Crítica | Festival de Jazz

Encuentros en la tercera menor

El segundo día del Festival Internacional de Jazz de Málaga resultó un encuentro en la tercera fase gracias al Ernesto Aurignac New Quintet

11.11.2015 | 19:27

El segundo día del Festival Internacional de Jazz de Málaga, más que un segundo encuentro con el jazz, resultó un encuentro en la tercera fase gracias al Ernesto Aurignac New Quintet. Y es que la intro de sintetizadores del teclado Nord Stage Rojo de Roger Mas hizo de mando de controles de la nave y preparó a todo el Cervantes para un inminente amerizaje.

Yo iba algo predispuesta para la ocasión, puesto que el título del disco, Anunnakis, me sugería que algún plan de éstos era posible. Para ello invité a mi amiga Luisa-María Linares, fantasiosa escritora de novelas románticas, como inspiración para este texto. Sabía que hacía poco que se había echado de ligue a Carl Sagan y que se lo traería al concierto, ya que él es un apasionado del jazz. Qué mejor guía que Carl en caso de un posible viaje interestelar por el cosmos. Los tres nos agarramos al palco, el teatro empezaba a vibrar muy fuerte. Los motores percusivos de Joao Lopes Pereira se arrancaban bajo las turbinas del bajo de Dee Jay Foster, la guitarra de Jaume Llombard programaba la ruta por el hiperespacio, Roger Mas ya estaba en los controles superiores del piano de cola y Ernesto Aurignac al saxo alto, el timón dorado que dirigía la nave. En el techo del teatro, Mefistófeles abría la escotilla que citaba «En honor a las Bellas Artes» para dejarlos ver el cielo, en un contraste maravilloso con el lienzo de Ferrándiz. Cuando pasamos por un campo de meteoritos bebop, tuvieron que cerrar la escotilla porque alguna señora del publico estaba mareada y era mejor mirar al frente. Allí en el escenario, Aurignac lanzaba notas con fuerza destruyendo los meteoritos a su paso, consiguiendo controlar la situación con maestría y con la gran ayuda del copiloto Llombart. Más tarde pasamos por paisajes más relajados, y pudimos disfrutar de maravillosas baladas, ritmos de samba e incluso nos dio tiempo a hacer una parada en la órbita de venus, y reencontrarnos con Thelonious y Ornette. Carl no desperdició la ocasión para subir al paraíso o marcarse un baile en platea con Luisa-María, y yo, sola desde el palco, podía ver que el publico estaba encantado.

Ruta. Pero el comandante Aurignac nos advirtió de que en el próximo tema, y según la ruta marcada por el disco (...igual que en televisión, interrumpo la emisión de este articulo y aprovecho la ocasión para recomendar Anunnakis como un estupendo regalo navideño para familiares y amigos...) íbamos a tener que pasar por el inframundo donde un Fausto medio marciano nos haría de guía. Algo raro nos tuvieron que poner en la bebida que nos recomendó este cicerone anunnaki, porque todo el teatro al unisono se puso a corear: «somos monguis, todos somos monguis, es sensacional».

Al llegar a la estratosfera los efectos lisérgicos aún continuaban pero me despertó la palma de un aplauso. Y allí estaba yo de pie en el palco, con el circulo del cíngulo un poco girado. Poco a poco me fui despertando y ya en la puerta, con mi disco en la mano (¿les he dicho que pueden adquirirlo en Discos Candilejas?), volví a casa flotando y pensando que este viaje no había estado nada mal para ser un martes.

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