Escribir con miedo

18.07.2008 | 02:00

Juan José
Millás

Hay días en los que tras la lectura del periódico resulta difícil ponerse a escribir sin miedo. Sin miedo en el cuerpo (dónde si no). Un Estado incapaz de evitar que un asesino ocupe el piso de al lado de una de sus víctimas es un Estado que da miedo por inútil, por impotente, por estéril, por lelo, por incapaz, por tonto, por inhábil. Las declaraciones acerca de que se están buscando mecanismos para que la situación no llegue a producirse producen pánico. ¿Cómo que se están buscando mecanismos? ¿Están ustedes bien de la cabeza? Si esos mecanismos no existen (lo que resulta increíble), se crean al instante, ya, se convoca un consejo de ministros extraordinario, se redacta un decreto, se detiene la realidad hasta dar con la solución. Uno no sabe crear mecanismos, uno no es político, ni jurista, ni subsecretario. Pero uno sabe que un asesino no puede instalarse en la letra B si una de sus víctimas vive en la letra A. Y si eso ocurre, esto no es un Estado, es otra cosa cuyo nombre les ahorro.
Hay días en los que escribimos con miedo. Si una empresa inmobiliaria, una sola, es capaz de arrastrar en su caída a la Bolsa, a un montón de compañías constructoras que trabajaban para ella, a la banca, a miles de trabajadores y a miles también de compradores que habían puesto sus ahorros en la compra de una vivienda que quizá no recibirán, Martinsa no era una compañía inmobiliaria, señores, Martinsa era medio Estado (el otro medio es el que no sabe cómo evitar que el asesino de Baglietto tenga un negocio debajo de su viuda o que De Juana Chaos viva en la letra B, cuando en la A vive una de sus víctimas).
Escribir con miedo. Uno escribe con miedo porque ha visto el telediario, ha escuchado las noticias, ha leído los periódicos y de todo ello deduce que no vive en un Estado fuerte, sólido, macizo, sino en una especie de cayuco al que amenazan olas de siete metros. Ni siquiera sabemos cuánto durarán las existencias, cuánto durarán el pan y el agua, cuánto la travesía, porque los encargados de racionar los alimentos y de llevarnos a puerto hablan con media boca, transmiten, al ser entrevistados, incertidumbres, dudas. Por eso en días como hoy escribimos con miedo.

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