Vida y milagros de un zurdo

El país de los prodigios

05.12.2016 | 21:14

Los españoles tienen un oído fino para las conversaciones que no les conciernen y ningún reparo en interrumpirlas para exponer su opinión, que cada cual da no sólo por buena, sino por definitiva». Palabras del Eduardo Mendoza, flamante Premio Cervantes. Si esta frase la editaran y la pusieran en bucle en las televisiones, seguramente se levantaría una campaña para no comprar sus libros, que por desgracia los que no lo comprarían tampoco le harían mucha mella a su editorial, porque con boicot o sin él no creo que sean muy asiduos a librerías.
La forma en que saltan las espoletas de los patriotas que se enroscan como un flamenquín en su bandera, tiene mucha similitud con la típica conversación de dos señoras en el mercado:

–Mi marido no hace nada en casa, los platos hasta arriba y la ropa tirada por todas partes.
–Es verdad, tu marido es un poco dejado.
–Oye, tú, ¡con mi marido no te metas! ¡El tuyo sí que es un flojo!

Si pusieran el mismo empeño, rabia y desmesura que han demostrado con Fernando Trueba, llamando al boicot masivo a su nuevo filme, cuando realmente hace falta movilizar la calle, cuando realmente no hacen daño a su España si no a los españoles que la forman seríamos el país número uno.

Cuando clavamos la rodilla en Europa, cuando los patriotas del Gobierno nos funden con leyes y recortes que son de vergüenza internacional, cuando las eléctricas le cortan la luz a familias sin recursos, cuando ven la tasa de suicidios de gente que ha perdido sus casas, cuando ven la cantidad de corruptos que hay imputados, cuando ven las cifras de paro y la calidad de los contratos, trabajando más horas que un reloj y cobrando cuatro duros, cuando ven a sus hijos que van a tener menos futuro que sus padres, donde están esos patriotas, ¿no les duele esa España, no les duele lo que están pasando sus compatriotas?

El insensato de Fernando Trueba probó a hacer chascarrillos a costa de su país, sin tener el menor sentido de la realidad en la que vivimos, pues con un simple vistazo a las redes se puede ver la rabia y la cerrazón que nos rodea; una opinión vertida en ella, puede convertir tu muro en una guerra sin cuartel, con gente que ni conoces, que te tratan de convencer, insultar y después seguir haciendo campaña contra todo el que se cruza.

La madurez emocional/intelectual para escuchar una opinión que se aleje de las certezas del individuo sin que se lo tome como un insulto personal es cortita. La información cada vez más sesgada, sin comprobar su veracidad, el ataque fácil e inmediato, no tener la oportunidad de complementar las noticias con más información que clarifique y dé contexto a declaraciones nos lleva al desastre. Decía el viejo Clint Eastwood que vamos camino de una sociedad adolescente, reposada entre los algodones de lo políticamente correcto. Todo eso conlleva a una falta de libertad de expresión y de libertad en general, pensarte dos veces o tres lo que vas a expresar con sumo cuidado y rezar porque no te linchen sin que de tiempo a explicarte. Lo más detestable en la historia no viene de la desobediencia, sino de la obediencia incuestionable.

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