Crítica de arte

Picasso en el puente

"'Picasso. Registros alemanes' vuelve a demostrar que el malagueño siempre llegó una hora por delante"

25.10.2015 | 17:58
´Registros alemanes´, la nueva exposición del Museo Picasso.

Baudelaire inventó al héroe moderno. Un tipo observador y paseante, con la conciencia de las experiencias vividas que favorecen la trasgresión de las normas. Baudelaire lo convirtió en un poeta y Picasso lo encarnó pintor. El mismo espíritu, la misma actitud de autoafirmación, de búsqueda de una nueva concepción del lenguaje y su sensibilidad. ¿Puede un tipo así pasar desapercibido entre sus contemporáneos? Si Picasso fue siempre transversal en su obra ¿podía ésta no ser transversal con el siglo cuya producción artística contribuía a construir? Nadie discutirá que la imaginación plástica del malagueño convirtió el siglo XX en un museo de posibilidades. No es extraño entonces que su rebelde poética de la pintura, cruzando constantemente el puente entre la innovación y lo clásico, fuese un eco recorriendo las corrientes de su época, despertando afinidades estéticas de otros creadores y las instancias contrapuestas de otros. Incluso que él mismo fuese un puente que otros transitaron para encontrar su discurso en sintonía o en disonancia.

La sombra del impresionismo, la ambigua seducción entre Francia y Alemania, la huella de dos guerras mundiales y el necesario aire de renovación de todo principio de siglo simbolizaron los poderosos ladrillos de un pont des arts por el que cruzó el flaneur de Baudelaire y viajaron las vanguardias. En 1905 no había móviles. Tampoco internet. La información ilustrada era impresa o se exponía en galerías y en museos. Es necesario entender esto para comprender mejor lo que el visitante encontrará en la última exposición del Museo Picasso Málaga. Un fascinante viaje en torno a 19 excelentes artistas que cruzaron sus miradas en el espejo de Picasso y hallaron algo parecido a lo que vio el malagueño y sin duda la poderosa fuerza de su reflejo. No hay máscaras en la exposición. Tampoco un diálogo. Ninguno pretende conversar plásticamente, excepto el pintor malagueño con los maestros alemanes del Renacimiento. Nadie se identifica con otro. Cada uno se aproxima, mira, se desmarca, pinta. Y sin embargo en todos los casos son evidentes, muy evidentes pero con diferentes destellos, las mismas referencias: el arte africano, Matisse, Cézanne, Gauguin, Degas, el Greco, Goya.

Todas las exposiciones requieren tiempo y mirada. Pero Picasso. Registros alemanes lo exige mucho más. La riqueza de sus piezas, la coreografía plástica que conforman cada una de las secciones, la sutileza emocional que pespunta las diferentes propuestas frente a un mismo tema, demandan atención y deleite a la vez. El inesperado ensimismamiento en el tiempo interior de cada cuadro. El recorrido comienza con un punto de partida común: la exposición de Arte Negro del museo parisino de Trocadero en 1907 y en el de Dresde en 1910. Los principios de un texto creativo deben atrapar enseguida al lector dentro del relato o del poema. Es lo que sucede al descubrir la manera tan parecida de pintar y esculpir la antropología geométrica del movimiento, el misterio de lo totémico, el primitivismo erótico del exotismo. La máscara Munkuy y el autorretrato de Paula Modersohn-Becker, su cuadro de Lee Hoetger y la Cabeza de hombre de Picasso, el Desnudo femenino de pie de Karl Schmisdt-Rottluff y Mujer de pie de espaldas de Picasso, la tallada sensualidad de Mujer tendida de Ernst Ludwig Kirchner y Mujer de pie con la mano derecha en la cadera del malagueño. Casi un reflejo en el espejo que presagia los rostros de la feminidad que, después de los maravillosos trabajos de Emil Nolde y de Max Ernst que indagan en la figura, en la piel del dibujo y en la naturaleza de lo exótico como cartografía y escritura cifrada, encontrará en el apartado de retratos. Naila, Cabeza de mujer en naranja, Mujer en oro y Olga de Max Beckam, de August Macke, de Otto Dix y de Picasso, de frente y de soslayo, expresando el poder enigmático de la mirada de una mujer poliédrica, enigmática y ensimismada en su propia belleza. El color de la identidad, la psicología del secreto son hipnóticas. No hay fugacidad, sólo nobleza: la perfecta composición de Botticelli, el carácter en Bellini. La modernidad vanguardista de lo mirado como territorio.

Nadie nos ha bañado en el bosque como Cézanne. Ninguno como Gauguin nos ha vuelto a mostrar la libertad del paraíso perdido de Milton. Pocos como Degas nos enseñaron la intimidad reposada de un instante desnudo del agua. Presentes su maestría en Paisaje con bañistas de Otto Mueller, en Las dunas de Max Pechstein, en El bosque de Karl Schmisdt-Rottluff, en El Aseo de Erich Heckel y en La fuente de Picasso. Templanza y voluptuosidad. La subjetividad y la personalidad del trazo, el influjo cromático, la lírica emotividad de la composición escénica, la vibración de lo mágico. Cada gesto buscando una salida plástica de la realidad, un contrapunto dionisíaco e insurrecto de lo clásico. Mujeres para un poema de Rilke, de Max Jacob, de Cocteau, de Baudelaire. Es la época de la poesía del arte, de las relaciones que enriquecen las palabras como color, el dibujo como poema. La escritura y la imagen son una doble identidad del lenguaje. Pintores y poetas, bohemios de un mismo viaje, nómadas siempre en los caminos del arte. Una creación y una vida en la frontera. Ese viejo romanticismo que confluye en los gitanos del álbum de Otto Mueller –africanismo en eco, de nuevo la naturaleza salvaje– y Los saltimbanquis de Picasso. Otras figuras de nuevo en un mismo espejo donde coinciden los acróbatas de Max Beckam y Kirchner, poéticos, dramáticos, el heroísmo anónimo de los desclasados. El circo bien vale siempre la ágil espontaneidad del dibujo en el aire, el perfecto equilibrio de un cubismo con curvas en blanco, la canción escénica de un programa de fiesta. Los jinetes azules de Kandinsky en la misma pista circular que la pareja sobre caballo En el circo de Picasso.

La guerra

Goya desgarró en negro su aquelarre y su drama. Su grito atraviesa los siglos posteriores heridos por su dolor. Enjauló Picasso su calavera y convirtió su Vánitas en piedra. En su misma línea los impresionantes aguafuertes de Otto Dix, y Lección para generaciones venideras de George Grosz. Silencio, respiración y rechazo. No podía terminar así la exposición. Y su mejor sabor de boca es de nuevo el flaneur que transita la Historia de la pintura, las voces plásticas de los maestros de la belleza para interpretarlos en una lúdica metamorfosis de conocimiento, técnica y divertimento. Venus y Cupido, David y Betsabé, Lucrecia, los retratos de mujeres de Lucas Cranach el viejo y el joven. Picasso frente a ellos ejerciendo su habitual juego de apropiación y transformación del modelo que le inspira; genial, transgresor, innovando desde el clasicismo al que le da una vuelta de tuerca a la francesa con su poética rebeldía de la pintura. De nuevo cruzando el puente. Una exquisita exposición que vuelve a demostrar que Picasso siempre llegó una hora por delante.

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