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Santidad, no me toque a los reyes

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Xavier Doménech Disculpe su santidad, pero habría que dejar claras algunas cosas, porque ochenta generaciones de cristianos no pueden equivocarse; no en esta materia. Empezando por el principio: Lo de Belén era un portal, y dentro estaban San José, que llevaba barba y un bastón cuyo extremo había florecido; la Virgen, sentada, y Jesús, con pañales y sin más ropa en pleno diciembre, recostado en un pesebre previamente rellenado con paja. Y había un animal vacuno, o sea, un buey –porque de ser una vaca los pastores la hubieran ordeñado, y no consta tal cosa–, y un equino tozudo, que algunas versiones identifican con una mula y otras con un asno. En el exterior del portal y por encima del mismo un ángel iba cantado lo de Gloria in excelsis. Hacia el portal se acercaban caminando un montón de pastorcillos con regalos, entre ellos algún cordero lechal llevado sobre los hombros. El lugar estaba circundado de montañas, pero no de piedra, tierra o arena como en el resto del planeta, sino de corteza de alcornoque y de corcho pelado y laminado. Las cumbres de tan rugosas montañas estaban cubiertas por un leve manto de nieve.

Había un riachuelo plateado que cruzaba el llano y donde cantaban los peces, así como un pozo y matorrales diversos, tras uno de los cuales hacia de cuerpo un señor con barretina. Algo más lejos se acercaba una burra cargada de chocolate. Y más lejos aún se apuntaba la presencia de tres reyes con poderes mágicos, ricamente vestidos, que viajaban a lomos de camellos y que no soltaban los pequeños cofres de sus regazos. Les precedía una estrella con cola, o sea, un cometa, y procedían del este, o sea, de Oriente. Y así han sido las cosas y así se han transmitido de generación en generación durante siglos, y a los que nos salían con la racionalidad historiográfica para desmontar el relato les llamábamos aguafiestas y amargados. Pero a ver quién es el valiente que le llama tales cosas a su santidad, que primero nos ha salido con que no había ni vacuno ni equino en el portal, y ahora con que los reyes procedían de Tartesos, o sea, de Andalucía, que no está en Oriente sino en el extremo Occidente –o sea, en el Far West– según se mira desde Belén. Hay que andar con cuidado al decir esas cosas, porque luego los niños son capaces de preguntárselo a los mismísimos reyes a las barbas el día de mandar la carta: «Pero, a ver, tu eres rey africano o jornalero requemado?». Como si estos detalles fueran a afectar al núcleo y al sentido del mensaje en cuya propagación anda comprometida su santidad.

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