A media voz

Dedicación poco exclusiva

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Jesús Aguado Si un temporero de la fresa decide, a media mañana, irse a atender un chiringuito de la playa, pretendiendo cobrar el total previsto por ambos trabajos, no sólo no lo consigue sino que le despiden de ambos. Si un profesor de instituto deja la clase después de veinte minutos para irse a atender el estanco de la familia, le quitan su plaza. Si un director de sucursal bancaria utilizara su despacho no para atender clientes sino para escribir una novela policíaca, sería fulminado por sus superiores. Si un socorrista deja su puesto para coger coquinas, que luego venderá en los restaurantes de la zona, es probable que, de ahogarse alguien dentro de su horario laboral, acabe en la cárcel. Si un solista deja el escenario donde canta para vender perritos calientes a la salida de ese mismo teatro, no sacará el sobresueldo previsto sino insultos, algún golpe y la pérdida de la parte de la taquilla que le correspondiera por su actuación.

Pero si un alcalde es también diputado, cobrando altos sueldos y dietas por ambas ocupaciones, o si un diputado es, además de poseedor de un escaño obtenido gracias a los votos de la ciudadanía, consejero de una empresa, miembro de un bufete de abogados, catedrático de universidad, empresario, tertuliano de una radio o escritor de sesudos tratados de química, todo lo cual le exigirá decenas de horas de concentración esforzada y que facturará completo, eso no parece extrañarles ni a ellos ni a los que les hemos elegido.

En el Congreso de los Diputados sólo 33 de los 350 de sus señorías tienen dedicación exclusiva. En el Parlamento Andaluz casi la mitad de sus diputados no tienen dedicación exclusiva, además de haber más de 30 de ellos que ejercen como alcaldes o concejales de sus localidades. Hay casos espectaculares en los que nuestros representantes públicos (los mismos que nos están imponiendo recortes de todas las clases, la mayoría esenciales como la salud y la enseñanza, y a los que se les llena la boca con la palabra austeridad) cobran por dos cargos diferentes, más sus correspondientes dietas, cobran por los cargos que ejercen dentro de su partido político, cobran como particulares por la profesión que tengan, y cobran, bajo cuerda, en especie por favores concedidos o concedibles (trajes, coches, cruceros, bolsos, fincas, etc.).

Lo que quiere decir dos cosas: que ser diputado o alcalde es muy fácil, ya que con unas cuentas horas al mes se solventan los asuntos pendientes, lo cual deja mucho tiempo libre para dedicarse a ganar dinero por otro lado; y que los que no somos alcaldes, diputados ni ningún otro cargo público, teniendo que contentarnos con un único sueldo miserable (y una dedicación exclusiva feroz), con el paro o con nada, o los que sí lo son sin aprovecharse de ello para cobrar dos veces, somos tontos. También podría querer decir que los diputados y alcaldes que combinan sus altas remuneraciones con otros trabajos también generosamente remunerados no hacen bien su trabajo (sus trabajos), razón que podría ser suficiente para despedirles, para no volverles a votar.

Lo peor de todos es sus señorías, las que caben dentro de este apartado de sueldos multiplicados por arte de magia, no sólo no tienen mala conciencia sino que se sienten moralmente satisfechos consigo mismos. Al parecer, nos hacen un gran favor siendo a tiempo parcial diputados, a tiempo parcial alcaldes o concejales, a tiempo parcial picapleitos y, un puñado de ellos, a tiempo parcial algo más feo que no me atrevo a escribir. Cobran mucho por asuntos a los que se dedican poco, pero lo hacen por nuestro bien: para que no nos cansemos de ellos, para que nos demos cuenta de que no mandan ni legislan (para eso están los mercados y las instancias supranacionales), para que el dinero fluya por las manos de los que entienden de dinero (porque qué desastre sería que el dinero acabara encerrado en las huchas mohosas de los que conocen los arcanos de su volatibilidad universal), para que de manera subliminal recordemos que, por más que creamos vivir en una democracia, vivimos, de hecho, en un sistema de castas. Qué vergüenza.

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