Opinión | El jugador número 13

Sentimientos

Una imagen del Surne Bilbao - Unicaja del pasado fin de semana.

Una imagen del Surne Bilbao - Unicaja del pasado fin de semana. / ACBMedia

Tras cuatro partidos lejos de Málaga, por fin vamos a tener la oportunidad de ver al Unicaja en su feudo del Martín Carpena. El equipo entrenado por Ibon Navarro cierra un mes de noviembre con 5 victorias en media docena de envites, con una racha aún abierta en Liga ACB de 7 triunfos consecutivos.

Ganar los encuentros de Gerona, Madrid y Bilbao hacen que aún sigamos hablando de un Unicaja en la segunda posición de la tabla, lo que era casi una entelequia cuando en el mes de octubre se encadenaron tres derrotas seguidas y aquí se hablaba de crisis sin problema alguno.

Más allá de lo descrito hasta aquí, y sin perder de vista que una sola derrota saca al equipo de los cabezas de serie, tras caer de manera justa y asumible en Le Mans, el partido ante el Surne Bilbao fue uno de los que te dejan más de una opinión. Porque estos partidos son aquellos que hacen plantearte si el contrario estuvo muy mal porque no tiene más que ofrecer, o porque el Unicaja no se lo permitió.

De un lado, momentos en los que el equipo se desenchufaba en un encuentro que se encargó de resolver de manera rápida, y en otro, se conseguía que el rival, siendo local, tuviera la anotación más baja de la historia cajista, superando el 45-62 del entonces Gran Canaria Grupo Dunas del 29 de octubre de 2006 en Las Palmas. ¿Cómo verlo? Creo que como algo lógico dentro de la evolución del equipo, quizá pendiente de ver qué es capaz de hacer y en una vía de evolución lógica dentro de lo que se espera, con una buena base, pero con diferentes temas en la columnas de «pendientes». Lo normal a la altura de temporada en la que estamos, mucho más ahora con la lesión de Barreiro.

Al margen de lo que le toca a nuestro Unicaja, esta pasada semana vivimos una situación que, al menos a mí me resultó novedosa. Una de las figuras máximas en los banquillos actuales, Gregg Popovich, tomó el micrófono y en pleno partido entre San Antonio y Los Ángeles Clippers se dirigió al público del AT&T Center para que no abuchearan a Kawhi Leonard, estrella del equipo visitante que en su día lo fue del conjunto local, mientras lanzaba tiros libres.

Vaya por delante que con Gregg Popovich, al igual que me pasa con Zeljko Obradovic, Sergio Scariolo, Phil Jackson, Pat Riley o Antonio Díaz-Miguel, de la admiración casi paso a la devoción (a los añorados Alfonso Queipo y José María Martín Urbano no los meto, porque de entrenadores pasaron a amigos), pero el tema de la infalibilidad se la dejo a los cónclaves.

Así pues, no estoy de acuerdo con el que fuera miembro de la Fuerza Aérea estadounidense, coincido con el compañero de «Tirando a Fallar», José Manuel Puertas, en un espectáculo profesional, teniendo en cuenta lo viscerales que solemos ser por estos lugares, y ya que parecemos tener cierta educación cuándo se está en la grada, poder pitar a un rival, no lo veo tan mal. Otra cosa es acordarse de la familia o pasar esas líneas que nos sabemos de memoria, pero que a veces, estando en la grada, a más de uno se le olvida. Una cosa es pagar la entrada y la otra la patente de corso.

Es que esto en gran medida va de sentimientos, por mucho que se hable de la NBA. Y aunque la Euroliga más tarde o más temprano cambie la teórica independencia de los clubes para con la dependencia del negocio añadiendo un hipotético equipo en alguna parte de Arabia, y que todo se simplifique en la práctica de una pelea de casi todos contra un reducido grupo de equipos dopados económicamente de forma artificial, por encima de todo eso está lo que nos mueven los colores.

Y sí, aunque aquí aplaudamos en la presentación al que fuera ídolo en su día cuándo viene con otra camiseta, no nos hace gracia alguna que venga en contra de los nuestros y mucho menos que celebre alguna canasta de manera más o menos vehemente, que de todo hemos visto. Pero siendo sensatos, del lado del espíritu como tal del deporte, está que al rival se le respete, pero que se le presione de la manera más deportiva posible, intentando crear la incomodidad y que echen de menos su casa (que ya no está aquí).

Por eso, como esto va de tener sangre en las venas, hay que celebrar y demostrar la alegría, y sin perder el mínimo sentido de la deportividad, tratar al rival como tal el rato que dure la contienda. Ni un segundo más, porque el rival no es el enemigo, tampoco nos equivoquemos.