La resaca de la fiesta

23.07.2008 | 02:00

Fernando Jáuregui

Se comprende mal la iniciativa, emprendida sin duda en solitario por Zapatero, de celebrar ayer un mitin con la ´familia socialista´ para conmemorar los cien primeros días de un gobierno, que nada tienen de cien primeros días ni de nuevo gobierno. Ni tampoco debería tener nada de celebración: el triunfalismo presidencial parece no captar el estado de irritación de cientos de miles de españoles afectados en sus bolsillos por una crisis económica que, aunque no pueda achacarse a la acción gubernamental, a todos nos ha hecho algo más pobres (y lo que nos viene encima). No estoy seguro de que la opinión pública esté para muchas celebraciones, la verdad.
Claro que no es original este escepticismo ante el acto de exaltación zapateril. Ni seré el primero en decir que ese acto, de autobús y bocadillo, ha sido inoportuno. No conviene tentar constantemente a la suerte. Y ZP, da la impresión de que cada día más alejado de la temperatura de la calle, ha empezado a jugar a la ruleta rusa, deporte apasionante, pero de riesgo cierto. Puede que los editoriales de los periódicos, las voces en las tertulias radiofónicas, no constituyan un termómetro seguro. Como tampoco lo son siquiera los sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas, pero a La Moncloa debería resultarle alarmante que, excepto un puñado de entusiastas que viven de serlo, exista bastante unanimidad a la hora de criticar algunas actitudes gubernamentales de estos cien días. No todos pueden equivocarse a la hora de advertirte de que te equivocas. Pero eso está comprobado que es difícil advertirlo cuando se entra victorioso en una segunda legislatura: les ha ocurrido a otros antes que a ZP.
Aunque le falte formación, Zapatero no es un político desdeñable: tiene temple, sentido de los tiempos, valor y un cierto sentido común. Y aguante: no había sino que ver el estoicismo con el que soportó este domingo la ´bronca´ de Montilla en la clausura del congreso del PSC. Ni siquiera recordó al muy polémico president catalán que en las últimas elecciones le votaron a él, Zapatero, y no a él, Montilla.
Además, ZP está rodeado -con excepciones y ´excepcionas´- de un buen equipo: Rubalcaba, que vuela a su aire y detiene a terroristas; Solbes, a quien Sebastián no deja remontar el vuelo; Corbacho, la gran revelación; Moratinos, mucho mejor de lo que pregona su leyenda; Elena Salgado, rigurosa y Carme Chacón, que para mí -y para muchos- es una firme promesa de futuro, quién sabe si, efectivamente, el relevo. Y, por supuesto, la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, con todos los claroscuros que usted quiera. Los demás, para mí, con una sola excepción que estaba cantada, al menos aprueban. Aunque sigo teniendo serias dudas acerca de la trayectoria del titular de Industria, Miguel Sebastián.
También pienso que ZP resolvió bien su congreso, que fue triunfal como era de esperar. Tiene al partido en orden de combate, al gobierno aún no quemado (aunque lo estará pronto en su área económica, sin la menor duda), al Parlamento bastante sumiso (si bien ya se han dado varios episodios de soledad del grupo socialista frente a todos los demás). Y tiene una oposición que ahora es razonable, en Madrid, en Cataluña y en el País Vasco.
No puede, no debe, desaprovechar esta oportunidad de construir país. Es mucho más importante para el conjunto de los españoles que Zapatero establezca unas reglas del juego con Rajoy, en su encuentro con él dentro de unas horas, que con Montilla, por poner un ejemplo. Si el president de la Generalitat está descontento con el ´sudoku´ imposible -sobre todo, por la posición del Govern catalán- que teje Solbes, qué le vamos a hacer; es él frente a los demás. Si amenaza con segregar a los diputados del PSC de los restantes parlamentarios socialistas, que lo haga. Suponiendo que se atreva, claro.
Es este un tema del que, me parece, también tendrá que hablar ZP con Rajoy: el afianzamiento del Estado y del territorio. Puede que los ´populares´ tengan que contribuir, al fin, a sostener el barco ante los embates frontales del lehendakari, por un lado, y de las almibaradas amenazas del molt honorable, por otro. Siento mostrarme tan contumaz, pero siempre, desde bastante antes de las elecciones, me pareció que hubiera sido conveniente que España hubiese afrontado estos tiempos de zozobra con un sólido pacto, quién sabe si incluso con un gobierno de gran coalición, entre los dos principales partidos nacionales. No pudo ser, pero aún están a tiempo de llegar, al menos, a acuerdos de amplio alcance.
Claro que para eso se precisan altura de miras, generosidad y potencia de ideas. Poco que ver todo ello con celebraciones partidarias de corto alcance conmemorando falsas efemérides. Un error de estrategia, a mi modo de ver.

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