Análisis

´La industria de las ideas, de la felicidad´ por Lucas Martín

Las palabras del consejero de Turismo reflejan el viraje del turismo, cada vez más alejado de la foto de la piscina y los platos

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Un turista fotografía un edificio del Centro.
Un turista fotografía un edificio del Centro.  Juan I. Mozos

Lucas Martín «El turismo es la industria de la felicidad». Del kilo de sardinas a la idea de relajación. De la visión celeste, que diría Larrea, de las piscinas al paradigma del cuerpo mojado y la sensación refrescante de comodidad. Aparentemente es lo mismo, pero el cambio va más allá de la coquetería del lenguaje. El turismo se mueve y lo que vende ya no es lo que vendía, aunque, en el fondo continúe con la materia prima de los baños del sol y la despreocupación.

El sector se ha espiritualizado, de un modo cada vez más evidente. Ha dejado de comercializar con bienes para inyectar servicios, prescinde de la zanahoria para juguetear con la impresión del mordisco y de la carrera con el burro o, dicho de otra forma, ofrece un conglomerado de diversiones que, si bien se asientan en muchos productos, constituyen un placer de otro orden, una sensación, el único idioma capaz de conmover a un turista que ya no se conforma con una toalla y un climatizador de serie media, sino que demanda estímulos en todas direcciones, ciudades, sí, pero también ideas de ciudad.

«El turismo es la industria de la felicidad». Lo dijo ayer Luciano Alonso, consejero de la Junta de Andalucía, y la idea sintetiza el cambio de modelo, las carreras y los tropezones del sector, y también de la Costa del Sol, hasta llegar a las reglas modernas, a un futuro que siempre estuvo ahí, como refuerzo lógico de una sociedad cada vez más interesada por las necesidades del espíritu, por más que cuesta plegar a éste lo que muchos entienden por viajar.

En su cita de ayer con los empresarios, Alonso aludió también a los «valores intangibles» y es precisamente ésa la signatura de los tiempos. De poco sirve contar con catedrales melancólicas o museos ajustados con espátula en la vorágine de bares y restaurantes si no se estilizan con una marca global en las que las connotaciones reboten una y otra vez sobre el suelo de lo canónicamente atractivo, la seguridad, la comodidad en las comunicaciones, la autenticidad. Ha llegado el momento de inventarse los destinos, de fabular. Y no podía ser en otro momento más necesitado de imaginación. Especialmente en el sector y especialmente junto al mar.


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