Crítica de teatro

La radicalización de los extremos

20.01.2017 | 05:00

Serlo o no. Para acabar con la tristeza judía

  • Autor: Jean Claude Grumberg.
  • Dirección: Josep Maria Flotats.
  • Intervienen: Josep Maria Flotats y Arnau Puig.
  • Lugar y fecha: 18 de enero, Teatro Cervantes

¿Es usted judío?, le pregunta al vecino del cuarto el del bajo en un encuentro fortuito en el rellano de las escaleras. Así comienza Serlo o no. Para acabar con la cuestión judía, con Josep Maria Flotats y  Arnau Puig. La preocupación del copropietario, un hombre con un nivel bajo de formación, un burro, pero buena persona, viene más por el acoso que ejerce sobre él su señora al enterarse por internet de que el de la planta superior es judío y los posibles peligros que puedan sobrevenir de esta circunstancia. En realidad, a él parece importarle poco, pero prefiere saldar la cuestión para que su cónyuge le deje en paz. Sin embargo y tras la respuesta, comienza a activarse un interés que viene dado más por las contestaciones poco clarificadoras que por la necesidad de información auténtica.

El personaje de Flotats es el de un francés de origen judío que se declara ateo pero cada vez más judío. Esto no le cabe en la cabeza al del bajo. Y en ese proceso en que los interrogatorios comienzan a dejar de ser casuales y empiezan a ser buscados las respuestas se van sucediendo con cierta pedantería culta del de la planta superior, que provoca aún más la confusión en este pobre hombre. Curiosamente, la indagación les llevará a él y su señora a probar los tópicos propios de esta religión y poco a poco a una radicalización y el convencimiento de adoptar la religión como verdad en sus vidas. Tenemos no una cuestión judía si no una exposición de los extremismos. Ahora es el neófito el que defiende hasta la médula su nuevo culto, pero con un apasionamiento que ya no le permite ser objetivo, más bien se convierte en un sumiso defensor de unos parámetros comunes y básicos pero que le dan la posibilidad de entenderse como ser humano en un mundo que hasta ahora no le ha mirado directamente a la cara. Ahora él tiene una razón para vivir y una postura para defender. Ambos intérpretes, en un decorado minimalista, pero efectivo, que representa esa escalera del edificio en que se cruzan sus vidas, por la que uno desciende mientras el otro sube para concurrir, representan a la perfección el carácter de sus personajes y su evolución. Flotats tiene además un largo monólogo final, tremendo como actor, muy cercano al espectador y en el que demuestra una vez más el dominio que tiene del escenario y del público. Esta comedia arranca con una pregunta sencilla que se complica por las circunstancias hasta una situación inesperada pero esclarecedora. Ése es el logro del dramaturgo.

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