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JOSÉ RAMÓN MENDAZA La Manzana Verde | Si hay algo que no se le puede reprochar al Ayuntamiento de Málaga es su permanente esfuerzo porque no caigamos en la apatía, su afición a ofrecernos ideas que dibujan una ciudad futurista. Nada más empezar la semana lanzaron el proyecto de la Manzana Verde en El Duende. A primera vista parece que se va a construir una simple urbanización con su correspondiente zona ajardinada. Nada más lejos de las intenciones municipales, que lo resumen así, en un lenguaje un tanto hinchado: «Se trata de un ambicioso proyecto que pretende configurarse como un modelo piloto en Europa de integración social y territorial en un mismo ámbito espacial, siguiendo la estela de las ciudades clásicas mediterráneas, compactas y complejas, frente a los modelos urbanos dispersos y difusos». Una mezcla de tipos y usos residenciales, comerciales, terciarios, de equipamiento comunitario y de zonas verdes, dónde, además se aplicarán sistemas de eficiencia energética, de ahorro de consumo de agua, de recuperación óptima de recursos y de nuevas tecnologías de la información y el conocimiento (I+D+i). Es decir, una apuesta por restringir el paso de vehículos en favor de los espacios de juego infantiles y los jardines en una zona deprimida de la ciudad. Nada nuevo bajo el sol, si tenemos en cuenta que esta es la tendencia natural que impera en Europa –con Alemania y Finlandia en vanguardia–, pero hay que ver lo bien que lo presentan. No obstante, es una noticia que ha pasado casi inadvertida en una semana convulsa entre los recortes y esfuerzos en sanidad y educación que reclama Rajoy y los safaris del Rey, pero que realmente es un buen intento por arrancar de la marginalidad un territorio que vive ajeno al resto de la ciudad. Una Manzana Verde, como pretendido símbolo de la modernidad urbana, que obligaría a su entorno a regenerarse y a mejorar su imagen. El problema, como en tantos otros proyectos plasmados en papel, será la falta de financiación para llevarlo a buen término.

Málaga en un valle | Volviendo al uso del engorroso lenguaje administrativo, es obligado estar atentos a esa especialización municipal por la hipérbole y el adorno con la que últimamente prologan algunos de sus actos para darles, suponemos, una mayor personalidad y empuje mediático.

Esta tendencia también se vio el miércoles pasado en la presentación de la XII reunión bianual del Club Málaga Valley, dedicada al transporte aéreo. Los honores los hizo Javier Cremades, organizador del evento y creador de frases para el recuerdo. En su cruzada por poner a Málaga en el mapa mundi de las tecnologías de la comunicación y difundir a los cuatro vientos sus excelencias como destino de inversiones de I+D, no tuvo reparos en comparar la iniciativa con el acelerador de partículas de CERN, aquel que en Ginebra intentó recrear una situación similar a los instantes posteriores al Big Bang y que abrió las puertas a una nueva fase de la física moderna. Un acelerador, siguiendo su argumento, que convertirá a la ciudad en una zona de referencia tecnológica en Europa. Y abundó aún más en su empeño por dejarnos perplejos: «Málaga está más preparada que nunca, no es cuestión de cifras, sino una realidad emocional». No me digan que no es un prodigio de imaginación, incluso de fe. Pero su acierto no es estético, el mérito no llega de la mano de su oratoria ampulosa. La habilidad o el tino de Cremades es ser consciente de que necesitamos creer en algo en medio de este huracán de frustraciones que ha levantado la crisis económica, y la idea de Málaga como un polo activo tecnológico o ecosistema de innovación capaz de atraer la mirada de las grandes empresas del sector es algo por lo que merece la pena rezar. Son ya seis años de reuniones bajo el paraguas del Ayuntamiento y a pesar de que todavía no se ven resultados tangibles, digamos financieros, sí es cierto que Málaga se está reconociendo como un punto de encuentro internacional de empresarios del sector, que no es poco. La cena previa a la reunión del miércoles congregó en el castillo de Santa Catalina a cerca de un centenar de empresarios representativos (Google, Alcatel, BlackBerry..., además de meritorias firmas locales), una masa crítica suficiente para mantener esperanzas en la iniciativa. Al día siguiente se abordó el objeto de la reunión, el mundo de los aviones, y tuvo tres ponentes de relumbrón: el presidente de Vueling, Josep Piqué; el presidente de Iberia-British Airways, Francisco Vázquez; el presidente de Amadeus, Luis Maroto; y el director general de Aena Aeropuertos, Javier Marín San Andrés.

Al margen del oropel de nombres y empresas, hay un detalle que abre las puertas a un mayor desarrollo al Club Málaga Valley. El mero hecho de no celebrarse en el Ayuntamiento, sino en el teatro Echegaray –no por simples razones de espacio como aduce la casa consistorial– simboliza una apertura al resto de la sociedad malagueña, sobre todo al empresariado local. El alcalde, Francisco de la Torre, parece que ya ha metabolizado la idea de que no debe patrimonializar la iniciativa, aunque siga teniendo un papel fundamental en ella. Sería una equivocación pensar solamente en recoger réditos políticos del efecto del Málaga Valley sin tener una visión más amplia de futuro para la ciudad, una tesis de parte del entorno del alcalde. Aunque haya surgido de la iniciativa política, hay que considerarlo como un proyecto empresarial y trabajar porque no llegue a parecer una simple operación de imagen. Siempre les quedará el retrato de familia en las escaleras del Ayuntamiento, aun a riesgo de que sea la foto, y no la reunión bianual, el objetivo de algunos de los retratados.

Por quién suenan los teléfonos | Griñán buscaba una coalición de Gobierno con IU que le garantizara una legislatura estable y al final los dos partidos han cerrado un pacto, un acuerdo programático para los próximos cuatro años. Sin embargo, todavía no se han puesto de acuerdo en el reparto del poder, que es el motivo por el que arden los teléfonos. Recortará el número de consejerías, probablemente a diez, lo que dejaría al menos un par de ellas a Izquierda Unida y las ocho restantes serían una para cada provincia. Sin embargo, es poco el pan que hay y demasiadas las bocas a contentar. Se baraja incluso aparcar el reparto provincial en favor de la mera idoneidad del consejero, pero es una idea que el PSOE no se atreve a poner en marcha porque sacude directamente a la estructura y aspiraciones de las direcciones provinciales y a la misma cohesión territorial andaluza. En este rompecabezas parece claro que Cultura desaparecerá para integrarse en Turismo o en Educación y que Asuntos Sociales podría disolverse y ser absorbida en parte por Sanidad. El resto de esta consejería la quiere el futuro vicepresidente Valderas, igual que Agricultura o Medio Ambiente.

En lo que se refiere a la cuota de Málaga, el actual consejero en funciones de Turismo, Luciano Alonso, tiene todas las papeletas para continuar en el Gobierno andaluz. En este contexto, Izquierda Unida, que guarda en el portavoz municipal de Málaga, Pedro Moreno Brenes, uno de sus valores más firmes, tendría difícil aumentar la cuota malagueña en el gabinete de Griñán, máxime cuando ya se sabe que el coordinador provincial de la coalición, José Antonio Castro, ha sido nombrado portavoz adjunto en el Parlamento de IU.

En un futuro gobierno de coalición quien estará bajo un permanente examen público será IU, que se juega su credibilidad. El PSOE, por el contrario, se oxigenará con el pacto y empezará la carrera por recuperar el electorado perdido.

Izquierda Unida apostó por regenerar la vida política y sus votantes esperan resultados, acciones decididas contra la corrupción y el enchufismo. Necesitarán demostrar que son consecuentes y para eso, lo primero que están haciendo es alejarse de la tentación del regate corto, de ofrecer un triste espectáculo como el que dio en su día el PA, cuyo ideario para un pacto con el PSOE fue enganchar el máximo posible de poltronas. Podría decirse que ese entreguismo sin concesiones a cambio de un sillón acabó dinamitando el apoyo de su electorado.

La coalición de izquierdas, que nunca ha tenido tantas posibilidades de gobernar como ahora, contiene sus emociones y lucha también por desprenderse de ese estereotipo, caricaturizado por sus adversarios, de parias de la tierra. Hay sectores en el PSOE de viraje ideológico a estribor y cercanos al empresariado andaluz, que temen a los desalambradores de fincas, algo de lo que también es consciente Valderas. Y aquí es donde encajaría el perfil del malagueño Moreno Brenes, un hombre que concita unanimidad entre quienes lo conocen: es un trabajador serio y riguroso y un político responsable y coherente. Profesor universitario, comunista convencido, católico practicante y gran conocedor de la administración con una visión nítida de lo que es el servicio público. Pero los dos partidos tienen sus manías y los teléfonos hierven con aquello de qué hay de lo mío. Ya sólo se piensa en el reparto. No hace demasiado tiempo, en Izquierda Unida – y en Málaga hay ejemplos–, un currículum académico y profesional como el de Moreno Brenes era para muchos un demérito. Veremos hasta dónde ha evolucionado la coalición.

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