan de forma más o menos sincronizada. La corrupción se extiende como una mancha de aceite y, al igual que los procesos epidémicos, difícilmente se logra prevenir su contagio, porque afecta en lo más íntimo la estructura moral de un pueblo. ¿Cómo protegerse de un debate público que hace de la continua excitación electoral su motor principal? ¿Cómo se puede hablar de progreso sin tener en cuenta las virtudes cotidianas de los ciudadanos? ¿Puede sobrevivir una democracia sin los fundamentos cívicos que la sostienen?

El futuro de un país se fundamenta de cuestiones como estas. Porque lo que asoma detrás de la degradación es el nihilismo, por muy estilizado que se nos presente. El nihilismo, que bajo ropajes falsamente moralizantes oculta una enemistad profunda entre los hombres. El nihilismo, que actúa como un disolvente de todos los valores elevados en los que cree la democracia, sustituyéndolos por los sucedáneos del cinismo y la charlatanería. El nihilismo, que debe ser combatido antes de que sea demasiado tarde y lleguen los lamentos por todo lo perdido.

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