Zapatero, décimo aniversario

 

Carlos Carnicero Una década en este mundo cibernético y globalizado es casi una eternidad. Y hace diez años que José Luis Rodríguez Zapatero, un anodino diputado socialista oriundo de León, por una de esas jugadas de carambola de la vida, llegó a la secretaría general del PSOE. Ocurrió después de años de una profunda crisis provocada por la pérdida del poder, la ruptura de relaciones entre Felipe González y Alfonso Guerra y la bicefalia promovida por una sorprendentes primarias entre Joaquín Almunia y José Borrell: todo un universo convulso que presentó en batalla congresual a José Bono y a José Luis Rodríguez Zapatero, con Matilde Fernández y Rosa Díez en papel de teloneras.
El actual secretario general del PSOE y presidente del Gobierno ganó el congreso sólo porque lo perdió José Bono: el rechazo promovido por el actual presidente del Congreso de los Diputados activó una fuga organizada de votos guerristas hacia el novel candidato. Luego los méritos se confunden con las oportunidades y la suerte. Las elecciones del 14-M promovieron la sorpresa de la victoria de Zapatero, que repitió éxito en el 2008. Con la audacia que permite lo inesperado, los golpes de efecto y la apertura de todas las cajas de los truenos marcó el principio de su ejercicio de poder: abandono precipitado de Irak, apertura de negociaciones con ETA, y movida de tablero en el mapa autonómico. La historia juzgará esta década, pero los datos objetivos indican un avance muy importante en derechos civiles y una convulsión profunda en crisis superpuestas en la estabilidad de España. El problema catalán, que parecía encauzado hace media docena de años ha sobrepasado todas las expectativas de eclosión, sorprendentemente por una iniciativa socialista: la elaboración de un estatuto de autonomía nuevo, que ha sido el único ejemplo de una iniciativa de este tipo sin consenso de los partidos. La negociación con ETA se salvó precisamente porque ETA rompió la baraja y promovió la posibilidad de que los aciertos políticos y los éxitos policiales hayan colocado al Gobierno socialista en las puertas de terminar este problema histórico. Económicamente, España se ha ido hacia abajo sobre todo por el pinchazo de la burbuja inmobiliaria en medio de una pavorosa crisis internacional: las expectativas son todo menos esperanzadoras y España, que acaba de salir de una presidencia europea atormentada, tiene menos peso en el mundo. Mientras un PSOE desdibujado, parece huérfano de toda capacidad crítica en manos de quien se ha constituido en césar más allá de los parámetros históricos de Felipe González. Para ocurrir todo esto en diez años, no está nada mal.

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