Crítica de teatro

'Memorias de Adriano': en el límite

06.07.2015 | 05:00

Memorias de Adriano

Compañía: Ramón Bocanegra. Autora: Marguerite Yourcenar (versión de Ramón Bocanegra).

El Teatro Romano de Málaga junto a Itálica y Baelo Claudio forman una circuito veraniego con una programación similar para los tres espacios y que se gestiona desde la Junta de Andalucía. El primero en ofrecer los espectáculos seleccionados ha sido Málaga, y este año se ha adelantado la fecha al mes de julio en que estamos por algún motivo conveniente. Igual se ha arreglado el espacio adelantando la escena hacia las gradas e incorporando una nueva serie de filas de asientos para que algunos espectadoras puedan seguir la función desde más cerca. Algo que seguramente favorece a los actores y como consecuencia al desarrollo de los espectáculos que anteriormente se encontraban a una enorme distancia del primer asiento (motivos arqueológicos). Y para empezar la programación, ha sido la compañía La Tarasca, con Memorias de Adriano, la que ha probado fortuna con el nuevo diseño. Suerte la que tuvieron estos espectadores de primeras filas porque pudieron apreciar el trabajo interpretativo de un Roberto Quintana (Adriano) contenido e íntimo que de otra manera y en la lejanía no es posible valorar. El espectáculo en su dramaturgia transcurre por un largo monólogo del que se sirve el personaje para contar desde la perspectiva de la vejez los acontecimientos que han formado parte de su vida. Monólogo o monólogos, porque también la propia autora del texto (Marguerite Yourcenar) interviene como narradora o aclaradora de las circunstancias de la vida del personaje, pero siempre como espectadora y creadora de la ficción que se representa de una biografía novelada.

Monólogos, digo, porque no se cruzan las intervenciones, así como ocurre con el resto de los personajes o apenas con Hermógenes que se escuchan pero no se interpelan. Son largos diálogos de sordos. Tal vez esa fuera la cuestión. Los personajes no se cuestionan ni dialogan, sólo se escuchan a ellos mismos. Es una memoria en soledad. Pero tal vez por esa falta de cuestionamiento el ritmo se convierte en monótono, apenas salpicado por algunos momentos más o menos llamativos. Es un espectáculo que podría resultar más interesante si la posibilidad de la cercanía, si la intimidad del escenario –que no estaba bien resuelta de iluminación–, si la estructura formal (me refiero a la forma, a la puesta en escena, no a la seriedad del proyecto) lograran redirigir y concentrar la atención del espectador a su mayor valor: la interpretación del actor. Esa virtud de dominio expresivo en el gesto mínimo que demuestra Quintana.

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