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Cuaderno de mano

Economía inmoral

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Guillermo Busutil El 28 de octubre de 1982 el partido socialista obrero español llegó al gobierno y muchos recordarán la célebre frase de Alfonso Guerra «vamos a poner a España que no la va a reconocer ni la madre que la parió». Treinta años más tarde, el partido que procuró libertades y sueños está atrapado en la UVI política, entre el egotismo de las diferentes ambiciones de su cúpula, el deterioro de su discurso hipotecado y el miedo a enfrentarse a un duro proceso de deconstrucción que le permita recobrar la confianza perdida de sus bases, de la ciudadanía simpatizante y de la izquierda ilustrada. Treinta años después, la frase de Guerra se ha convertido, a pesar suyo, en el apocalipsis de la clase media. La misma que, durante todo este tiempo, se dejó la piel por alcanzar justas conquistas sociales y el progreso del país. Un segmento actualmente castigado, desclasado y humillado. Y un país que, junto a Grecia, Italia y Portugal, está a punto de convertirse en la China de Europa. La vieja cultura mediterránea, oráculo del pensamiento, del arte, la palabra y la democracia, ha sido abatida a bocajarro por la economía Luger alemana de 9 mm, en un callejón sin salida de este thriller económico. Detrás de la fría ejecución de derechos, igualdades y de un modo de vida, están la codicia financiera y la revolución de los ricos. Ese selecto club business al que pertenecen por ADN suizo los gurús de los mercados, los grandes empresarios, los banqueros y muchos políticos para los que el dinero es el dueño del destino de las personas. Todos ellos estaban hartos de que la vida hubiese dejado de ser una jerarquía vertical y feudalista. Sólo han tenido que esperar la ocasión para despojarse de sus máscaras democráticas e instaurar un revival sucio de Tener o no tener. Lo han dejado claro los brokers sin rostro, la diputada popular Pilar Sol al decir que mucha gente no tiene para comer pero se compra televisiones de plasma y el presidente del BBVA tan pancho al afirmar que España está mucho mejor de lo que la gente cree y dice la prensa (ahora entiendo el desguace de los medios de comunicación, tan tóxicos ellos). Aunque los peores son las voces preclaras del sanedrín que enarbolan la Biblia más ortodoxa de la economía para iluminar y exigir políticas de acoso y desahucio.

El último de ellos ha sido el presidente de la OCDE que acaba de recomendar a Rajoy que abarate más el despido, que reduzca las prestaciones por desempleo, que pase la mayoría de productos y servicios del 4 y el 10 al 21% de IVA y que se revisen a la baja las pensiones de viudedad. A José Ángel Gurría le parece poco que el gobierno ande privatizando la sanidad, la educación y la justicia; que el paro alcance el 27%; que a los ciudadanos se les esté agotando el espíritu de sacrificio y que el síndrome de Estocolmo, padecido por los cada vez menos trabajadores en activo, deje de ser una parálisis para echarse a las calles. Más madera. Hay que aplicar nuevos recortes, el pueblo puede (y si no que se joda!). La zanahoria es que, de este modo, se podrán cumplir las exigencias pactadas con Bruselas, incentivar el crecimiento económico y fomentar la creación de empleo. Ya puestos, la OCDE, el FMI, Mario Draghi y la Señora Merkel pueden pedirle a Rajoy que se suicide políticamente o que ponga en práctica, a través de la ley de la mayoría absoluta, sueldos máximos de 600 euros; que los empleados se paguen su seguridad social; que aumenten las horas de la jornada laboral; que las vacaciones se reduzcan a una semana; que comamos una vez al día y que sólo tengamos un hijo. Incluso que a los trabajadores de cincuenta años en adelante se les aplique una eutanasia legal para ahorrar el posterior gasto en pensiones y franquearle el paso a la juventud al mercado de esclavitud. Y para que nadie hable de carencias en los servicios sociales, se puede crear una bolsa de pobres a los que las señoras ofrezcan comida en los Rastrillos navideños o una nueva cartilla de racionamiento para las familias sin ingresos y para los tres millones de parados, de momento, que ya no reciben ninguna clase de prestación.
Ninguna de estas medidas, como tampoco las ya implantadas, reparten el peso de los sacrificios, promueven la recuperación del consumo ni auguran el final de este melodrama de género negro. Se comprobará crudamente estas navidades de baja intensidad y depresión comercial. El consumo es la única receta eficaz en el objetivo de mover la economía y aumentar la producción y la competitividad. Pero a la estrategia de los mercados y de Alemania sólo les importa que el sur de Europa se hunda en la bancarrota. Eso les permitirá adquirir empresas rentables y hasta comprar países bajo la coartada del rescate. Igual que en la revolución de los ricos sólo cuenta tener terreno barato y mano de obra a precio de saldo. Lo mismo que en China. De ese modo, ellos, los de aquí y los de fuera, volverán a invertir en fábricas, empresas y negocios con alta rentabilidad, poco gasto y leyes que condenen los conflictos laborales.

La economía inmoral nos ha convertido en sus rehenes. Ante esta incuestionable realidad hay pocas posturas: la búsqueda de otras soluciones serias y alternativas (basadas en la unión, el valor, la solidaridad y el humanismo) o una pacífica y mayoritaria desobediencia civil, al amparo del derecho de resistencia, con la que luchar por lo poco que nos queda. Si nos rendimos incondicionalmente, únicamente nos queda recordar al fallecido Miliki y cantarle a nuestros hijos, como si fuese el salvoconducto para su precario futuro, «cuando te digo China, China, China del alma, tú me contestas chinito de amol».

Es cierto. A España no la reconoce ni la madre que la parió. Y a mí, esto, me duele mucho en el pensamiento y en el corazón.

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