Literatura

'Fortunata y Jacinta' o la ilusión de vivir

Benito Pérez Galdón –de quien se cumple el 172 aniversario de su nacimiento– fue, como los grandes novelistas del siglo XIX, precursor de la psicología profunda

17.10.2015 | 18:05
Retrato de Benito Pérez Galdós pintado en 1894 por Joaquín Sorolla.

Como Freud con su método psicoanalítico, el novelista intenta investigar lo irracional, los caminos secretos de la mente humana

En una tarde de mayo de 1843, vino al mundo en Las Palmas de Gran Canaria, Benito Pérez Galdós, décimo hijo de una familia de clase media, donde se crió enfermizo y retraído, bajo la férrea disciplina materna. Alguna vez sintió impulsos de rebeldía, pero su timidez lo sumió en un mecanismo defensivo de silencio y reserva que, a la larga, constituiría la clave de su personalidad.

Llegó a Madrid en otoño de 1862, matriculándose en la Facultad de Derecho de la Universidad Central. Al año, Madrid le había penetrado hasta las entrañas. Allí vivió el ambiente tertuliano de encendidas discusiones en el café La Iberia en La Carrera de San Jerónimo y en el Suizo, el Fornos y el Iris en la calle de Alcalá. Acudiría a los gallineros de los teatros, a los festejos populares, a los baratillos de Carretas€ Otro de los sitos más frecuentado por el ávido estudiante de vidas era el viejo Ateneo de la calle de la Montera, donde se conversaba de arte, se discutía de literatura y se vociferaba de política. Allí conoció a Castelar, a Francisco Silvela, a Ríos Rosas, a González Bravo.

Sus novelas exaltaron uno a uno los barrios madrileños, matizando sus expresiones autónomas y considerando su afinidad con la psicología de los personajes que las viven. Los escenarios que conforman su monumental novela Fortunata y Jacinta son todo Madrid. Desde los Depósitos de Lozoya, el Paseo de Santa Engracia, hasta la Inclusa; desde el puente de Segovia, hasta las Ventas del Espíritu Santo€Más de cien nombres comprende el callejero de Fortunata y Jacinta. Todo un universo novelesco. Unas mil quinientas páginas de texto. Sin duda su esfuerzo más ambicioso y la pretensión de revivir los ambientes madrileños más castizos: el de los menestrales de la Plaza Mayor y calles adyacentes, el de la clase comercial instalada por los mismos barrios, y el de las casas populares de vecindad. Y en ese ámbito sus más ambiciosas creaciones femeninas: Fortunata y Jacinta.

Fortunata es el instinto amoroso en su mayor grado de exaltación, que siente por un hombre inconstante en sus amores: Juanito Santa Cruz, señorito de nacimiento e inútil y ocioso seductor. Esta novela se subtitula Dos historias de casadas, porque la de Fortunata está ligada a la de Jacinta, la mujer de Juanito Santa Cruz, y amante de aquella. Galdós quiso representar en estas figuras dos clases de amor total y dos esferas del mundo madrileño: el amor exaltado y bravío frente al dulce y manso amor conyugal; la esfera de la acomodada burguesía comercial, representada por Jacinta, frente a la popular representada por Fortunata.

Menéndez Pelayo señaló que Fortunata y Jacinta produce la ilusión de la vida. El ambiente es auténtico y el pulso de la ciudad se manifiesta en mil pormenores: las tertulias, el correccional de mujeres, los modos de vivir y morir de gente que al vincularse crea una sociedad compleja, riquísima, constituyendo una recreación intensa y trascendente del mundo en que vivimos.

Galdós fue, como los grandes novelistas del siglo XIX, precursor de la psicología profunda. Como Freud con su método psicoanalítico, el novelista intenta investigar lo irracional, los caminos secretos de la mente humana. En Fortunata y Jacinta lo manifiesta: «Fortunata soñó aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta armadas de puñales (€) y amenazándola con darle muerte, le quitaban a su hijo. Después era Aurora sola la que cometía el nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dándole a oler un (€) pañuelo empapado en un mejunje (€) y, dejándola como dormida, (€), pero con aptitud de apreciar lo que pasaba. Aurora cogía al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera impedirlo (€) Despertó acongojadísima». Las tres mujeres presentes en el sueño están frente a Fortunata en distinta relación: Jacinta es la esposa de su amante; Aurora, su rival, la mujer que la sustituyó en los amoríos de Juanito Santa Cruz, y Guillermina es la «santa», interpuesta entre ella y Santa Cruz por razones morales y religiosas. Fortunata mira de manera diferente a las tres, pero en el sueño las identifica como enemigas, pues dos por la fuerza de las circunstancias y una por la pasión están destruyendo, tal vez, su imposible felicidad. En el sueño las tres aparecen armadas y las tres quieren privarla del hijo. Mas el subconsciente selecciona –a través del sueño– a Aurora como autora material del crimen.

Mauricia La Dura, en la segunda parte de la novela, sufre una alucinación: cree haber visto y hablado a la Virgen. Y esta alucinación persiste con tal vigor en la memoria y resulta tan plásticamente viva cuando la refiere a sus compañeras, las recogidas en el asilo de «Las Micaelas», que, contagiadas de su entusiasmo y su exaltación, creen en la realidad de la visión.

Mauricia La Dura a quien Brenan califica de personaje dostoyevsquiano, es enigmática y demoníaca, iracunda, con alternancias de mansedumbre que no sólo revelan a un tipo ciclotímico, sino a un alma desesperada y sin razones para vivir. Hacía falta en esta novela de vidas grises, la revelación del personaje de Mauricia disparándose a la catástrofe, para así mostrar la multiforme complejidad del mundo.

La demencia para Galdós es fuga a otro mundo, evasión de una circunstancia demasiado cruel y a la vez una forma desesperada de aferrarse a la vida. En Maximiliano Rubín se advierte esa significación de la locura. Se casa con la hermosa Fortunata, cuyas relaciones conyugales están condenadas a la frustración por su condición de impotente. Él se refugia en un sueño como salida a las inexorables embestidas de la realidad. Mas en su conciencia arde la lamparilla de la verdad, por eso puede sentir la infidelidad de su mujer, hasta el punto de enloquecer. Mas con la locura se protege de la insoportable verdad de su condición.

En los personajes galdosianos no faltan esos sueños que equivalen a «soñar despierto». En ellos entran parte de los inspirados por el deseo de algo que la vida les niega. Tal es el que protagoniza Jacinta, una mujer estéril ansiosa de tener un hijo. Y en un fugaz letargo sueña que una criatura lucha por meterle la mano en el pecho, buscando algo que ella bien querría darle. Pero cuando el niño tiene el seno junto a la boca, los labios no se mueven, porque la cara de la criatura es insensible, como una estatua, y Jacinta siente «el roce espeluznante del yeso€». El sueño expone el problema del personaje: su dolor por la esterilidad y el afán por salir de ella, por sentir que de su pecho mana leche para alimentar a esa criatura soñada. Pero el final del sueño revela la realidad: su carne no será fecundada y la criatura será yeso, estatua, polvo, nada€

Según Menéndez Pelayo, la grandeza de un novelista como Galdós proviene de su capacidad para forjar un mundo propio por donde los personajes transitan con la libertad y el desembarazo de quien pisa terreno propio. Con ese comentario del insigne hispanista quedan contestados los críticos que, como Unamuno, no encuentran poesía en las novelas de Galdós. Y es que algunos lo reputaron de grisáceo y vulgar, pero nadie puede discutir la claridad de su visión. Le llamaron vulgar por ser fácil en su complejidad.

Fueron leales amigos y admiradores suyos Pereda, Clarín y Menéndez Pelayo. La relación de estos cuatro escritores demuestra la eficacia de la tolerancia como virtud para la convivencia. Pereda, carlista; Menéndez Pelayo, católico militante; Galdós, liberal anticlerical, y Clarín, republicano, se reconocieron y estimaron siempre en el plano de la amistad porque se entendían y reconocían en el de la inteligencia. Mas cierta hostilidad procuró socavar su prestigio, pues el arte oficial obraba a impulsos de la envidia y el partidismo político, incapaz de reconocer la grandeza de quien no pertenece al grupo. En 1881 fue derrotado en el Ateneo y en 1883 en la Academia. Al fin, en junio de 1889, gracias a la ayuda de Menéndez Pelayo, fue elegido académico. Pero esa hostilidad nunca cesó por completo y en 1905, cuando de su pluma habían salido novelas equiparables a las mejores de la literatura española de todos los tiempos, numerosos sectores de la nación, entre ellos la Academia de la Lengua se negaron a apoyar su candidatura al Premio Nobel. Una vez más, los españoles movidos por la pasión política, fueron los primeros en luchar contra sus propios valores.

Ningún novelista español de su tiempo alcanza la grandeza de Galdós. Es preciso mirar hacia arriba, para encontrar aquellos con quienes en verdad podría igualarse: Balzac, Dickens, Dostoievski. Pero si queremos precisar la filiación de Galdós, será inevitable evocar el nombre y la obra de Cervantes. El tono sentencioso, la reflexión moral, la espiritualidad, la fe en una justicia superior y esa doble ternura con que el hombre se inclina sobre el dolor del amigo, son típicamente cervantinas y característicamente galdosianas. Más de quinientos tipos constituyen el censo de personajes de su obra, todo un universo novelesco en donde se sorprende el vivir, el sentir y hasta el respirar de la gente con mayor vigencia, verdad y vida que el que podamos apreciar en la fría atmósfera de la Historia.

*Pérez Ortiz es filóloga, catedrática y escritora

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